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Full text of "Flores de ceibo; poemas"

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in 2011 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/floresdeceibopoeOOroxl 



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MONTKVIDF.O 
A. Hauukiiío y Ramos, kditoh 

I.111KKKÍA Xa(1iiX.VI. 

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DEDICATORIA Y PREFACIO 



Á María Elena Crosa de Roxio 



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(Pongo á los pies de aquella, que ha 
sido la musa inspiradora de las rimas 
que contiene este libro, sus páginas 
humildes, — como el ramo de flores que 
los devotos dejan á los pies del altar.) 




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FLOPES DE CEIBO 



A MI ESPOSA 



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E quiei-o como quiere ol tordo áv los montes 
Al sol que magnifica los patrios horizontes. 
Te quiero como quiere la espuma de los ríos 
A la apacible umbría de los boscajes míos. 
Te quiero como (juiere la cimitai'ra moi'a 
Al joyel de granates que su i^uño decora. 
¡Te quiero como quiere la turba paisanera 
Al potro de mi escudo y al sol de mi bandera! 



Te (|UÍero como quiere la rosa alejandrina 
AI verdor ([ue rodea su itúrpnra divina, 
V te c|UÍero lo mismo que el arroyo sei'raiio 
A. la eum})re que baja dulcemente hasta el llano, 
¡Como si jjara amarte, pasión de mis pasiones, 
Tuviei'a, en vez de uno, dos grandes corazcmes! 

¡Oh trébol de mi llano >■ wrde de mi umbría, 
Oh lámpara en las noches de la existeu(da mía, 
Oh vagoroso efluvio de naranjal florido, 
()h colibrí que tienes mi corazón poi' nido, 



CARLOS ROXLO 



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Ten á verter encima del monte y de la playa 
IjE luz con que me ciegan tus ojos de uiii guaya, 
Tus ojos siempre dulces, tus ojos siempre suaves, 
Tus ojos siempre puros, tus ojos siempre graves, 

Y con tus pies de musa, gentiles y pequeños. 
Condviceme á la torre ebúrnea de los Sueños! 

De mis quereres hondos alcázar y resmneu. 
Abre las áureas puertas de la torre á mi mmien. 
Mi nmnen no es latino, ni celta, ni germano. 
Mi numen es el numen del indio americano. 
El que pintó de rojo las flores del ceibo 

Y bronceó las cañas del pajonal nativo. — 
^li numen es el muñen amante de la tierra 
Donde los ríos cantan las trovas de la yerra. (^\ 
¡Mi numen es el numen, coplista y guitarrero, 
Del pago del ehurrinche y el pago del hornero! 

Mis cuentos son los cuentos agrestes que el gusano 
De policromas listas dice al clavel serrano; 
Los cuentos que los óleos de nuestro camalote 
Les narran á los verdes sauzales del islote ; 
Los cuentos que se cuentan, sobre el tapiz del }n.iyo. 
La margarita roja y el brillador cocuyo; 
Los cuentos en que el tordo, cuando la tarde acaba. 
Encomia las virtudes de la j)areira brava; 
Los cuentos que refieren el zarzo á la crucera 

Y el lechuzón al viejo ombú de la tapera : 
¡Los cuentos que se dicen, pai-a olvidar fatigas, 
Ijatorre y Andresito junto al fogón de Artigas! 





'^ ■ ' FLOPES DE CEIBO 

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Las i'imas que nficndai'tc mi raiitasín (luici'c, 
Son ecos tic esta ticria. iloiidc el xalor im muere; 
Son ecos do esta tierra, enya ])re('lai"a lüstoria 
hiS un ceiiantc rayo de ¡uiuarccsililc ^loiia. — 
Son voces reco<>'iclas, |mii' lt)s ('iisuefKis míos. 
Bajo los verdes sanees de sus azules ríos; 
Son voces escudiadas, ])or mi amoioso ensueño, 
])e las cnchillas nuestras sobre el crestón zaheroño. 
í,os cuentos de mi nnmen, mis cuentos preferidos, 
Son cosas que me nan-an, hablando sin sonidos, 
El musjí'o de la i-oca. la flor del chii'imoyo, 
IjOS círculos que traza la llin ia en el arroyo, 
Kl dardo de la zarza, el chorro de la fuente, 
El último \Mslmubre del sol en occidente, 
El trébol de tres hojas, la lidlondiina alera. 
El humo en el es])acio y el pliegue en la bandera. 

;, ( \)nii)rendes, mi tesoi'o. lo ((Ue decirte quieroí 
Mis trovas son las trovas del muñen paisanero. 
lia nmsa de mis ¡itmos tiene tus ojos i)ardos. 
Y cnando con sus ayes mi corazón desgarra, 
j Sn lira sexticorde, la de jierfume á nardos, 
Es la guitarra nuestra, la nacional guitarra! 











CARLOS ROXLO 



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II 




Nuestra patria es mi nmsa, nuestra patria bendita 
(■orno un monjil rosario de plata y malaquita. 
Me nombran sus arroyos, me cantan sus zorzales 
Y me orea el penaclio de sus palmas triunfales. 
Si del bosque de ceibas recorro los senderos, 
Ton un grito amistoso me saludan los teros. 
-Me conoce por suyo esta tierra que es mía ; 
<^uando en ella me entierren, llorará de alegría; 
¡ Cuando en ella me entierren, pagará mis amores 
Mis despojos cubriendo con un manto de flores! 



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¡Oh mitad de mi vida, mi paloma azulada. 
Te idolatro lo mismo que á mi tierra encantada! 
(^uando en brazos del sueño el trigal cabecea 
Y la luz de la luna nuestros sauces platea ; 
Ouando el grito valiente del chajá vigilante 
Las quietudes perturba del espino punzante; 
Cuando oculto en las ramas del ombii solitario, 
El chingólo desglosa su musical rosario; 
Cuando siento la gracia de tu busto moreno 
Apoyada en la amante vibración de mi seno ; 
Cuando á solas me miro con tu dulce hermosura, 
¡Mis ojos se humedecen con llanto de ternui'a! 

Hace ya muchos lustros que un indio americano 
Vivía prisionero en im foi-tín hispano. 







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FLORBS DE CEIBO 




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Aquel nulo pacique, aquel voy de caudillos. 
Llevaba como un cetro la carga de sus grillos. 
Para vencer lo indómito de su bravura huraña, 
Resolvieron mandarle (-(¡n sus iras á España. 
Al recibir la nueva de su fatal destierro, 
Sintió el indio romperse su corazón de hierro, 
Y juró, por el astro de nuestros membrillares, 
^íorir en nuestras lomas, morir en sus palmares. 

Una noche de otoño, cuando todos dormían, 
'•on sus dientes agudos, que de rabia crujían. 
En busca de las venas de su atlético puño 
Se desgarra las carnes el señor del termino. 
Por las rotas arterias cae la sangre invencida 
T)el pago del ehui-rincho en la tieri-a querida : 
¡ Por las rotas ailerias cae el zumo sagrado 
En la cuna del tordo y el flamenco rosado ! 

Cuando el sol se levanta y el fortín se despierta. 
Cuando el chajá interrumpe su monótono alerta. 
Cuando se azula el manto de nuestros horizontes. 
Sus guardianes descubren al señor de los montes 
Dormido para siempre sobre el suelo del pago. 
Como un cisne dormido sobre el agua del lago. 
Besando con su boca, que lo eterno amordaza, 
]ja diadema de plumas de ñandú de su raza! 

Como el cacique indómito á la tierra nativa. 
Así mi afán te adora, botón de sensitiva ; 
Así mi afán te adora, capullo de azucena; 
¡Así mi afán te adora, oh Heder de sirena! 






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CARLOS ROXLO 







Oh verde y perfumada cortina de mi muro, 
Oh estrella que rehmibras cu uii pouiente obscuro, 
Oh musical calandria que pueblas con tus rezos 
La soledad tranquila del monte de cerezos, 
j Por ti comprendo todos los goces del martirio I 
¡ Eres, como las vírgenes, la encarnación del lirio ! 
¡Mi brújula es la tenue morbidez de ti; mano. 
Hay en los ojos tuyos resplandores de joya, 
Tienes el colorido del pincel del Ticiano 
Y tienes el donaire de las majas de Goya ! 



III 



Oh vida de mi vida y aliento de mi aliento, 
Eres como la fuente donde el pastor sediento 
Admiró los encantos y adoró la hermosura 
])e la virgen morena de que habla la Escritura. — 
(-uando estás á mi lado, venturoso me digo : 
— Siento rumor de rémiges : hay un ángel conmigo. 
¡Enfloras mi sendero, azulando mis días. 
Como azulaba el ángel la noche de Tobías! 

Oh pebetei'o de oro. cuyo oriental perfmue 
Perennemente inciensa y nunca se consume. 
Por donde pasas plega sus cendales la bruma. 
El cielo se colora y el aire se perfuma. 
Como hay en el espíritu, que palpita en tu seno. 
Lo que Platón llamaba la esencia de lo bueno 









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FLORES DE CEIBO 



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\ (Mtiiid arde en tus djus. diez wi-cs por miiiut»», 
\jn {\\w Scludliiin' llamaba la lux, de ln absoluto. 
Las calandrias te (1í<m'1i. si km-oitcs la umbría. 
Con sus rítmicos trenos: — ¡Dios te salve. María! — 

¡Suspiro do la aurora y aliento del ocaso. 
Tía sanios con lo unísono de tu paso y mi ])apn 
Ln armonioso vuelo, un dístico canoro. 
Un triunfador pareado de vil)i'aciones de oro! — 
¡Oh zinno de las vides de mi huerta sellada. 
Que tu mirada sea imán de mi mirada. 
Y que grabe tui — espérame — tu mano enternecida 
Al fin de la hoja última del libro de mi vida! 

¡Oh ven. amada mía. y tu brazo coloca. 
Como un collar de azahares, en torno de mi cuello. 
En tanto que la tierna caricia de mi boca 
Se perfuma en los lizos de tu obscuro cabello! 



IV 



Te adoro con delirio, con pasión insensata, 
^[i vihuela nativa, mi salterio de plata; 
Sólo ante tí se dobla mi indómito albedrío, 
Como se dobla el sauce sobre el cristal del río. 
No he tolerado nunca ni yuyo ni cadena, 
Xunca logró im])oui'rme la voluntad ajena, 
Y hoy gdzo bajo el dulce imiierio de tu mano. 
;Mi siempre ailoradísimo y hechizador tirano! 



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CARLOS ROXLO 



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Alondra de tus ojos, uiis huimos de ternura 
Son un ferviente credo al sol de tti hermosura. 
Cuandd rehunbra el tuco sobre las patrias flores. 
Hace nido en tus sueños el dios de los amores 
l'ara contar á tu alma, (jue es ahua de mi vida. 
La historia de la bella en el liosque dormida. 
Aunque mi tosco numen es de origen plebeyo. 
Conozco bien la fábula que nos contó Apuleyo. 
¿Qué numen no ha subido las cuestas de aquel monte 
TJonde las ninfas cantan los versos de Anacreoute ? 
;-Qué musa no ha soñado, sobre la costa egea. 
Que hablaba con la musa del que hizo la Odisea? 

Érase que se era, nos dice el numen griego. 
Una virgen muy virgen con los ojos de fuego, 
(/on la boca de grana de las ninfas trigueñas. 
Con el talle de junco y las manos pequeñas. — 
xVl hechizante nombre de Psiquis respondía : 
En todo hay una Psiquis. alma del alma mía : 
Todo tiene un espíritu, una esencia, un secreto ; 
El astro, la montaña, el cóndor y el vermeto. 
Era adorada Psiquis por muchos amadores : 
Hay siempre mariposas en torno de las flores : 
La abeja ronda siempre zumbando los juncales : 
:^iempre hay himnos de polen en las palmas triunfales. 
¡ El amor, el tirano luminoso y fecundo. 
Es el genio que escribe la epopeya del nmndo ! 

Apuleyo. el cuentista que nos legó un tesoro 
De lujuria y de gracia con stt alegre "Asno de oro". 




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FLORES DE CEIBO 



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Es latiiiii. ateniense, español y at'rieami 

Como fruto y vesunieii de la edad de 'l'rajaiio. 

Apiileyo. nn platónieo soñador y eioenonte. 

Recorre las ciudades de (í recia y del Oriente, 

Y esculpe, como un Induce, ciiaudo \ uclxc á su nido, 

La fábula hechicera de Psiquis y Cupido. 



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Ei'a dulce y vicioso aquel amable anciano 
Atenieuse y latino. es])añol y africano. 
Siendo Psiquis. la musa de sus sueños de artista, 
Tna estatua de carne con ojos de amatista. 
La liermosura de Psiquis, su hermosura lozana, 

Y su risa, bostezo de una rosa de grana, 

Y su voz, que es el himno de una náyade egea. 
Confunden el orgullo de Venus Citerea. 
Contemplando á la .¡o\-en, fascinadora y pura, 

-- ¡ Esa mujer, se dice, me vence en hermosura ! — 

Y ijálida de envidia, con un sordo gemido. 
Venus cae sollozando á los pies de Cupido. 




El dios de los commhios. el dios de los amores, 
El (|ue enciende los astros y fecunda las flores, 
Kl que rie en tu boca y en tus ojos palpita. 
Se conmueve escuchando las qiu^jas de Afrodita. 
Besándola en la frente, le dice con terneza: 
- - ¡ No turbará tus gozos de Psitpiis la belleza ! 
;Ya nunca más la incauta rival de tus hechizos 
Llevará corazones pendientes de sus rizos! 
¡En perpetuo destieno y en perpetua clausura 
Florecerán los nardos de su dulce hermosura ! 




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CARLOS ROXLO 



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¡A^iielva en tus graudes ujits á brillar la esperanza 

Y deja á cargo mío tu olímpica venganza! — 
Dice el dios de las bodas, y remontando) el vuelo. 
Se pierde en las azules soledades del cielo. 

Una tarde en que Psiquis. sobre un peñón marino. 
Admiraba las luces del záfii- vespertino. 
Siente ini viento muy suave, una Ijrisa apacible 
Que la eleva y la arrastra con dulzura indecible. 
I'or aquel tenue S(tplo trasportada y mecida 
Muy lejos de las costas donde nacii'» á la vida, 
Llega Psiquis á un bosque, á una red de palmares. 
En que brilla la nieA'e de los rayos limares. — 
En el centro del bosque un ari'oyo mumiura : 
irnos pájaros trinan en la verde espesura, 
L'na corza en las agiias de la fuente se abreva 

Y en el fondo del Ijosque un palacio se elcA'a, 
Un palacio que tiene de rubí los plaf<jnes, 
El suelo de berilos }- de Dro los balcones. 

Ye Psiquis con asombro la elegancia divina 
Del palacio opulento, que la luna ihunina 
Reflejando sus hebras, blancas y vagarosas. 
En el seno encendido de las piedras preciosas. 

Y oye Psiquis de pronto mía voz acordada 
Como el hiuuio del céfiro en la verde enramada. 
Una voz que le dice: — Cielo del alma mía. 

Son tuyos el palacio, el arroyo y la umbría. 
Este albeigue ti'anquik> y esta enorme riqueza 
Mi amor qiiiere que sirvan de marco á tu belleza. 




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FLORES DE CEIBO 



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¡Sólo i)ara ti liorrlaii mi fuente sus rumores, 
Mis pájaros sus rimas y su incienso mis flores! 
¡Forjan para ti si'ilo sus i'cflcjos cefiantcs 
Mis pui-i)úr(M)s iiihícs y mis l)laufos diamautcs! — 

l^a vij'.ncii mira en roi'uo. l']stá sola. l<]s terrible 
E\ miedo (pie le causa la voz de lo invisible. 

Y la voz continúa eon la armonía queda 
Bel arrullo del céfií'o i-ruzando la arboleda : 
— ('iteres, ofendida por tu urau lieriuosura, 
Te condenó, mi Psiquis. á perpetua clausura. 
Mi palacio es tu cárcel; de lui bosípie pi'ofundo 
Los senderos floridos son tu patria y tu numdo. 
Después Venus, saciando su furor rencoroso, 
Me hizo jurar, bien mío, que sería tu esposo. 

Lo juré por salvarte; ¡jeligraba tu vida; 
¡Tiene instiutos de hiena una diosa ofendida! — 

Talla Psiquis. La luna, que ilumina el ])alacio 
Chispea en las i)aredes de berilo y topacio. 

Y el dulce acento agref^a: — En mi triste semblante 
No quiero que tus ojos se fijen ni un instante. 

Soy un (Iragiai flamígero; jx'ro arden en mi seno 
La luz de los amores y el ansia de ser bueno. 
Confía en un', (jue jui'o hacerte venturosa 
Burlando de Anfitrite la Acngaiiza celosa. 
Confía en mí. Te adoro. Tu belleza redime. 
¡Has puesto en mis entrailas la sed de lo sublime! 





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CARLOS ROXLO 






Vencida poi' lo tierno de la voz plañidera, 
— f- Quién eres ? — le pregunta la A-irgen prisionera. 

Y la voz le resi)onde: — Un alma que te adora; 
Tu esclavo, si tú quieres trocarte en mi señora. 
Mi fealdad espanta. Poi- eso, dueño hermoso. 
Cuando la noche impere te buscará tu esposo. 
La noche es mi aliado ; sólo entre obscuridades 
Puedo beber el vino de las intimidades. 

La noche me protege ; liajo su tul espeso 

Pondré sobre tus lalños la ofi-cnda de mi beso. 

Me odiaras si me vieras ; me escuda lo incoloro. 

i Sólo en la sombra puedo decirte que te adoro ! 

¡ Sólo cuando la noche desate su cabello. 

Podré hacer que tus brazos tiemblen sobre mi cuello! 

La v(jz, que tiernamente junto á Psiquis suspira, 
Suena como las notas de un sáfica lira, 

Y la voz continúa, vibrando en los plafones 
Donde lucen los ópalos como constelaciones: 
— Júrame que, piadosa, no tratarás de verme ; 
Respeta mi secreto y lucha por quererme, 
(-■ondenados, lúen nn'o, á una larga clausura. 
Confúndanse en la noche mi peTia y tu hennosura. 
Vivamos para amarnos, gloria del alma mía. 
Besde que el sol se apague hasta que apunte el día. 
¡ Mi Psiquis, mi destino, mi porvenii-, mi cielo. 
Que las sombras espesen lo opaco de su velo. 
Para que nunca puedas ccmtempla]- el semblante 
De tu rey y tu esclavo, de tu espuso y tu amante! — 






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FLORES DE CEIBO 



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Desde entonees la bella señoi-a del palaeio 
Ag^iiarda á que se amustien los fuegos del es])aeio. 
Porque, cuando los nidos se entreoían al rep«>so. 
Dichosa besa Psiquis á su invisible esposo. 
¿Cómo nació, en lo obscuro, su ai'diente idolatría f 
Yo sólo sé que Fsiquis odia la luz del día, 
Y sólo sé que Psiquis de júbilo se Uejia 
Cuando inclina su <áliz de ])lata la azucena. 




Quiso, por fin. la joven conocer á su ainado. 
El deseo es la brújula y el norte es lo vedado. 
Somos cf)mo los niños, como los niños tercos, 
(¿ue gozan cuando raptan el fruto de los cercos. 
L'na noche serena, una noche callada, 
i'uaudo el esposo duei-nie, la esposa emocionada 
Enciende con sigilo su lám])ara de aceite 

Y contempla á su amante con sorpresa y deleite. 
Es jo\"eu, es gracioso, como el que más gallardo ; 
Su cabello es obscuro ; tiene el color del nardo. 
Se parece á una estatua que vi('> una vez tan solo : 
Aquella estatua cía la del diviiKt Apolo. 

Una gota de aceite rueda sobre el dormido. 
La esposa no se engaña: ¡el esposo es Cupido! 
El amado despierta y dice dulcemente 
A la azorada Psiquis, besándola en la frente: 
— Juré que vengaría de Venus los rencores, 
Xo he podido mirarte sin morirme de amores; 

Y quise que me amara tu candida ternura 
Por mi inmortal esencia y no por mi hermosura! 






CARLOS ROXLO 







Cuando relumbra el tuco sobre los pajonales, 
Eso es lo que te cixenta el dios de los nidales. 
El pobre dios ignora, liurlado por tu sueño. 
Que mi bella dormida ya conoce á su dueño. 
El pobre dios no sabe, oh mi dormida liclla. 
Que mi alma es tau hermosa como una doble estrella. 
Porque en mi ser irradian, con celeste hermosura, 
El sol de tus virtudes y el sol de mi ternura. 
He bebido en la copa de tus intimidades 
El vino generoso de todas las piedades: 
Oreo que el mundo es bueno y creo que el mañana 
Será el Tabor augusto de la conciencia humana, 
Será la apoteosis de todos los vencidos. 
El triunfo de las cunas y el triunfo de los nidos, 
El sábado de gloria de todas las pobrezas 
Y el toque de aleluya de todas las tristezas. 

¡Arriba, corazones! ¡El porvenir avanza 
Como un gigante incendio qiu' todo lo de])rira! 
¡Abramos nuestro espíritu al sol de la esperanza! 
¡Sé biiena y sé dichosa, humanidad futura! 




Armónica calandria que pueblas con tus rezos 
Los pálidos crepúsculos del monte de cerezos; 
Cortina titilante de policromas flores 
Que das al viejo muro perfumes y verdores ; 






--A.S^ 



FLORES DE CEIBO 



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Arroyo que dejaste la cumbre atreholada 

Para apagar las sedes de una huerta extenuada; 

Eayo de sol que alegras, con tu dorado brillo, 

Los tedios inveníales de un añoso espinillo, 

¡Cuaiulo la nuu'rte me abra los mundos de lo arcano, 

Quiero sentir tu boca apoyada en mi mano! 

¡Urna en cuyo celeste contenido me abrevo, 
Religión que me infinides un esiDÍiitu nuevo, 
Nombre que con tu gracia mis preces santificas, 
üulzura que enamoras y amor que dulcificas, 
Clavel que con tus flores empurpuras mi reja, 
Boca en que la doctrina tiene zumbos de abeja, 
Lucero que reluces sobre im mai- agitado. 
Hostia con que comulga todo lo que he soñado, 
Mi dicha, mi espei-anza, mi gloria y mi tesoro. 
Te quiero con ternura y con pasión te adoro! 

Un libro es como un alma, uu libro es una vida. 
Este libro es tu esencia por mi amor recogida. 
Como este libro es tuyo, sus rimas te consagro. 
Mi Venus Citerea, mi Virgen del Milagro. 
; Sean ante tus ojos, amor de mis amores, 
Como el ramo votivo, como el ramo de flores 
Bañadas por las perlas del despertar del cielo, 
<A)n que ungen y jjerfuman del mundo los doloic^s 
Los pies de la clemente Señora del Carmelo ! 





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FLORES DE CEIBO 



RUMORES CAMPEROS 



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FLORES DE CEIBO 




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RUMORES CAMPEROS 



(POEMA SINFÓNICO) 



( El escenario representa un bosque y una llanura. — En el fondo, el mar. 
A uno de los lados, un grupo de rocas, desde las cuales las aguas de un río se 
juntan á las olas del Océano. — Es una noche suavemente alumbrada por las 
estrellas. - Sábado. — Estío. — Edad contemporánea. ) 






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ESCENA PRIMERA 



EL RIO 

A se ocultó la luz. — De las montañas 
Salí al Ucicer el resplandor solar. 
He corrido entre juncos y espadañas; 
He cruzado una viña y un palmar. 





Yá se ocultó la luz. — Cantan un dúo, 
En el fondo del bosque teml)lador, 
La queja melancólica del buho 
Y los perfumes del guayabo en flor. 



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Yá se ocultó la luz. — Desde la sierra 
He venido con rápido correr: 
Sentí, al pasar, las troA'as de la yerra ; 
Lejos estoy de donde estalla ayer. 

Yá se ocultó la luz. — Las claridades 
Del luu'vo sol me escucharán cantar 
El himno de las roncas tempestades 
En las salobres arpas de la mar. 

Yá se ocultó la luz. — Sobre mi espejo 
He visto columpiarse y relucir 
A las coronas del ceil)al bennejo 
Y á los guindos con frutos de zafir. 

Yá se ocultó la luz. — Aunque quisiera 
No podría mi curso deshacer: 
Lo que he ^-isto en mi rápida carrera 
No puedo nunca más volverlo á ^■er. 

Yá se ocultó la luz. — Creo que el viento 
Me ha empujado del bosque hasta el confín. 
I Qué es mi vida? — Materia en movimiento, 
Lo mismo que la vida del jazmín. 

Yá se ocultó la luz. — Como mi vida. 
Como la vida de la blanca flor, 
Todos corremos, como cierva herida, 
A hundirnos en un mar devorador. 







FLORES DE CEIBO 



Yá se of-nltó la luz. — Todo, cu la nada. 
C'oiTc á oscoiidcr sn inútil vanidad. 
¿Qué hay sobre tí, materia orjíanizada ? — 
El Bosque respondió : — ¡La Eternidad ! — 

EL RÍO 

¡La Eternidad! ¡^'o(•al)lo sin sentido ! 
¡Una esperanza sin razón de ser! — 
Ya escucho cérea el fonnidablc ruido 
Del hondo mar, que aiilieln «-onocer. — 

¡Agitarse es vivir! — ¡Es un delirio 
Embriagador el gozo de rodar! 
¡No hay nada más horrible (jue el martirio 
])e no poder caiubiarse de lugar! 

¡Adiós, adiós, montaña rocallosa 
Donde nace la fuente de n)i amor! — 
¡ Adiós, adiós, planicie í'ragancios^i 
Que en mis aguas abrevas tu verdor! 

¡ Por siempre adiós, maizales percibidos 
En una curva de mi curso audaz! 
¡l'oi- .siempre adiós, arrullos de los nidos 
Que esconde en los rastrojos la torcaz! 

¡Adiós, adiós, mansísima arboleda 
Donde las albas de oro y de rubí 
Construyen, de las nubes con la seda. 
El i)hmiaje del verde colibrí! 

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27 




CARLOS ROXLO 






¡Por siempre adiós, trayecto recoriido 
En la embriaguez de mi febril rodar! 
¡Ya escucho cerca el épico sonido 
De las cicloideas cítaras del mar! 

¡Yá siento que se funde mi frescura 
En las voraces frag-uas de su hervor, 

Y cómo sus corrientes de amargura 
Acibaran mi insípido didzor! 

¡Pronto, tal vez, conoceré el secreto 
Amoi'tajado en la región austral, 

Y cómo la paciencia del vermeto 
Labra los arrecifes de coral! 

Mientras la brmna de mi sierra ensaya 
Su quitasol de quebradizo tul, 
¡Yo miraré sobre distinta playa 
Cernerse un cielo de matiz aziü! 

Oh verdes tmubos que rimáis á solas 
Los liiiimos de la ardiente tempestad, 
¿Qué puede haber más grande que las olas' 
El viexto respondió : — ¡ La Eternidad ! — 






FLORES DE CEIBO 



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ESCENA II 



Las rocas. — El rio 



LAS ROCAS 

Dejadle, porque está loco: 
Ya veréis, deutro de [mico. 
En lo (lue vienen á dar 
La petiilaneia y el brío 
De ese quijotesco río 
Enamorado del mar. 

Compadeced la locura 
De esa corriente tan pura, 
De ese cristal saltador; 
Delirante de grandeza. 
Ignora que la belleza 
Inmóvil es la mejor. 

^Qué viven las mariposas? 
Lo que vive de las rosas 
El imperio cannesí; 
Lo iimaóvil y lo constante 
Deslmnbra como el diamante 
Y ciega como el ruljí. 




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29 



CARLOS ROXLO 




El inoviiuiciito fatiga; 
La (juietud es ima amiga 
Llena de dulce piedad. 
Si nuestra extraña hermosura 
Siempre asomljra y siempre dura 
Es por su inmovilidad. 

Xo pongáis vuestros amores 
En las aves y en las flores, 
De efímera duración: 
¡Grecia, que tenía rosas. 
De mánnol hizo sus diosas, 
fon nuínnol su Pai-tlu'uón! 

EL EÍO 

El cincel praxitélico ponía 
Sus ansias en el Moque virginal, 

Y la escultura helénica nacía 
Caminando con rumbo á k) inmoi"tal. 

¡Agitarse es vivir! Como la nube. 
Como el ziunlx) del patrio colibrí, 

Y conid cI (')len (pie á los cielos sube. 
También se nmeve el InilL» del ruin. 




La vida es la materia en UKivimiento : 
l\)do en el nuuido es ritmo y vibración: 
¡Hermanos de las ondas y del viento, 
La estatua antigua v el diamante sonl 



30 




FLORES DE CEIBO 






il( 



LAS HÍKJAS 

-\Va\ 1(1 iinii('>\il rcsidr la liciinnsura ! 

EL hío 
¡ Lt> hrllo es la iicipctiia actividad! 

UN ASTRO 

¡Vanidades ([\\v i-iñcii cu la lidiidural 

EL JMAU 

-^, Qué liay más ufaiidc (|ii(' yo!" 



LA NüCHK 



— ¡La Eternidad! 



ESCEKA 111 

El rio. — Los cocuyos 
LOS COCUYOS 

INladrc naturaleza. 

Reposa en calma; 
Nosotros de las flores 

Somos el alma. 

Sueña y rejxisa, 
Madre siempre fecunda, 

Siem})re amorosa. 




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31 




CARLOS ROXLO 




Id 





Duerme. — Desde los ramos 
Que urde el zarcero, 

Nosotros vigilamos 
El bosque entero. 
Duerme tranquila; 

Nuestra luz es lo mismo 
Que una pupila. 

Reposa de tus ansias, 

Naturaleza, 
Madre y laboratorio 

De la belleza, 

Dejando al río 
Hundirse en los espejos 

Del mar bravio. 

Duerme. — Serpenteando 

Por los raigones. 
La sombra ^a trazando 

Negras visiones. 

Doliente y solo 
Su salve á las estrellas 

Canta el chingólo. 

La culebra, en los tallos. 

Silva y se enrosca ; 
Su volido zumbante 

Paró la mosca. 

Yá sólo lirilla 
Del rondín de los tucos 

La lamparilla. 




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FLORES DE CEIBO 



-^^ 



Las aves y las flores, 

La hoja y el nido, 
Sueñan con los fulgores 

Del sol querido. 

¡ Reina adorada, 
Duenne j)or nuestras luces 

Tranquilizada ! 

Lo mismo que el saúco 

De los Ijarrancos, 
Sueñan que son alondras 

Los lirios blancos. 

La lechiguana 
Sueña con los dormidos 

Broches de grana. 

En que va hacia los mares 

Sueña el estero, 
Y en místicos altares 

Sueña el romero. 

Nuestros fulgores 
Sueñan con los perfumes 

Que dan tus flores. 



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11^ 



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Por cada flor que nace 
Nace un cocuyo, 

Y cada flor conoce 
La luz del suyo: 
Su grata esencia 

Es brillo y es perfume 
Nuestra fulgencia. 





CARLOS ROXLO 




<A> 





Nosotros oonoí^emos 

La flor que aniainos, 
Y la hiz que Acrtemos 

La consagramos. 

¡ Nadie presume 
Que la luz, al Ijesarla, 

Se hace perfumo! 

La luz, que es nuestra esencia 

^[ás acendrada, 
Pronto vuelve á nosotros 

Transfigurada : 

¡Vuelve hecho olores 
Lo que era un liacecito 

De resplandores! 

A lui cocuyo del pago 

Eobó un cocuyo 
Nacido en otras selvas. 

Lo que era suyo. 

¡Su cuerpo frío 
Se mece en las aziiles 

Aguas del río! 

A la luz del na<-iente 

Sol de escarlata, 
Se entregó á la corriente 

De hilos de plata : 

¡Corre serena, 
Onda que has perfumado 

Su amante pena ! 



%= 



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34 




FLORES DE CEIBO 



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^' 



Arrulla su cadáver 

Con tus riuuores, 
Y cércale de espumas 

Multicolores, 

¡Agua del río. 
Que sueñas i-oii lo ainargi» 

Del mar l)ravío! 

EL RIO 

¡Siempre lo mismo! — ¡Siempre en nuestras almas 
Ese angustiante y turbador afán! — 
¡ Las palmas asesinan á las palmas 
Y el arrayán traiciona al arrayán ! 

¡Siempre lo mismo! ¡Siempre la maldita 
Historia del ohndo y la traición! 
¡Si la engañáis, se llama ^largarita! 
¡Si ella os engaña, la llamáis Manon! 

¡Siempre lo mismo! ¡Siempre la secreta 
Llaga que adiviné por donde fui! 
¡La lujuriosa risa de Museta 
Ó el fúnebre manguito de ^limí! 

¡Por donde quiera se arrastró mi anhelo. 
Siempre lanceado un corazón hallé 
Por los salvajes ímpetus de Ótelo 
Ó por las .sordas ansias de Rene! 



35 



^ ^ 1 '' ^x 






CARLOS ROXLO 



<A> 




6!:^' 



¿No sabéis descubrir otra quimera? 
¡Algo uiiis grande que el amor buscad! 



LOS COCUYOS 



¿Qué puede lial)ei' en la celeste esfera 
Más grande que el amor? 



II I 



UX ASTRO 



— ¡ La Eternidad ! 



Ií!> 



ESCENA IV 



Los mismos. — El Chingólo 






II 11 



EL CHIXGOLO 




¡Duerme, nú amor! — Es el río. 
No bagas (^aso. — Su locura 
No conoce la finura 
De tu plumaje, Iñen mío. 
Ese "salta en el vacío" 
Helaría, sin temblar, 
La lumbre canicular 
Que puso, en tus negros ojos, 
El sol cuyos haces rojos 
í'ecvmdan el membrillar. 




^ 



36 








FLORES DE CEIBO 




Ni lo i[\w (lijo cntciulí 
Ni nu' afano cu ('omiMviKlor 
Cosas que no me han de ha"or 
Diverso de lo (Hie fui; 
Cuando estoy cerca de ti 
Del mundo entero me ohidn, 
Por(|ne en ti, dueño (piciidd. 
Reconcentra mi pasión 
La ííloria de la canción 
Y la alegría del nido. 

])uernte, mi bien. — Con los sones 
Amantes de tu chingólo. 
Verjís en un ritmo solo 
liatir nuestros corazones. 
¡Unios, dulces visiones 
De In fronda y del maizal 
A la i-anción estival 
Con que, en la noche callada. 
Arrullo á la reina alada 
De mi tálamo nupcial ! 

I'.L I'OHIH) 

Bien cantado. 

LAS ROCAS 

Desvaría 
Cuanto quieras, ti'ovador. 






CARLOS ROXLO 






LOS COCITYOS 

Pone en sus versos de amor 
INIás alma (|U(' maestría. 

EL CHINGÓLO 

Yo rimo la sinfonía 
De los tonds de la aurora, 
La que del molle colora 
La verdura resistente 

Y la que azula la fuente 
Que bajel los sauí-es llora. 

Yo i'imo, cuando serena 
La luz desciende á los prad(js, 
Los iierfiunes delicados 
De la agreste yerba buena. 
Yo de la pan^a morena 
So\' el nuisico oficial, 
Mi flor es la del ceibal 

Y se alaban inis cantares 
En las fiestas populares 
De la viña y del trigal. 

UNA ROCA 

A'anidad de lo pequeño. 








FLORES DE CEIBO 



') 




OTlíA ROPA 

Siompre h<il)l;ni(l() de la vid. 

KI, TORDO 

Calh'ios, rocas, y oid. 
EL CHi.\(;or.o 

Ser iiniutital fué mi empeño; 
Pero renuncio á este sueño. 
Notando que uii caución 
Lo que siente con pasión 
Lo trasmite con flaqueza, 
Porque nxinea mi cabeza 
Responde á mi corazón. 

EL TORDO 

En esto somos iguales: 
Silbo, pero sillto mal. 

EL CHTXnoT.O 

¡Oh noche, noche esti\"al 
Llena de besos nui^ciales! 
¡Oh noche, en que los cardales 
Sienten hervii- á la flor, 
Y noche ([Ue un ruiseñor 
Europeo adoraría. 
Aumentando tu poesía 
Con su rondalla mejor! 

^- ^ 

-^ 39 " - = 






CARLOS ROXLO 







¡ Xoelie inmortal, que resbalas 
Con suavísima dulzura 
Solire la quieta verdura 
De los molles y los talas ! 
¡Noche, bajo cuyas alas 
Todo es sáfico cantar, 
Desde el onibvi secular 
Que se yergue en la cuchilla 
Hasta el cocuyo que l)rilla 
En las flores del azahar! 

¡Oh noche, en que el arrayán. 
Parece un turbión de aromas, 

Y en que las blancas palomas 
Se olvidan del gavilán; 

Oh noche de intenso afán 

Y sensualismo pagano, 
Puel)la el ambiente lioscano 
De visiones vagarosas 

Y pon en todas las cosas 
Un sueño shakesperiano ! 

UNA ROCA 

¡Está loco! 

OTRA ROCA 

¡Está loco! 







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FLORES DE CEIBO 




OTKA KüCA 



¡ Está tan loco 
Que risa \- pona lo (¡ue dice dá! 

UX ASTKU 

¡ Oh belleza sin fin, tú eres el foco 
A doaide el vuelo de los soles vá ! 

r.os COCUYOS 

¡3*oetizar es amar! — Todo en el mundo 
Es ol)ra del ensueño ó la pasión : 
El río corre al piélago jjrofundo 
Llevado por la ley de la atracción. 

EL RIO 

Extraña ley, por t(Klos i)roclaniada 

Y que algunos quisieran suprimir. 
¡Extraña ley, que lleva hacia la nada 
Lo que siente deseos de vivir! 

La inspiración amante del chingólo 
Es un producto (pn'mico es})ecial: 
¡ Son formas de la química el \itriolo 

Y el coraje del águila caudal! 

UNA BOCA 

El l)oliemio es un gran materialista. 





^ 



4t 







CARLOS ROXLO 




OTEA ROCA 



Me "lista más el bardo de la vid. 



^^ 




LOS COCUYOS 




yon más uobles los sueños del ¡irtista 
Que la rifiicia siii fé. 



KL TOEDO 



Callad \" oid. 



EL CHlXíiOLO 



Duerme, mi bien. El cdcuyo 
En los ramos del junquillo, 
Brilla con el mismo brillo 
Del amante mirar tuyo: 
Los sones con que construyo 
Los cantares, que ai-audalas. 
Son las rítmicas escalas 
Qiu^ en lo azul del i)atrio cielo 
Tejes con el terciopelo 
J)e tus armoniosas alas. 



¡Duenne. mi l)ien! — ¡Lo (|Ue dura 
Inmortal es la belleza! — 
¡Todo, en la naturaleza. 
Cauta un liinnio á tu hermosura I 
¡Todo de amor te satura. 





42 




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FLOFES DE CEIBO 



Todf) rciididii le iioiiihrji. 
Sueña cu tus ojds la sdinhra, 
'l'ii peso es sua\(' á la rama 

Y so cstreiiiccc la urania 

( 'liando 1c sii-\(' de alloiiihi-;' 1 

¡ Duerme, mi musa mejor. 
En el nido del sauzal. 
Envidia del eardeual 
Que te mii"(') i-on amor; 
De tu teniuia el calor 
Es más dulce para mí 
(¿ue la miel del allielí 
Silvestre para la abeja 
(¿no sobre la zarza vieja 
Colocó su camoatí! 

Uesde la ]irimera cita 
En los juncos de la fuente, 
Te amo con un culto ardiente 

Y con un ansia infinita: 
¡ Bendita sea, bendita 
Aquella tarde de amor, 

En ([lie, tierno y vencedor. 
Abrí á tus alas mi nido 
Abrigado y escondido 
De un sauce por el venhu'! 

Moría el sol. — Sus fulgores 
En el cielo del jiiiica!. 



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43 




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CARLOS ROXLO 






Eran lina saturnal 
Do chispas y de colores; 
El alma de nuestras flores, 
Eu perfumes cou'\'ertida, 
Unió tu vida á mi vida. 
Cuando el astro agonizante 
Se agotaba en un gigante 
Saludo de despedida. 

¡Duerme, musa inspiradora 
Del Iiimno que me seduce. 
Hasta que los mares cruce 
El resplandor de la aurora! 
¡Duerme sin miedo, señoi'a 
Del monte y de la cañada. 
Hasta que la sonrosada 
A^aguedad del primer brillo 
Fulgure del espinillo 
En la túnica dorada ! 

¡Duerme bajo el patrio cielo. 
Donde naciste y nací, 
]\[i zumbo de mainumbí 
Y mi acorde de arroyuelo! 
¡Duerme, mientras yo te \c'lo, 
Al compás del canto mío, 
En esta noche de estío, 
Toda tibiezas y amor. 
En que hasta el trél)ol de olor 
Siente afanes de rocío! 





44 



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FLORES DE CEIBO 




1 



UXA KOCA 



Arrol)a su ardieute fó. 



EL TOHDÜ 



Es la ri)ii(lalla nativa. 



LOS COCUYOS 



J^arece una sensiti^•a, 
Tn ranu) de caicobé. 

KL CHIXüOLO 

¡Desde mi nido se vé, 

Dulce patria, tu lienuosura. 

Los valles en que madura 

I^a mies, (|ue el pampero arquea, 

Y el matorral, que \()cea : 

— Defendedla con bravura ! — 





¡Venid, harpados runioi-es 
Que cagáis por nuestras lomas, 
Y venid, dulces aromas, 
De las uruguayas flores; 
Venid, céfiros que amores 
Le dijisteis al palmai-. 
Ayudándome á arrullar. 
Cada vez que el día uniera. 



C^^^í^ 



45 





CARLOS 






Los sueños de la hechicera 
Soberana de mi hogar! 



Hubo un rey qiu' uo sabía 
Lo que era un uiii'lo cantor 

Y aqiiel rey, uii dulce amor. 
De tedio languidceía : 

Sus familiares, uu día. 
Cazar im udrki lograrou. 
(^on mudo asombro escucharon. 
Su trina dora sonata, 

Y en una jaula de phita 
Al rey se lo presentaron. 

El pá.jaro prisionei-o. 
Con trovas de buena ley. 
Consiguió hacerse d(>l rey 
El íntimo consejero ; 
Como era noble y sincero 
Mucho al ])ríncipe quería, 

Y cuando el puel)lo acudía 
A escuchar lo que silbaba, 
Lo que el pueblo murnuiraba 
El nñi-lo al rey le decía. 

El príncipe, que i'ra bueno 

Y amigo de los villanos. 
Pronto de sus cortesauos 
Pi;so á los desmanes freno; 
Pero un día, eu el ameno 





Pl 







FLORES DE CEIBO 



ífc' 




? 




fJui'díii del i'cy y scñoi', 
Un ministro (i}('i al f-antor 
(^uc al príncipe (l('latal)a 
('Onio sus fallos (lictabu 
Un juez pi'c\ai'ica<lor. 

VA ministro, al descubrir 
La osadía del eojilero. 
Ordenó á su relojero 
Que le hiciera construir 
Un Juguete de zafir. 
De turifuesas y coral. 
Con un uiecanisnio tal 
Que aqu(d juguete camina, 
Cierra los ojos y trina 
Tonio un ar])a de cristal. 

Al rey el juguete dieron. 
Su pedrería acbniraron, 
A la turba convocaron 

Y un concurso dispusieron; 
Coplas al mij'lo pidieron 

Y el uiii'lo á silhnr rompió, 
Pero el juguete empezó 
Tamlñén su canto armonioso, 

Y era <d canto tan liennoso 
Que el pcthre mirlo lloró. 

VA rostro del rey retrata 
La angustia (pie al niii'lo aipieja. 



lili 




CARLOS ROXLO 






Y acercándose á una reja 
Abre la jaula de plata; 
Luego, mirando á la ingrata 
AJuchedumbrc que aplaudía 
Al mirlo de orfebrería, 

Da un l)eso al mii'lo salvaje 

Y le señala el paisaje 
En donde reluml)ra el día. 

El mirlo tiende su A'uelo, 

Y entre ráfagas de oro. 
Sube, silbando canoro, 

Con runilx) á lo azul del cielo: 
]je ve el i'ey con descousuelti 
Esconderse en el espacio. 
Mientras atruena el palaeit) 
La muchedumbre encantada 
Por la música hechizada 
Del juguete de topacio. 

Tiene sólo una (-anei<ai 
El mirlo de orfebrería, 
^lientras el mirlo escondía 
Muchas en su ccn-azón; 
La plebeya admiración 
ronciuye por confesar 
Que fué injusto declarar 
Que el dije de oro y marfil 
Canta mejor que el gentil 
Komaiicero del palmar. 





48 









i) 





FLORES DE CEIBÜ 



Pasó el tiompo. so borró 
Di'l roiiciirscí la iiK'iiKnia. 
^' el jumictc (le mi liistoi-ia 
Sus i)iodi'as falsas perdió; 
El resorte se gastó, 
El ar])egio enronquecidí» 
Fué tortura del sentido, 
Y el juguete celebrado 
Vióse, al fiu, amortajado 
Por el polvo del ohido. 

Poco después la caljeza 
Blanca, muy blanca del rey 
Rindió tribiito á la ley 
De la gran naturaleza : 
Se dobló con la tristeza 
De las cosas que se xan, 
Sintiendo el lúgubre afán 
Que sienten, cuando al estío 
Reemplaza el otoño frío, 
Las flores del giiayacán. 

La noche de la agonía 
Del doliente soberano. 
El único cortesano 
Que le velaba, dornn'a : 
El pobre rey se decía 
Que humo nuestras glorias son, 
Cuandt) luia dulce canción. 
Un apiadado silbar, 







CARLOS ROXLO 







Hizo al príncipe llorai' 
Con todo sn corazón. 

Era el gentil cancionero 
* Que nnu've las negi'as alas 
Entre el verdor de los talas 

Y sobi'e el verde romero ; 
Era el dulcido gaitero 
De los añosos palmares, 
De los moUes seculares 

Y del yaribá sombrío, 
El que se mira en el río 

Que va á perderse en los mares. 

— Quiero decirte, seño]". 
Cantaba el mirlo doliente, 
Que no olvidé la indulgente 
Preferencia de tu amoi'; 
En el bosque cimbrador 
Tu grave mal be sabido, 

Y abandonando mi nido, 
Mis trigales y mis flores. 
Vine á calmar tus dolores 
Con mi rezo enternecido. 

Más augusto que el iialacio 
Donde la lisonja impera. 
Es, señor, el que te espera 
Tras de lo azul del espacio. 
Vas hacia (d sol de topacio 



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1/ 





FLORES DE CEIBO 



Qllc 11(1 tioiic ;lll()cl!('ccl-, 

Y á fundirte con el ser 

Qllc es la esoiicin do los sci-cs: 
¡El dolor |)(M(|nc te mueres 
i'üs el (l()l<ir de nacer! — 

Cuando la aurora pintó 
Las sierras de tintes rojos. 
El rey los eansados ojos 
Por última vez cerró; 
S('il(i el iiiirld le llore') 
Con indecible ternura, 

Y sobre su sepultura. 
Siempri' que el sol se ponía, 
Se escuchaba la armonía 
Del bardo de la espesura. 

¡Duerme, soplo del estío. 
Del sauzal en los verdores. 
Como reposan las flores 
Esmaltadas de rocío; 
Al compás del canto mío, 
Duerme y sueña, dulce anicu-, 
En el árbol tend)lador. 
Hasta que la hiz divina 
Trace sobre la colina 
Las aspas de su fulgor! 




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51 




CARLOS ROXLO 







EL CEIBO 

Ya le cohmipie el soplo fragante del estío. 
Ya le sacuda el ábrego ceñudo del invierno. 
Ya la canosa escarcha sus ramazones hiele. 
Ya brillen de verdura sus últimos reniievos. 
¡El árbol se levanta, triunfante en la planicie. 
Tgual que una bandera mecida por el viento ! 

Su robustez tranquila, su majestad augusta. 
Preside los fecundos trabajos del rodeo, 

Y aplaude cuando pasan los bueyes aradores 
Dolilando bajo el yugo su musculoso cuello. 
Mientras que de su copa de cuatrocientos años 
Zimiban en los cantantes y cüubradores flecos. 
Los torpes abejorros de fimeraria túnica. 

Los tábanos vestidos con tules de oro espléndido, 

Y las mariposillas en cuyas dobles alas 

El sol ha espolvoreado su traje arleqiiinesco. 

Él, con sus ojos verdes, mira los mismo'^ campos 
Que siempre vio y recuerda los últimos proverbios 
De los que están donuidos bajo el dosel de ramas 
C'on que abrigó gozoso sus infantiles juegos. 
Él, malla á malla, teje sus aros de corteza 

Y con su pie velludo prepara un muelle lech( > 
Para que en él reposen, al sol del mediodía, 
La oveja fatigada y el labrador decrépito. 











FLORES DE CEIBO 





Él de las mihos pardas y de las nul)es rojas 
Conoce los desij^nios y anuncia los misterios, 
¡Heroico combatiente (|ue no se rinde nunca! 
¡ Soldado que ))atalla con un vigor atlético 
Contra la duna en-ante y el lodazal viscoso. 
El rayo serpentino y el liui'acán siniestro, 
Para, después de cada batalla apocalíptica, 
Cimbrar su airón de nidos más cerca de los cielos! 

¡ Él es el noble símbolo de nuestras rebeldías. 
La imagen de las ansias de nuestro pensamiento ! 
¡ Son sus hercúleos ramos, de (-ontráctiles nudos, 
J^razos tendidos hacia las cumbres de lo eterno ! 
— ¡ Arriba, siempre arriba ! — el árbol dice al hombre, 
Y en desigual batalla con el dolor y el tiempo, 
Enamorado siempre de la verdad excelsa, 
Siempre con infinitos afanes de progreso, 
¡ En las corrientes de ópalo de las mañanas rubias. 
Los nidos de su copa cimbrea el Universo! — 

EL Rio 

¡Es la eterna ambición! — En cada nido 
La sentiréis cernei-se y rel)ullir. — 
Dejadla que se ¡jierda eu el olvido. — 
Xo hay gloria que resista al porvenir. 

I Qué es nuestra vida ? — Un sueño sin mañana. 
La sombra del albatros en el mar. 
La oración de la tarde en la campana 
Y el humo del incienso en el altar. 





CARLOS ROXLO 



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¡La vida es el dolor! — ¡Sus vanidades 
Son tallos que no pueden florecer, 

Y así será por todas las edades, 

Y así será mientras exista el ser ! 

UNA ROCA 

Me hace reír su lúgubre ironía. 

UN COCUYO 

Me dá miedo su estéi'il negación. 

EL BIO 

Los mismos rayos de la luz del día 
Ni siempre han sido ni por siempre son. 

¿ Á dónde vá la inútil caravana ? 
¡El osario sin fin es la verdad! 
Cuando vuestro cerebro se desgrana, 
¿Qué resta á lo que fué? 

UN ASTRO 

— ¡ La Eternidad ! 





^ 



54 





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FLORES DE CEIBO 






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ESCENA V 



El rio. — La avispa. — Las cañas. — El sauce 



LA AVI.SP.\ 

Sabed que esta tarde, 
Zum>)audo en redor 
Del romero eu brasas. 
Del romero en flor, 
Les dije á sus ramos: 
— ¡ Yo soy el amor ! — 

Al sentir mi zumbo, dulce y caiiciíjuero, 
Se dobló la planta, conicnzí') á temblar, 
Y la luz serena del primer luceiHj 
Se deshizo en ravos sobre el membrillar. 




¿1^ 



Sabed que ayer tarde. 
Zumbando en redor 
Del zarzal en llamas. 
Del zarzal en flor. 
Les dije á los zarzos: 
— ¡ Yo soy el amor ! — 

El zarzal, vencido por mi cantureo, 
Perfumó en su esencia mis alas de tul, 




53 



1 I 




CARLOS ROXLO 






Y apagó sus ansias mi voraz deseo 
En aquellos vasos de color azul. 

Sabed que esta tarde, 
Zumbando en redor 
Del ceibal en ascuas, 
Del ceibal en flor, 
Al ceibal le dije: 

— ¡ Yo soy el amor 1 — 

El ceil^al sumiso me rindió sus flores 

Y en las rojas sedas mi pasión sacié. 
Hasta que la tarde con sus resplandores. 
Buscando otros mundos que dorar, se fué, 

A las margaritas. 
Con mi cantiu'eo. 
Les dije esta tarde: 

— ¡ Yo soy el deseo ! — 
Y dije, zumbando 

Del lirio en redor, 
Al lirio silvestre: 

— ¡ Yo soy el amor ! 

LAS CAÑAS 

A im cisne, que pasó por el camino 
Del horizonte azul y en el bañado 
Detuvo su plumaje nacarado, 
Debemos este cuento peregrino. 









FLORES DE CEIBO 



Era mi rey con orejas de pollino, 
Por la pasión del oro torturado, 

Y qne fué ci-uclmento oastigado 
Por la cólera augusta del destino. 

Cuanto aquel rey sin corazón tocaba 
En oro deslumbrante convertía, 
Eran de oro los trajes que llevaba, 
Era de oro el palacio en que vivía. 

Y si con él alguno tropezaba. 
En escultura de oro se fundía. 

El príiiciiH- de oi'ejas de Jumento, 
Enemigo del tordo y de la rosa, 
Maldecía á la luz, porcpu' es hermosa, 

Y odiaba, porque es libre, al pensamiento. 
Aquel rey sin (deniencias y avariento. 

De ojos hundidos y de faz terrosa. 
Siempre ejerció su facultad monstruosa 
De convertir en oro hasta el aliento. 

Tenía el rey uu hijo idolatrado; 
El rey, un día, columpió su cuna 
Y^ el niño (juedó en oro transformado. 

Desde entonces, con rabias de asesino 

Y maldiciendo al dios de la fortuna. 
¡Solloza el rey de orejas de pollino! 

ET. SAUCK 



(^ 







¡Oallad, callad, nmiores 
Uc la región nativa. 





(^. 



CARLOS ROXLO 



í^lf^ 




Dejando á nuestras flores 
Donnir bajo la esth-a 
Gi'andeza nocturnal ! 
¡Enmudeced, sonidos, 

Y reposad en ••aliiia. 
Dejando que en los nidos 

Y encima de la palma 
Se cierna lo espectral! 






El que liizo las australes 
Comarcas de la altura. 

Y pone en los cardales 
AI tuco que fulgura 
Como una excelsitud. 

¡La noche solitaria 
Fonnó para el reposo. 
El sueño y la plegaria, 
Pensando en lo afanoso 
De oMdo y de quietud! 

El bosque está cansado. 
La savia se entiunece, 

Y en el botón cerrado 
La esencia languidece 
Con languidez de amor; 

¡Decid vuestros noctunios 
A vuestras ahnas sólo, 
Oh bloques taciturnos. 
Romántico chingólo 

Y río saltador! 





FLORES DE CEIBO 



: Ú 




(^ 




El bosque está rendido 
Do fabricar vcrdoi-es. 
La araña se ha dormido 
Sobre los cimbradorcs 
Colum])ios de su red : 

¡Hasta que el lirillu suave 
De la maiiana vuelva 
A interrumpir d tira ve 
Reposo de la selva. 
Soñad y cnunideced! 

La uoehe es uua maga 
Que la amapola agreste. 
Cuyo perfume euibriaga 
CouKi 1111 liíMir celeste. 
Siem1)ra por donde vá ; 

¡Oh zumo fabricado 
Por dos silfos pequeños 
En el jardín sagrado 
Que habitan los ensueños. 
Pronto amani'cerá ! 

KL KIO 



Tarda en vt-nir. oh sol! — Turba \" fatiga 



El monót(mo beso de tu luz : 

¡Me place más que el bronce de la espiga 

Lo incoloro del dardo de la cruz! 




^ 



59 



^ 





CARLOS ROXLO 






El lampo y la verdad marcliaii uuidos; 
Sólo al abrirse el nocturnal crespón. 
El sueño les concede á los vencidos 
La dicha de unas lioras de ilusión. 

El sueño es el oasis: no hay dolores 
Que no endulce su tierna beatitud: 
Transfonna on vuelo el óleo de las flores, 
Y dá á lo xñ Ijlaucuras de virtud. 

El sueño es el oasis y el entreacto 
En las tragedias liigubres del ser, 
Suprimiendo lo rudo del contacto 
De las penas del hoy con las de ayer. 

¡Lentas venid, oh nubes que del día 
Anunciáis la rosada claridad! 
^, Quién puede devoh'ernos la alegría 
De la uuierta ilusión? 



EL SAUCK 



¡ l^a Eternidad! 





M 



^ 
^ 




^1 





A 




A 



FLORES DE CEIBO 




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ESCENA Vr 



El rio. — La cigarra. — El buho. — La violeta 



LA CIGAKH.V 

Silencio. Sf)y la cigarra. 
Soy la lii-a, la guitarra 

Del estío. 
Se alegra la parva de oro 
Siempre cjuc escucha el sonoro 

Canto uiíti. 

¡Oh natura, te prefiero 
Cuando la luna de enero 

Te abrillanta, 
Y el espino de mis lomas 
Pai-ece nube de aromas, 

^Nladre santa! 

¡Viva el calor! Las estrellas 
Son más grandes y más bellas 

En verano; 
Tienen sus diih-es fulgores 
La blancura de las flores 

Del manzano. 






CAR1.0S ROXLO 






El río es loco y es loca 
La impavidez de la roca. 

Siempre fría : 
Cantar es la misión buena, 
Cantar de g'ozo ó de pena 

Todo el día. 

Mis monótonas canciones 
Son rasgueos de bordones 

De gnitarras; 
¡Como geórgica orqnesta. 
En estío están de fiesta 

Las cigarras! 

EL BUHO 

/•('autarí' Estoy conforme: pero cantar ai día, 
.\ la })iedad sin límites, á la eterna armonía. 
Cantemos, sí, cantemos, cigarra saltadora. 
Al trigo, porqne es ñtih ])(irqne es sna\"e, á la auroa-a 
Cantemos á lo hermoso, cantemos á lo puro. 
¡Que nuestro canto sea una salve al futuro! 

LA CKJAHKA 

— Lo esencial es la música. 

EL BUHO 

— El tema es lo primero. 
El arte tiene un rumbo v un fin : lo venidero. 






FLORES DE CEIBO 




(^Y 



LA CIGARRA 

— í.a niúsif-a preside. 

EL HUHO 

— Profiramos el tema: 
Forjemos con los sones del liimiio una diadema 
Para adornar la frente, sagrada y dolorida. 
De todos los jadeantes obreros de la vida. 
De todos los que luchan por la victoria humana. 
De todos los que mueren preparando el mañana, 
ruando la luz comience. cuan.do la luz conclnva, 
¡Que nuestro canto sea un toque de aleluya! 

LA CIGARRA 



El son es lo primero. 



EL BI'HO 



— Lo esencial es el tema : 
La hennosura es la soml>ra de la verdad suprema. 



LA CKiARRA 



Los ritmos son pinceles. 




^^^^—TfT^ 



b3 



CARLOS ROXLO 







ET. BUHO 

— El pensamiento es cumbre : 
¡Haced que á la montaña suba la muchedmiibre ! 
Cigarras de los montes, el canto que perdura 
F]s el canto en que ofrecen el bien y la hermosura 
Una patria al esclavo, una tea á lo obscuro, 
Un ala á lo rampante, im asilo á lo impuro, 
Un bálsamo al que sufre, un apoyo al que rueda, 
Un consejo al que duda y mi telar á la seda 
Con que teje el progreso, cigarras saltadoras, 
De los siglos futuros las radiantes auroras! 

LA VIOLETA 

Un ñandul)ay. que i'einaba 
En la nativa floresta. 
Siempre que le perfumal^a, 
Su estatuí-a comparaba 
Con mi pequenez modesta. 

— i Soy muy fuerte, me decía, 
Soy más fuerte (¡ue el ombú. 
Y te juro (|ue tendría 
Pocas horas de alegría 
Siendo enano cdmo tú! — , 

Una tarde el leñador. 
Que A'ive junto al palmar. 
Del árl)ol insultador 







, <í=^, 



PLORES DE CEIBO 






i7^=^>> 



Hizo astillas el verdor. 
Empezándole á quemar. 

El ñierte tronco gritaba. 
Mientras se carbonizaba : 
— ¡Agonizo y me t-onsiuno! — 
Pei'o el fuego címtinnalia 
Trocando lo verde en liunm. 

Desde entonces, cada vez 
Que de un árliol la imiirudencia 
Me habla de su gigantez, 
¡Bendigo al que, con la esencia, 
^Ee ha dado la pequenez! 

EL BUHO 

Xo despreciéis. — Existe un alma en cada cosa. 
Un alma en cada lampo y en cada tuberosa. 
Un alma en cada risco y un alma en cada nube. 
Por las que el alma inmensa del mar al cielo sube. 
Un alma es la que ríe y un ahna es la que sueña 
En los racimos óptimos de nuestra vid salteña ; 
Un alma se colum])ia. couio un acorde grato. 
En las espigas de oro del trigo maragato; 
Y címbranse, siguiendo la rima de sus almas. 
Los índicos plmnones de las rochenses palmas. 
En sus morados frutos la zarza sanducera 
Tiene á una pobre almita reclusa y prisionera. 





CARLOS ROXLO 



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Un alma es la que endulza del (•amoatí las mieles, 
Un alma la que tiñe de rojo á los claveles, 
Y copian lo nevado del alma del ai-miño 
La túnica del iingel y el corazón del niño. 




El alma es lo absoluto, lo ignoto, lo inconcreto; 
Es la esencia en los seres, la fomia en el objeto. 
Como con muchos átomos se fmide im monolito. 
Sumando las esencias se sube á lu infinito. 
La esencia es el reflejo de la luz ignorada. 
Si faltase el espíritu, reinaría la nada. 
El alma es lo que piensa y el alma lo que siente 
Xostalgias de lo excelso y afanes de lo ausente. 
El alma e.s una esencia; pero ima esencia viva. 
A la que impiüsa y mueve la voluntad activa, 
La que hace que el pedioisco aspire á ser montaña. 
La que hace que á ser roble aspire la espadaña. 
La que puso en las islas de los mares del cielo 
La ambición generosa de ser luz y ser vuelo. 
¡ El alma es aquel soplo que á la belleza enflora 
Cuando Mvirillo pruta y cuando Schubert llora! 






¿Me comprendéis, soberbias? — La margarita blanca. 
El trébol perfmuado que culire la barranca. 
El molle de la fronda y el sauce de la orilla. 
El tordo renegrido y el colibrí que brilla. 
El áspid que rastrea y el águila que asciende. 
El ii'is que su cuna sobre las nubes tiende. 
La noche con sus sombras, y el sol con su fulgeneia 
Son rayos esparcidos de la di^óaa esencia. 




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66 





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FLORES DE CEIBO 



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Soñar í'on sor mejores es la ambición más sana. 

La aurora de hoy aspira á ser cónit mañana. 
^'o (|U(' viví cien años, diez décadas <>loi'iosas. 
Sé (lUí' somo.s efluvios del alma do las cosas. 
Son partes neoesarias para la acciini del t(»do 
La fíallardía on Folxi, lo horrililc cu ( 'uasiuiodo. 
Sod siompi'e comijasivos, humildes y lucclaros; 
Luceros y tinieblas, nacisteis ¡tara aiuaros. 
Tníos fuertemente, lo enorme y lo pigmeo: 
¡Hércules está loco cuando cstrang-ula á Anteo! 

¡ Henditíamos, dolores, á la vicia inviolable. 
A la vida fecimda, á la vida insacial)le 
De bondad y belleza! ¡Amemos á la vida 
(¿ue es razón y fenómeno; que es el alma escondida 
En el mundo invisible y en el uumdo concreto, 
Kn el ser de la idea y en el séi- del objeto! 
¡Queramos á la vida i)or la luz que la dora, 
Poi- el óleo errabundo que perfuma las flores, 
Por los ritmos que teje la calandria cantora 
Y porque ella bendice nuestros grandes amores! 

EL EÍO 



Las tinieblas s<> ^an. — Otra mañana 
Azula de los montes el confín. — 
Se hiergue el cáliz de la flor serrana. 
Se escucha de los gallos el clarín. — 









CARLOS ROXLO 



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Al despuntar la aurora, la cuchilla 
Me A'ió de sus alturas descender. -^ 
La nueva luz, que sonrosada Ijrilla. 
Verá mis olas hacia el mar correr. — 

Soy la inquietud, el ansia de lo nuevo, 

Y como nunca satisfecho estoy. 

Con el hastío, que en mis olas llevo. 
Lloro la euonne A"aciedad d<4 hoy. — 

¡Quemante afán, tortura indescriptible 
Es el deseo que palpita en mí! 
¡Correr tras la visión de lo ünposible! 
¡Siempre allá, más allá, lejos de aquí! 

Me A'é la noche y me contempla el día 
Raudo ])asar de mi quimera en pos: 
¡Adiós, cantares que pobláis la umbría! 
¡Flores boscanas, para siempre adiós! 

EL BI'HO 

Río. la ley en cuyas mallas preso 
Murmuras en las A'Tieltas del ceibal. 
Es la ley de las leyes, el progreso. 
Lo C[ue hace liervir tu bi-illador cristal. 

Poi' esa ley, se cubren de gramilla 
Los viejos campos que cruzaste ayer; 
Ella arroja en los surcos la semilla 

Y ella hace á los granados florecer. 







FLORES DE CEIBO 



Por esa lev, aiimnti' y soberana. 
Reverdece la espina de la eruz; 
Por esa ley, los cielos del mañana 
Con nuevos mundos tejerán su luz. — 

Tu esperanza insaciable, tu impaciente 
Deseo irresistible de correr, 
Es la atracción de la verdad naciente, 
De la que otra verdad ha de nacer. 

£L RÍO 

Si la verdad lia de morir comnigo, 
I De qué sii-ven mis sedes de verdad ? — 

EL BUHO 

— ¡Forjas el porvenir; siembras el trigo! 
¡ Haces la eternidad ! — 



ESCEXA VIT 

El hornero. — El rio. — El eco 
KL HORNERO 

Empieza á amanecer. — En lontananza 
La curva del espacio se colora, 
Y las luces del coche de la aurora 
Esparcen sobre el mundo su fulgor ; 



^ 



69 



CARLOS ROXLO 





Se (l('sl)aii(lan las fúiiclu-cs Aisidiies, 
Se (.'lulcrczan lus sauct's iiiaciU'iitDS, 

Y colniiipia ;i los júneos souiiidlientos 
De la l»risa el suspiro eneantadoi'. 

Señor, ijue diste á los inuieusos mares 
Algo de til íii-aiuloza solierana, 

Y que sus flores de color de uraua 
Diste á los verdes ramos del ceibal; 
Señor, á (juieii saludan reverentes 
La sonrosada luz del nuevo día. 

De las aves del busque la armonía 

Y los clavos murmullos del raudal: 

Señor, que eres verdad. i|Ue eres sapiencia, 
Que eres miserieoi-dia y poderíi 
Que sieudiras de luceros el va<-íi 

Y emplumas á la ])role del ñandú. 
¡Deja que liesen mis amantes ojos 
Los encendidos bordes de tu manto. 

Y bendice la choza (pie levanto 
Sobre la hor(|UÍlla del ruLi'oso oml)ú! 

Señor, (pie encuentre mi \-ivien(la hmuilde 
Graeia ante ti. (pie nuindos elalxiras. 
Que el t'Spinillo de la cunibi'e enfloras. 
Que del trébol perfumas el verdor: 

Y hasta (pie del ocaso, en la arboleda. 
Torne á lucir la lumltre desflecada, 

¡ Cuida el nido en que duerme mi adorada 
Los dulces sueños del primer amor! 



lo, 
ío 






A.<n>r.h. 



FLORES DE CEIBO 



¡Blancor (!<■ la viudita, (•aporuza 
Del federal, diadema iMilicroiua 
I )r lus siete cdloi'es. e)i la Itiiua 
De vuestros tintes el joyel lucid! 
¡Ya el líallo tañe el liinnio de la luiid»re, 
Y el liinuKi de la hunhre la cinarra 
Pi'eludia, en el bordón de su j^nitarra, 
Bajo las crespas hojas de la vid! 

EL HÍ(J 

¡ Ya resucita el sol ! — ( 'uando el ocaso 
Agite su estandarte de vapores. 
¿Dónde estarán los ruidos cantad(»res 
Con que piu-blo. al correr, la soledad? 
¡ ^lis olas, por los vientos inii)elidas. 
Se mecerán sol)r(' distantes playas! 

KL KCO 




¡Yayas á donde Aayas, 
Yas á la eternidad! 



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7J 




CARLOS ROXLO 



ESCENA VIII 

La campiña. — Las espigas. — Los vendimiadores 

LA c A :m 1> 1 X a 



Agita sus doseles el rul)iü estío, 
El dios de las corolas apiirpuradas, 
Sobre los desmayados sauces del río 

Y el tapiz de cicuta de las cañadas. 

Bajo el arrulld ardiente de los zorzales. 
Mezclan sus rojos tintes las amapolas 
A los tonos de bronce de los trigales; 
;Las semillas que empleo son españolas! 

Amapolas y espigas, en los sembrados. 
Saludan á la lumljre resplandeciente 
Con la voz de sus cimbros acompasados 

Y con las reverencias de su áurea frente. 

Extendiéndose á gozo por la llanura, 
üonde del sol del indio la antorcha brilla. 
Conquistadoras cubren C(m su verdura 
Los fáciles declives de la cuchilla. 



72 ^ 



FLORES DE CEIBO 



Ksas Olidas, (\\u' ii-i-adian luces de uro 
Bajo la luiuhi'c de oro del sol que cmiticza. 
¡Del liouai' de mis ¡ladres son ol tesoro! 
¡Del liotí'ar de uiis hijos son la ri(|uc/.al 

('uaiido caidaii los \ieiitos de nucsti'os llanos 
Las estrofas del hiiuiio de la metralla, 

Y cuando los lienuanos con los hennanos 
Jjnchan en las tra.uedias de la batalla; 

Cuando, sobre las luiíias del casei'ío. 
El mastín es])irante custodia al dueño. 
Que en la alt'ombi'a de flores de nuestro estío 
Duerme, junto á una lanza, su último sueño. 

Se amustian las espidas azafranadas. 
Las ama])olas cierran su rojo broche, 

Y el sol de nuestras cunibres esineraldadas 
— ¡Apresni-a tu vuelo! — diee á la noche. 

Sobre a((Uellos (jue duermen sin sepultura 
De nuestros sembradíos en los rastrojos, 
Lloran los manantiales de la espesura 

Y rezan las torcazas de negros ojos. 

Oh ciudad ambiciosa, cuyos afanes 
Olvidan (pie te nutres (M)n mis sudores. 
Mientras hablan de ascensos tus capitanes 

Y me abruman con leyes tus dictadores, 



73 



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JARLOS ROXLO 






]Yo, paciente y resuelta, trabajo sola 
Bajo los refueilos del sol de tirana, 
Y enlazando la espiga eon la amapola 
p]l dosel de sus triunfos tejo al mañana! 

LAS E.Sl'ItiAS 

Luz del naciente, 
Luz (pie destellas 
Con las blancuras 
De la hostia excelsa; 
Luz (pie sonríes 
En la l)ernieja 
Flor de los ramos 
De nuestras ceibas; 
¡Luz del naciente, 
Bendita seas! 

Luz que el lucero 
Tímido besa. 
Cuando su broelie 
Pálido cierra ; 
Lnz á quien cantan, 
En la arboleda. 
Todos sus liinmos 
Las aves nuestras; 
¡Luz del naciente, 
Bendita seas! 





'O/ 




A<t 



FLORES DE CEIBO 



(n\b 





Va ciirtadora y lisa 

I ja scmir llc^a 
l)cscalK'zaii<li) t riyos 

< 'oii iuiiiaciciicia. 
< '«'iiKi si las cspij^as 

Sultanas fueran 
{¿\\v c\ alfanje de un inil)i(i 

Sayón (leuiiella 
K\\ \ii-tu(l del raprieho 

De una orden re^ia. 
jSejiur (¡ue nos al)att's, 

Jíeiidita seas! 

La amapola |>ni|)úrea 

(lime de pena 
Al sc'iitii' (|ue las liucetj 

La descabezan, 
Y la espi.n-a doi-ada. 

La espiua esbelta. 
Bajo el roce del filo 

Gozosa tieuil)la. 
¡Seí>ur que nos abates, 

Bendita seas! 

Pronto, iiniy pronto 
Todas las ruedas 
De a(|Uel molino 
Cuyas acequias 
Pidiendo granos 
Sus arpas templan. 




75 






NW\ 




CARLOS ROXLO 




-■;>' 
/,-i- 

^\:\ 



1! ii 





Darán con júbilo 
Vueltas y -s-ueltas. 
¡ Hoz (]Ut' nos cortas 
Bendita seas ! 

Brillante y lisa 
La segur llega 
Y entre los oros, 
Que el aire inciensan, 
Canta una alegre 
Canción de fiesta 
Viendo á la espiga 
Madura y llena. 
¡Hoz que nos cortas, 
Bendita seas! 



¡ Tenemos hambre 
De vida nueva ! 
¡ Que el horno brille 
Y en pan nos vean 
Transfiguradas, 
Tras larga brega. 
Pobres y ricos 
Sobre su mesa ! 
¡Hoz que nos cortas. 
Bendita seas! 





FLORES DE CEIBO 



I>()S VKNDniIADOlíKS 

Nos llaman los morenos racimos dv la cncstn : 
El sol está muy alto ; s\i llamai-ada tuesta ; 
Llegó el feliz instante de la recolección. 
Cuando la luz decline, debajo de las parras, 
Se escuchará esta tarde la yoz de las j^uitarras 

Y tejerá sus rondas el patrio pei'icón. 

Apóyate en ini brazo, que es agria la cHcliilla; 
La luz abre con fuerza su clámide amaiilla; 
Está inmóvil el fleco más fino del palmar. 
Soñando con los zumos melosos de las uvas, 
Duei'uien las cavidades de las redondas cubas 

Y vuelan las avispas en torno del lagar. 

Esconden los agrestes sai'uiientos retorcidos 
Una legión de arrullos y una legióu de nidos; 
Sestea entre los pámpanos el tordo silbador. 
Debajo de los i)ámpanos, las uvas escondidas. 
Morenas y fragantes, jugosas y encendidas. 
Viven elaborando su saturnal licor. 

El astro de las doce dispara sus ballestas 

Y en los racimos opimos, (|nc lloran cu las cestas 
Sus lágrimas de púrpura, su sangre de nihí, 
Bi-illan los saetazos del arquero amarillo, 

Igual que en los cristales de un gi')tico castillo 
O en la coraza ('S])léndida de mi \('i-d(' colibrí. 



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77 



CARLOS ROXLO 



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Moliendo con sus ruedas los ásperos guijarros, 
Bajan por la i)endieute los j-echinosos carros 
En donde se amontonan los t'i'utos del AÍñal, 
Y cantan las cigarras de la vendimia el coro 
En tant<i i|Ue el artpu'ru de los vciiai)los de oro 
El filo de sus fleclias ensaya en el- ceibal. 

La granja jubilosa mira á los pisadores 
Pisar á los racimos, entre élitros cantores. 
Luciendo de sus jiiernas la roja desnudez; 
¡Los élitros zumbando sol)re la ardiente uvada 
Parecen mi confuso Tañido de allxirada, 
El prólogo de un poema de holgura y robustez! 



^^ 



I / 



Con los purp víreos tintes de los mostos hirvientes 
Manchan los pisadores sus nu'isculos valientes 

Y manchan las avispas su clámide de tul; 
¡ La ^ida es un viñedo de gozos y dolores ! 
¡A^ictorias y derrumljes, haced con los hervores 
De vuestra uvada interna, los vinos de lo azul! 

¡El himno del trabajo resuene en las cuchillas! 
Junto al altar del alba caigamos de rodillas' 
Alcemos los lagai'es del bien y la verdad! 
Yendimiadora. vamos al tem])lo del futuro 

Y ojalá que en sus cálices los vinos de lo puro 
Hiervan, como un incendio, solne la Eternidad! 






FLORES DE CEIBO 



# 



ESCENA L'LTTMA 



El zarzal. — El águila. — La hormiga. — El poeta 



EL ZAlíZAL 

Ya sicntd (lUc me abrasan Ids rayos del estío; 
lias iiiiclics son más piu'as y es más azul el río; 
lliei-\('n mis aci'cs zumos y sucfiau mis csiiiuas 
("on los ix'rmcjos tintes de las rosas divinas. 
Al morir de las tardes, la ealandria «-anoi'a. 
En los moUes x'ecinos, al lucero enamora, 

Y las hebras de plata de la luz del lucero 
La ahrÍL;an de sus tules con el cendal libero. 
Ya vueheii del exilio las garzas con diadema, 
El trebolar aleui-e sus cinamomos (|Ueuia, 

fcCu los barrancos ríe la roja mari;arita 

Y en los cevcíts de alambre la lechuza (hu'mita. 
El son de los arroyos es un canto de anun-es. 
¿Por qué será, Dios mío, (|ue ten^o sed de flores? 
]jas flores son el sueño de la naturaleza. 

El sueño de un artista li'anoso de belleza. 

¡La madre augusta teje de un ái'hol la ^'uirnalda 

Lo mismo (jue un Joyero cincela luia esmeralda! 

Yo sé (jue encierra un himno tmlo lo (jue nnirmui-a 
En todas las fealdades se esconde una hermosui-a. 




I 'i 




^^ 



79 



-> X 



CARLOS ROXLO 



■í^ . 



El liiiniio dice : — ¡ Amaos ! — lo feo : — ¡ Compreudcdme ! 
' Y todo lo que rueda uos grita : — ¡ Sosteuedme ! 

Lo feo es ignorancia. — Nace la fiera hirsuta 
En el cerebro lóbrego lo mismo que en la gruta 
Donde jamás penetra la luz de la mañana. 

: 1 ¡ Azulemos las simas de la conciencia humana ! 

I i ¡Hagamos una antorcha con el abecedario! 

¡Sostenga, en vez de un leño, un sol cada Calvario! 
La maldad, muchas veces, más que maldad es pena. 
¡Jesús hace que brille la aurora en Magdalena! 

i I ¡Sembremos compasivos con nardos de ternura 

;, De todo lo que sufre la Calle de Amargura! 

•-\\) ¡El que nnirii'i inocente sobre la cruz romana. 

Bebió en el rojo cántaro de la Samaritana! 

//)) ¡Bebamos en la copa de todos los dolores! 

I ¡ Xo hay tumba que no tenga necesidad de flores ! 

Lo vil tiene los ojos cei-rados á lo bueno. 
— ¡ Mirad ! — á las cegueras les dijo el Nazareno, 
¡ Y todas las cegueras lloraron de alegría 
Viendo que era celeste la techumbre del día! 

No escuchéis lo que afiíina la arnera envenenada. 
Cu mainunibú me dijo: — ¡La pobre está embi-ujada! 
¡ Después que hul)o saciado su furia traicionera, 
Caín enterró su clava debajo de una arnera! 
¡Envenenar sirviéndose del i)erfume divino 
Es ser dos veces malo, dos ^-eces asesino! 
¡ El vuelo del perfume, como todos los vuelos. 
Tiene un rumbo, la aurora, v un camino, los cielos! 



^.^^ 



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FLORES DE CEIBO 



¡El pastDT (|iic picdica la ley de las maldades, 
El dogma de ids odifts y las desigualdados; 
El pastyr (Ule se sirve del anua de la idea 
]*ara aguzar los dientes de lo que culebrea; 
El pastor que no enciende la luz de la es])eianza 
En t<u-no de las úlceras sedientas de venganza, 
Es un pastor que empuja al rebaño inconsciente 
Hacia los preeii)icios donde se hunde el torrente ! 

¿Sabéis 1(1 (jue iins dice la lumbre pasa.jei'a 
Del astro del crepúsculo? — Nos dice: — ¡Juncalera, 
Zarzal, onibú, calandria de anm'diicos cantares 

V ríos que saltando os perdéis en los mares. 
Donde exista una sombra, elaborad un brillo, 

V donde haya un gi'illete, esgrimid un martillo, 
Porque en verdad os digo que la oración que sube 
Es la oi'ación que implora jiidieiido por la iinl)e, 
in hombre, el l)ruto, el ave. el árbol y la planta, 
Por todo lo que gime y todo lo (pie canta! 
¡Como el sol que empurpura el espacio y el lodo. 
Levantad vuestra salve por todos y jioi' todo! — 

Escuchad. — Tienen ansia todas las liviandades 
De que el lirio les preste sus niveas castidades. 
Cuandí» juzgiiéis hacedlo sin dolo y sin malicia. 
La cólera es un agrio deseo de justicia. 
A veces lo iracundo, sobre la barricada, 
Flamea un luminoso fragmento dv alborada. 
A veces el harapo, que ruje en los motines. 
Tañe el himno que entonan del alba los clarines. 



81 



CARLOS ROXLO 



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:4, 



Entre el podci- (|ue ()])VÍuk' y el (Icrcclio ultrajado 
Estad con t'l (U'vccIki. — ¡ El derecho es sagrado! 
Sui»i'iiiiid el cadalso y engrandeced la escuela. 
Azulad las \isiones de las madres en vela. 
Kl puñal se enii)urpura de rul)or v\\ la herida. 
La sai de los amores es la sal de la vida. 
Pitágoras ha dicho: — Las \ii-tudes del alma 
Son la luz en la estrella y el diUil en la palma. — 
Afirmad, como Plinio, (|ue la guerra es un crimen. 
Dad, como San Vicente, el nuuido á los ([ue ginien 
Ealtos de pan y hunbi'e. — ¡ La fe de Marco Aurelio, 
El amor á los otros sea vuestro Evangelio! 

ITX .ÍGT'IL.A 

¡ Estoy herida ! — Las balas 
De un cazador, en mis alas 
Y en mi i)echo .se enterraron. 
Pude, á fuerza de coraje, 
Internarme en el zarza je 
(^lyas [)úas me ocultaron. 

Se acibara mi agonía 
Al pensai' en la alegría 
Con (jui', ardiente y soñadora. 
Hoy mismo, cruzando el monte, 
Vi incendiarse el horizonte 
Con las luces de la aurora. 



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82 



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PLORES DE CEIBO 



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Al ]»('lis;ir i|Uc Sdlirc el ciclo 
i'ldlild c.\tcli(lci-;'i su vcid, 
l'arii lili, la ikh-Iic ctcina ; 
Y c|iir la sc(l (|nc iiic al>rasa 
Siente, en la brisa (jiic pasa, 
Kl niiiidr (le la i-islcnia. 



Al pensar (|iie los ceibales 
Lucen su flor de <-,(irales, 
Sus rojas flores de eiieio, 
'\' ([Ue hay flores en las hrefias 
Escarpadas y zahereñas 
De mi nidal carnicero. 

Al pensar (|no en las íílieinas 
De acjuel rancho, en cuyas i-uinas 
i\Ie detmc ayer, triunfantes 
Sin mí. las constelaciones 
Dil)ujar;iii sus \isiones 
Ei'vátieas a' danzantes. 




¡Al pensar que será eterno 
El sol de otoño, el de invierno. 
El sol de estío, el fecundo 
Sol cuya llama encendida. 
Sin mí, es])arcirá la vida 
Por las arterias del mundo! 





¡^lorir cuando todo es \-uel 
En la tieri'a v en el cielo I 



C>>- 



CARLOS ROXLO 




¡Morir lejos de los talas 
Cuyo ramaje sombrío 
Ya no tiembla bajo el frío 
Pamperazo de mis alas! 

¡ Aire ! ¡ Luz ! ¡ Mi saugre aleve 
Se Ya convirtieiido eu nieve I . . . 
¡ Qué obscuro se pone el día ! . . . 
j También el sol va á morirse ? . . . 
¡ Siento mis alas abrirse ! . . . 
¡ Volar, qué imnensa alegría ! . . . 

LA HORIMIGA 

¡La muerte, madre de todo. 
Convertirá en flor el lodo 
De tu carne agusanada. 
Cuando, del monte en las vueltas. 
Entregue al \'ieuto las sueltas 
Semillas de la allntrada! 

¡ Serás, como siempre has sido. 
Breña ó flor, relumbre ó nido! 
¡La muerte, la aborrecida. 
La implacable, la traidora, 
Es la bruja que elabora 
El elixir de la vida ! 

¡Los veranos, los inviernos 
Son como surcos eternos 



^ 



84 




FLORES DE CEIBO 



¿4^. 



Va\ (loiidc aiTnja la iiiiicrtc 
La t'sciicia, sacra y divina, 
Di' todo 1(1 <|uc jícriiiiiia 
Triiuit'adi»!-. príispcro y fuerte! 

¡fon el átomo (jue flota, 
Con i)iiinias del ala rota, 
(_'on el truiico mustio y seco. 
La muerte, la muerte santa. 
Hace la lira (jue canta 

Y hace de la estrella el fleco! 

¡Oh magna máter, materia 
Que eres lo azul de la arteria 

Y lo róqueo del ,i>ranito. 
Tú fundes en tus crisoles 
Las hormigas y los soles, 
L(j pequeño y lo infinito! 

EL POETA 

Un poco aragonesa y un poco catalana, 
La sangre, cuyos zumos nutrejí mi corazón, 
Es, como Cataluña, trabajadora y sana 
Con las sinceridades valientes de Aragón. 

Al recordar su estirpe, mi pecho se alboroza; 
El hoy es casi siempre producto del ayer; 
La madre de mi padre era de Zaragoza; 
^li madre es de la patria de Freclerich Soler. 




CARLOS ROXLO 






Idólatra do aquello (jue plugo á mis mayores, 
Nutrido con las probas rudezas de t)tra edad, 
Aiuo, como Pitarra, los liinmos sembradores, 
Y tengo, con Lanuza, fiebres de libertad. 

Mi padre era la síntesis del almogávar fiero. 
Mi madre es una santa con lirios en la sien, 

Y yo soy el connubio de un ruiseñor ibero 
Con una gargantilla de mi chari'úa Edén. 

Amo el valor leonino con que domó á la tierra 
El pueblo que se cubre de gloria cu San Quintín, 

Y adoro la arrogancia del palafrén de guerra 
Vencido en las salvajes Puntas de Valentín. 

Abeja enamorada del astro del ensueño, 
Para cruzar las sirtes del mundo imuaterial 
Me prestan don Quijote su dvictil Cravileño 

Y Figueroa el ritmo de su canción marcial. 

Admiro tiernamente la lengua castellana. 
Siempre de su hermosura me encontraréis en pos, 
Porque con sus voca))los, de timbres de campana 

Y resplandm-es de ópalo, mi madre habla con Dios. 

Pero también empleo gozoso los lUíjdismos 
Que se usan en los pagos agrestes del zorzal. 
Porque ellos simljolizan los grandes estoicismos 
De la Meseta heroica y el éj^ico Aix'ual. 










FLORES DE CEIBO 




Nací ciiaiulo el estío sobre la Juiícaleía 
Extiende de sus nubes ei eei;ad<)i- tisú. 
El lustro en que crujía de aiifiíistia mi bandera 

Y el corazón de Gómez se helaba en Paysandii. 

Como el ombú me biergo sobic el terrón bendito ; 
Fuera de nuestros marcos no r(íC(mozco ley ; 
¡Mi numen, de alegría, llora sobre el Cerrito! 
¡La voz de mi guitarra ruje en el Arapey! 

Unido al patrio suelo como el cipo se anuda 
Al tronco de las ceibas de traje carmesí, 
¡Palpita en mis canciones la cbu'inada aguda 
Que oyeron los jinetes del pago en Saraudí! 

Si pasa el estandarte, nido de bizarría, 
En donde centellea la diagonal punzó, 
¡Lloro como el blandengue llora en Santa fiaría 
Al jjresentir que llega la luz de Ituzaingó ! 

¡Qué eternizarse miren, cuna del espinillo, 
Bajo tus iKjrizontes de flotador zafir. 
Sus épicas hazañas Latorre y Andresillo, 
Barreiro y Monterroso su fe en el porvenir! 

¡ Que la virtud te guíe con rumbo á lo mañana, 
Que el numen del trabajo componga tu caución, 
Que seas el castillo de la conciencia humana, 

Y que mi nombre, — oh madre, — viva en tu corazón ! 







CARLOS R0X1.0 







Esc soy yo, señora. Me hicieron de tal suerte 
Que es híbrido y sublime lo que palpita cu mí ; 
Soy español habláudote y soy, para quererte, 
Charrúa como el pago glorioso en (jue nací. 

Mis ritmos son el fruto de la junción extraña 
De las encinas godas y el índico uiiuiday; 
¡Mi pluma es una flecha del rojo sol de España 

Y mi papel un fleco del sol del Uruguay ! 

¡ Ecos de mis cuchillas, rumores de mis llanos, 
Murmullos de mis ríos, piadosos acudid 

Y en la guitarra rústica, que tiembla entre mis manos. 
De vuestras grandes voces la vilnación fundid! 



¡ Nacido en esta tierra, donde la luz es gloria 

Y donde el aire es vida, suelo llorar de amor 
Hablando de las lides de su gallarda historia 

Y oyendo las canciones del tordo silbador ! 

Me asombran los que dicen (^ue el patriotismo es necia 
Costuml>re de otros tiempos, indigna de esta edad ; 
¡ Pronto hará veinte siglos que así hablaban en Grecia 

Y aún el sol de las patrias brilla en la Eternidad! 







FLORES DE CEIBO 




EL ÁGUILA 



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(POEMA PATRIÓTICO) 











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FLORES DE CEIBO 



EL ÁGUILA 



(POEMA PATRIÓTICO) 



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sciciiAi)! Escuchad! — ¡Soy el potente 

Cuántico que vocean 

Las liervidoras aguas del torrente; 

Soy el redo) lie fiero 

Del yaribá, cuyo verdor cimbrean 

Los bizarros empujes del pampero; 

Soy el sordo rugido 

Del soberbio jaguar, cuando desgai'ra 

Las carnes del venado estremecido! — 

Escuchad! Escuchad! — ¡ Vil)ra en mis manos 

La homérica guitari-a 

De los tiempos lejanos! 

¡La vihuela de duro 

Y agreste ñandubay, cuyos bordones 

Arrullarán las horas del futuro 

Ton la voz de las patrias tradiciones! 




CARLOS ROXLO 






II 



¡Ni m\ vximoY on las olas 
Ni una luz en la altiira ! 
¡ El Grande está con el Destino á solas ! 
¡Clavado en la Meseta, 
Busea en el fondo de la noche obscura 
Lo que presiente su alma de profeta ! 

Todo duerme; en la orilla 
De los añosos sauces la verdura, 
El perfume en los campos de gramilla 

Y los trinos de amor en la espesura. 
Todo duerme en quietud; el patrio río 
Con sigiloso movimiento corre 

A los pies del fortín, agrio y bravio, 
Que custodian las lanzas de Latorre! 

Con los brazos en cruz sobre su duro 
Pecho de gladiador, sueña el Caudillo 
Con las triunfantes albas del futuro; 
A golpes de cuchillo 

Y á la cárdena luz del recortado, 
En su indómita fe la montonera 
Arropa al porvenir con el l)aleado 

Y tricolor cendal de sii bandera! 

En los mustios juncales 
Duerme el rejitil ; el tordo, bajo el ala 
Oculta la cabeza, en los ceibales 
Espera al sol para soltar su escala. 





92 



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FLORES DE CEIBO 







Toílo es (luictud y soledad; á veces, 
Turbando los dominios del sosiego, 
De la orilla en las foseas lobregueces 
Silba el ñacnnitú de ojos de fuego. 

Ton los brazos en cruz bajo el pampeano 
Poncho de guerra, de color obscuro, 
El Héroe de pupilas de milano 
Interroga á los genios del futuro. 
¡ Su hora vendrá ! ¡ la hora 
De la reparación! ¡la hora esperada 
Por los que están forjando de la aurora 
El disco con las chispas de su espada! 

j Su hora vendrá ! ¡ Lo sabe 
El camalote que hacia el mar navega 
Y lo anuncian los cánticos del ave! 
¡Lo dicen, sí, lo dicen la bendita 
Plegaria del clarín en la refriega. 
El oro de la roja margarita, 
El polen que en los árboles palpita, 
La luz que muere y el fulgor que llega! 



III 

El Inflexible siente, 
Al leabrir la epopeya de su historia. 
Sobre los hondos siircí»s de su frente. 
El viento de las alas de la gloria. 





I ' 




CARLOS ROXLO 






No es ya el adolescente, 
No es ya el gentil acopiador do ciceros 
Que cruzaba los campos virginales 
Al tímido brillar de los luceros 

Y en pos de las carretas ascentrales. 
Aquel tiempo pasó ; pasó el hechizo 
De aquella edad de férreas aA'enturas, 
En que al malevo, al yaro, al fronterizo 
Les impuso la ley de sus bravuras. 

En que le daban su quietud el monte, 
El cardenal su armónica cadencia, 
Sus brochazos de sol el horizonte 

Y el pampero su sed de independencia. 
En que todo lo nuestro le servía 
Para lucir su ardiente bizarría : 

¡ El ñandubay que en humo transforma])a, 
El concol(ir que sii cuchillo hería, 

Y el potro que su espuela ensangrental)a ! 

No conoce al mancebo 
Que luchó con el indio y el malevo. 
Aquella vida nómade y campei'a 
Ningún lugar ocupa en su memoi'ia : 
¡ Su pasado se funde en su bandera. 
Que es un ala del ángel de la gloria ! 

No es ya tampoco el varonil soldado. 
No es ya el lilandeugue de uniforme godo, 
Que turbal)a los sueños del malvado 

Y que la ley sobreponía á todo. 





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FLORES DE CEIBO 



A(|U('l tiempo pasó: pasó el iinporio 

De la odad colonial; el snl (juc hrijla 

Mil la techumbre azul de este hemisferio, 

No es ya el sol de las tardes de Castilla. 

El joven sol, que lleno de arrogancia 

Nos envuelve en los oros de su manto. 

No es ya el sol de las horas de Numancia 

Ni és ya el sol de los días de Le])anto. 

El joven sol, que en su purpúrea aureola 

De nuestros ceibos los capullos trenza, 

No es ya el triunfante sol de Perinola, 

El sol que amaba Berenguer de Estenza. 

El joven sol, que con su luz esmalta 

De nuestras cumbres el verdor bendito, 

¡Es el sol de los cánticos de Salta 

y es el sol de las preces del Cerrito! 

El sol que nace, cuando esconde el tuco 

Su chinesco fanal en nuestras hiedras, 

¡ Es el ardiente sol de Chacabuco, 

El rojo sol de San José y las Piedras! 

El joven sol que con su disco lleno 

Dora de nuestros cam])os las espigas, 

¡ Es el sol de Ricaurte y de Moreno ! 

¡ Es el sol de Junín ! — ¡ El sol de Artigas ! 




IV 



El Precursor, el épico soldado 
Que tuvo vislumbranzas de profeta. 
Vuelve á vivir las hoi-as del pasado 
En la augusta quietud de la Meseta. 






CARLOS ROXLO 



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Mil ochocientos diez. — ^layo. — Se sabe 
Por un navio, que de anclar acalía, 
Algo imprevisto, asombrador, nuiy grave. 

Montevideo, entonces. 
Sobre su estuario azul se levantaba 
Cubierta de fortines y de l)r(>nces. 

Era Montevideo 
Un cuartel que los ojos deslumhraba 
Con el fulgor de su marcial arreo. 
Donde boy lucen sus huertas de rosales 
De carmíneo matiz, sólo crecían, 
Con lujurioso afán, los matorrales. 

En las noches eternas 
De su bélico insomnio, la mecían 
Con sus A'oces de guardia las casernas. 

Bien metida en su dui'o 

Coselete de fierro. 
Era un campeón de los del rey Arturo. 
¡ Mastín de la ciudad, velaba el Cerro ! 

Casi desde el albor del coloniado. 
Nuestras costas, cuchillas y praderas 
Fueron como el palenque ensangrentado 
Por el sórdido afán de dos banderas. 
En cumbres, en oteros y en cañizos, 
Con vascuense tesón y fosca saña, 
El porqué de sus pleitos fronterizos 
Aquí ventilan Portugal y España. 
Del pórtugo las tercas invasiones, 
Del español el belicoso arreo 



^ 




96 





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FLORES DE CEIBO 




Y el coutimu) i-odar de los cañones 
En el fértil terruño cananeo, 
Convierten á lus hijos de l;i tierra 

De las tribus errantes, 
En estrofas de un cántico de guerra 

Y en un viril trofeo 
De cortadoras picas (-entelleantes! 



El malón del charrúa y las Ijravatas 
Del portugués audaz, — en la cuchilla 
Y en la selva de rojos escarlatas, — 
Azonin á los leones de Castilla. 
E igualmente perturljan, — en la loma. 
La ribera y los valles. — al colono. 
Unido al español por el idioma, 
Por las costmnbres y el resjjeto al trono. 
Aquella vida tormentosa y dura. 
Lo áspero de los usos coloniales, 
Dieron á miestra raza la braMira 
Que tantas veces derrochó á i-audales. 
Así la vieja edad, batalladora 
Por razón de conquista y poderío, 
En sus llameantes hornos elabora 
El sacro zumo del meseuio brío 
De nuestra raza ardiente y soñadora ! 

Velando la campiña abandonada 
Al sueño pastoril, surge zahereña 
La ciudad en sus uniros encerrada 
Como un cañón hundido en su cureña. 





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CARLOS R0XI.0 






Sus bastiones ciclópios, que altain'ios 
A\-aiizau sobre el mar, lirillaii con brillo 
De fusiles y obuses y morteros, 
Como ochavas y cubos de uu castillo. 
Huele á pólvoia y vive en sus bastiones 
Ahogando de sus tedios el sollozo, 

Y oyendo como crujen los portones 
Que truecan su recinto en calabozo. 

Con sus calles fangosas 

Y su inconcluso templo franciscano, 
Xo era la ciudad de lioy, la de las rosas, 
La dulce desposada del verano. 

La abierta á los errantes 
Óleos de las agrestes margaritas : 
Era uu montón de hierros fulgurantes, 
Era lui haz de reductos y garitas. 
Hundida en sus graníticas murallas, 
Era asilo, sagrario y fortaleza, 
Ahnacéu de pertrechos y vituallas 
De la española y colonial grandeza. 

A sus pies se extendía 
El campo en abandono, 

Y como nada al trono le debía. 
En la llanura autónoma y bravia 

Se fué entibiando la pasión del trono. 

La hispana monarquía. 
La <]Ue juntó en su sangre los rubíes 
Que enrojecen la tez del asturiano 







ÍV 





FLORES DE CEIBO 



Y en sus venas lleval)aii los zefj;TÍes, 
])ej(') (|iic la aridez y la iiiciilt iii'a, 
El cuatrerisiuo y el malón indiano 
Se adncñaseii del monte y la llanura. 

Toril sin puertas de la res salvaje, 
Siu conocer la luz del alfabeto 
E idólatras ardientes del coraje 
Qne impone á i>uñaladas el respeto, 
Vegetaban monteses las^ campiñas 
En un marasmo triste é inseguro, 
Sin el ^•erdor cim1)rante de las viñas 

Y sin lo bronceo del trigal maduro. 

El imperio humillante, 
La A-anidad impenitente y loca 
Con que trata al colono la arrogante 
Intrepidez del león, (pie en su luañana 
Se irguió en los brazos de la cruz romana 
Con el himno del eúskaro en la Ijoca, 

Unido á la costumbre 
De bregar por lo propio en los malones 
De la costa, del llano y de la cumbre. 
Aflojaron los híspidos cordones. 
l)el dogal de la ibera servidmnbre. 
Dentro de la ciudad amurallada 
A'i\ió el cidto del rey, bajo el severo 
Amjjaro del clarín y de la espada, 

El obús y el mortero; 
Pero en las soledades sin rondines, 







Sin círculos de roncas baterías, 
¡Hasta el bagual, de aljrojos en las crines, 
Llama al sol de las grandes rebeldías! 
¡Un sol sigue á otro sol, y al levantarse 
De nuestro sol la claridad homérica. 
Como un sol fatigado de agrandarse, 
El sol de España se ocultó en América ! 



]Mil ochocientos diez. — Mayo. — Sombría 
Se despierta la Imnbre de la aurora. — 
Un bergantín, anclado en la bahía, 
Cuenta un cuento que asusta y que enamora. 

El que turba el sosiego 
Del mundo con la voz de sus cañones; 
El corso, que reparte las naciones 
Como un niño las guindas de su juego; 
El que desgarra las funéreas clámides 
De los reyes de Egipto, y sus despojos 
Pone á tostar al sol de las Pirámides ; 
El Carlomagno, el César, cuyos ojos 
Tienen á la victoria hipnotizada; 
El águila caudal que desgarrada 
Enseña al mundo, en su sangriento pico, 
En su pico insaciable y traicionero, 
La púrpura de Atila y de Alarico; 

El coloso de acero 
Que, como alud i-asante, se desploma 
Sobre Jena y Berlín, Marengo y Roma; 






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FLORES DE CEIBO 



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Aquel á quien aclaman y obedecen 

La ciudad y la villa 
Que entre naranjos ó deshielos crecen, 
Ncipoles y Moscou, Viena y Sevilla; 

Aquel á quien parecen 
Pequeño el mundo, que ii sus pies se humilla, 

Y i>equeña la historia 
Para encerrar al astro de su gloria; 
El primero en el haz de los primeros, 
El cóndor que en el s(»l las phmias baña, 
Les dijo á sus heroicos granaderos: 
— ¡Id y traedme el corazón de España! — 

Con Murat y <-on Duliesme las legiones 
Entran en Cataluña y en Castilla 
Agitando á los vientos sus pendones; 
Pero u<i un corazón, cien corazones 
Laten en el ternnlo sacudido 
Por el vuelo del águila francesa, 

Y descienden con ira de su nido, 
Para quitarle al águila su presa 
Y^ detener su vuelo soberano. 
La ruda terquedad aragonesa 

Y el laconio tesón del asturiano. 

¡Con indomable saña 
El coraje español defiende á Esjjaña! 

¡Mientras el regio miedo 
La patria de Ataúlfo y Recaredo 
Entrega á los franceses en Bayona, 
Dan lustre y brillo al español denuedo 
Bailen, el Bruch v la inmortal Gerona! 



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CARLOS ROXLO 




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¡Mientras la monarquía. 
Con la A-irtud. la majestad perdía, 
El pueblo de los campos y las calles, 
El héroe de las horas de Pavía, 
El glorioso clarín de Roncesvalles, 
Con su atlétieo brazo, en sangre tinto, 
Defiende el esjjlendor de la corona 
])e Felipe Segundo y Carlos Quinto! 

¡MientravO^ impone leyes 
Al coro amedi'entado de los reyes 
Kl lialc(')u de Austerlitz, Wagraní y Jena, - 
Como el cadáA'er de Héctor por la arena 
Arrastraba la cí'ilera de Aquiles, 
Arrastra de sus reyes la cadena 
La indomeñable intrepidez de España 
Por los sangrientos campos de Arapiles, 
Tolosa, Zújar, San Marcial y Ocaña ! 



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Cautivo el rey, la España en cautiverio 
Y la Junta de Cádiz combatida. 
Pronto siente latir nu.estro hemisferio 
A su gran corazón con otra vida. 
Cuando de medio nnmdo en las cam]>anas 
El somatén libertador resiu'ua. 
Surgen, como visiones esquilianas, 
Hidalgo en las campiñas mejicanas. 
Rojas y Ovalle en la región chilena. 








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FLORES DE CEIBO 



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1 




Ya Buenos Aires, esgrimiendo el rayo 
Fundido en las hornallas de su Mayo, 
De López lima el cánticí» sonoro. 
Que como nnhc de zorzales de oro 
Hacia el palmar de lo futuro vuela. 
Y asalta los castillos del derecho 
Mostrando, como uu sol. soI»rc su jicclio 
Do Bcrutti y de Frcuch la escarajíeia. 

La hicdlor haudcra de Helgrano. 
Celeste y de eucarística blancura. 
Recorrer,! con Brown el mar lejauo. 
Subirá con Las Heras á la altura 
De los Andes de Chile, y la española 
Bandera de los leones sin mancilla 
Tendrá celos del sol de la que lu-illa 
Apoyada en el miislo de Zai)iola ! 

Pero, — mirad, — otra líandera avanza 
Luchando con la roja y amarilla. 
¡Es Píolívar! — ; La veis? — ¡Cruje eu su lanza! 

¡San Martín y Bolívar! — El primero. 
El táctico sagaz, el héroe duro. 
El sal)leadoi- uiagnífico y austera) 
Qiie sal)lea pensando en lo futui'o. 
El (|ue cruza las cúspides andinas 
Ba.jo los lamparazos de Febrero, 

Con dos batallas solas 
Al)ate á las leg'iones españolas 
En Chile y las Provincias Argentinas! 



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CARLOS ROXLO 





Bolívar que es el genio, lo nervioso. 
Sube la cordillera ecuatoriana. 
Llenando con un liinnio esplendoroso 
La mitad de la tierra americana. 
¡Sembrador incansable de na<-iones. 
Amontona laureles y banderas 
Esgrimiendo su lanza en los Horcones. 
Araure. Carabobo y Las Trincheras ! 

Si San Martín se atreve 
De las emnbres gigantes y azuladas 
A desafiar la cegadora nieve 
En busca de las épicas llanadas 
De Maipií y Chacabuco, — las cascadas 
Ecuatoriales, al dejar la cima, 
¡Copian con su fragor las clarinadas 
De Maturín. La Puerta v A'igirima '■ 




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Aquel que sobre el mapa americano 
Dá dos citas de amor á la victoria. 
Corre á morir, más grande que su gloria, 
Tras los salobres tumlios del Océano ; 

Y aquel que olvida su inmortal ensueño 
Mirándose en los ojos encendidos 

De las limeñas de color trigueño 

Y medioevales mantos renegridos. 
Morirá solitario y errabundo 

De su patria en los últimos confines, 
¡Mientras llena los ámbitos de un mundo 
El sol de San Mateo v Los Clarines! 








FLORES DE CEIBO 




¡Aniérir'a, do jíic! — ¡Cuando los nombras 
Con noble jíi-atitud. tn'niulo escucho 
La voz auf>us1a de sus grandes sombras. 
Que hablan de San Lorenzo y Ayaeucho! 
¡Canten de pie tus pueblos la accn-dada 
Canturía de sus liimnos á los «írandes 
Que clavaron heroicos con su espada 
Al sol del porvenir sobre los Andes! 



VII 

El Precursor, el épico soldado 
Que tuvo vislumbranzas de profeta, 
Vé desfilar las glorias del pasado 
En la augusta (|uietud de la Meseta. 

Mil ochocientos once. — De Febrero 
La ardiente hiz. la luz calcinadora. 
La luz que hechiza al industrioso hornero. 
Cumbres, declives y llanuras dora. 

Se buscan las torcaces 
En los rubios rastrojos montaraces. 
Son los churrinches dardos de escarlata, 

Y sus décimas imle el gargantillo 
Del guavacáu jinito á la flor de ])lata 

Y en la amarilla red del espinillo. 

Bajo la luz ardiente 
Del mes de la lujuria y la i^ereza, 
El viejo tronco de los sauces siente 
A la savia subir por su corteza. 




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CARLOS ROXLO 








Con íiiipctns iiuiiciak's 
Se eiiroscau y se estrujan las corales, 
De veneno mortal y piel manchada, 
En la quietud del monte sombreada 
Por el airón de las palmeras reales. 

Es espléndido el sol de los estíos 
En la tierra oriental; con policromos 
Fulgores ríe en los azules ríos 

Y en el áureo verdor de los aromos. 
Al lamparazo de su luz bendita 

Se emljorrachan de brillos y colores 
El palmar, el flamenco, y la mulita, 
Las nubes, los arroyos y las flores. 

^Montevideo la leal, la siempre fiera 
Torre de la esijañola dinastía, 
Yé el símbolo de un monstruo en la bandera 
De la desafección y la anarquía. 
^Monárquica y creyente, en sus bastiones. 
En la angulosa red de sus murallas, 
Limpia y ordena obuses y cañones 
Rezando al Je]io\á de las batallas. 
Juez y tutor, guardián y centinela 
Del jmerto y la caniijiña, está segura 
Por el lado del mar, pero recela 
Por el lado del monte y la llanura. 
Tiene razón: el cam])o en aliandono, 
El cuartel del matrero y la alimaña. 
Juzga que nada se le delíe al trono 

Y rompe el lazo (pie nos une á España! 






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FLORES DE CEIBO 





Lii luiiilirc del (^stío. 
La roja liimhrc de Kclircrt» brilla 

En el monte y el río. 

Se arnillan las paloiiias 
\']\\ el añosd ditihú de la ciicliilla, 
Donde el trélioj es|);iree sus ai'(>nias 

Y su. \-erdor extiende la ^i'annlla. 
l*]s el mes de los locos esponsales, 
Ija época de las nupcias abrasadas: 
Kl maimunhí sestea en los ceihak'S, 
>Sill)an los amarillos cardenales 

Y enflora la cicnta en las cañadas. 
Ijas pupilas se llenan de \isiones 

Y el amltiente sofoca: 
¡Es el mes de las dnlecs connuiiones 
Del ósculo y la lioca ! 

¿Por qné retumba el llano? 
¿i, Qué fronda de espinillos se desfaja? 
¿Qné significa ese clamor lejano i* 
¿Qné enorme río de las sierras baja"? 
¡Escuchad! ¡Kscucliad! ¡ l'uos clarines 
Se perfnman con mirra de jazmines 
En los agrestes huertos de Soriano! — 
i La patria empieza á sei"! ¡ Sn ])rimer grito 
Resonará ])or sieni]ire en lo infinito! 
¡Siempre al abrirse el sol de sus mañanas 
Creerá que escucha la canciéiu guerrera, 
El legendario acorde de las dianas 
De Benavides v de Pedro N'iei'a! 




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CARLOS ROXLO 






¡Recoged de rodillas y en silencio 
El tañido viril! ¡Es la primera 
Caricia de la gloria á la bandera 
Del sol charrúa ! ¡ El cántico de Aseucio ! 

El enrejado de apretadas redes. 
Que de Ramón Fernández la bravura 
l*rincipia en los jardines de ^lercedes, 
Pronto encierra la loma y la llanura. 
Del arroyo de Asencio en las orillas 
Abre el futuro sus condóreas alas; 
El viento, que bajó de las cuchillas, 
Se lo dijo á los verdes coronillas 

Y se lo dijo á los añosos talas. 
Aquel clamor, selvático y valiente 
Como lui rugido de jaguar, recorre 
En las ondas fugaces del ambiente, 
La patria de Andresito }• de Latorre. 
Por donde cruza el canTo sonoroso 
Ó se detiene el cántico bendito. 
Palpita el corazón de Monterroso 

y resuenan las salves del Cerrito! 

Por eso l)rillan con fulgor de acero 
Las luces tropicales de Febrero. 
El dosel agitando 
De sus relimibres claras. 
Ellas bendicen el coraje obscuro 

Y la constancia anónima del bando 
Que desbroza las sendas del futuro 
Con el férreo rejón de sus tacuaras. 






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FLORES DE CEIBO 







; (¿uicMi iiiaiidará .' ; (¿lu' voz. de his cruzados 
Rptf'in])lará ol denuedo en las fatigas 
\ la té (11 los instantes (lesgra<*iados? 
¡A(|iicl cu cuyos ojos azulados 
Helanipaguea el poi\-ci!Ír! ¡Artigas! 



^lirad! T')(' nuestro río en la i-ibera 
Va escuad]"óu lacedenionio espera. 
¡ ^'a <í comenzar el duelo de la suerte 
Con el Amado, el Precursor, el Fuerte! 
Bajo las colgaduras del sauzaje 
De la orilla, resuenan las guitarras 
Y dieen: — Cuando esponje su plumaje 
El águila caudal, ¿quién de sus garras 
Querrá sentir el estrujón salvaje:" — 
En el sauzal, la cítara plebeya. 
El arpa errante de los montes míos. 
Es Homero cantando su epopeya 

En las costas de Chíos. 
¡Llegó el Libertador! ¡Su lanza l)rilla 
Clamada entre los sauces de la orilla! 
¡Calera de las Huérfanas, tu nombre 
Vibre en la soledad de los palmares. 
Que al niño enseñe á XH'iierarlo el hombre. 
Que los vientos lo digan á los mares! 
¡Que lo rece en sus sill)os la cantora 
Calandria del juncal, y (pie el espejo 
Del arroyo lo copie cuando enfloi-a 
La enredadera agreste y cimbradora 
Que cubre la pared del rancho viejo! 






CARLOS ROXLO 






\1J1 

El íiiclitu soldacU», 
El triunfador del tiempo venidero, 
Vnehe á vivir la? horas del ])asado 
En la augusta quietud d(>l Hervident. 

¡ Sus ojos de ])rofeta, 

Sus pupilas de acero. 
Dialogan con la noche en la Meseta! 

Soñando con las lides 
Que llevan á los huertos del mañana, 
Las campiñas responden á la diana 
Redentora de Viera y Bena vides. 
¡Con sed de libertad, limpias de miedo, 
Paysandii y la Colonia se enardecen 
A la voz de Mai-tínez y de Haedo! 
¡Al conjuro feliril de Lavalleja, 
En las cumbres de Minas aparecen 
^lacabras claridades de conseja. 
Fogatas que como astros resplandecen! 

¡Así la madre santa. 
La gran madre por siempre bendecida, 
En los clarines campesinos cauta 
El 3-ambo que congrega á las legiones 
De trabuco y de ojota en Canelones, 
De poncho y de chaml)ergo en la Florida! 






FLORES DE CEIBO 



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¡Entonces, p.itiia. el án^cl de la jiloria 
Escribe, con la punta dv tu acero, 
Los pindáricos himnos de tu historia! 
¡ Entonces, patria, el grupo montonerf) 
Es de Hércules la prole gigantea 
Luchando, en los dominios del jjamjjero. 
Con el león de los bosques de Xemea ! 
¡Es la ])rol(' del héroe de Tesalia 
Hiriend(». con su dardo fulgurante. 
A las traidoras hidras de Estinfalia 

Y al jabalí tunoso de Enmante! 

¡ En el Paso del Rey tu lanza brilla, 
Oh dulce dueña del juncal y el río. 
Como el foco del sol en la amarilla 
Plenitud de las horas del estío! 
¡Tras mi combate resistente y duro. 
De San José crujiendo en las tiincheras. 
Parece un aletazo del futuro 
El iris triunlador de tus l)anderas! 
¡Funde, madre, tu eetrt) y tu corona 
En el homo infernal de la metralla! 
¡Empiirpura tu manto de amazona 
Manchándolo de sangre en la batalla! 
¡ Las Piedras ! ¡ Escuchad ! ¡ Es el alegro 
Del sol de lo futuro en los palmares, 

Y el hinmo (pie el clarín de A'aldenegro 
Reza á los ¡)ics de nuestros dioses lares! 
Es el cartel que dice al extranjero: 

— ¡De este campo de gloria en las quebradas, 
Artigas vence y hace prisionero 
Al valeroso cai)itán Posadas! — 





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CARLOS ROXLO 





Es el niiii'd de brouee en qiie ii-rabaroii : 
— ¡ En el declive gris de esta cuchilla. 
Las hordas del Blandengue denotaron 
A los heroicos tercios de Castilla ! — 
¡Es el ósculo augusto de la gloria 
Con los jinetes de pupila huraña, 

Y el buril que cincela en nuestra historia 
El epitafio del poder de España! 

Padre ! Liljertador ! ¡ Cuando alborea 
Sobre las cumbres el fanal del día, 
El águila tu nombre victorea 
En la sien de la agreste serranía ! 
Héroe ! Libei-tador ! — ¡ Tu ui^tmbre santo 
Bendito flota en la feraz llanura. 
Donde ami del i.)arche el victorioso canto 
El arpa de los céfiros munnura! 
Padre! Libertador! ¡Culjra tu sombra. 
Con svis alas de acero refulgente. 
De los declives la mullida alfombra 

Y los azules arcos del torrente! 

¡Olí epopeya inmortal, que nos obligas 

A vivir entre audaces clarinadas, 

El himno que hoy salmodian las espigas 

Es el que ayer cantaron las espadas! 

¡El credo al sol del i)()rvenir. el credo 

Que calcinaba el corazón sin miedo 

De los centauros del blandengue Artigas! 








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FLORES DE CEIBO 



IX 

('creada la ciudad, fortín bravio 
Donde aun reina el liispano ])(Klcríi); 
( 'ci-cada la ciudad, — (|ue su armadura 
De doble urdimbre y cejíador i-ef'lejo 
Mira en el Plata, que á sus pies iiuirnuira. 
Como mira una joven su hermosura 
En la tersa planicie de su espejo. — 

Diríase que el drama 
l'oca á su fin y que doliente llora. 
Con rugidos de león, el oriflama 
De cuño godo y de progenie mora. 





¡ No pudo ser ! ¡ La cuesta 

Es áspera y bravia! 
Para llegar hasta la cmnbre enhiesta 
Nos faltan muchas noches todavía ! 
Buenos Aires, que apoyo nos prestaba, 
Retrocedió como jaguar en fuga, 
Sin ver que en el capullo palpitaba. 
Ya mariposa, la impaciente oruga. 
Abandonados á su propia suerte, 
Sin recursos, sin armas, sin cañones. 
En aquel desafío con la muerte 
Que custodia fortines y portones, 
¡Principia de los nuestros la odisea. 
La emigración augusta y l)endecida. 
Para salvar el arca de la idea. 





CARLOS ROXLO 







La antorcha sideral en que chispea 
Algo que quiere convertirse en vida! 
Para salvar lo vago, lo instintivo, 
Lo que anuncia á las flcu'cs del ceilio 
La fuente azul que de las cumbres 1)a.ia ! 
¡ La gran sombra, de i-ostro pensativo. 
Que á nuestros nnu-rtos vela y amortaja ! — 

¡No os sonriáis! Os juro cpie la vieron 
Los que con el Blandengue batallaron, 
Los que sus infortunios compartieron, 
Los que en Las Piedras su pendón vivaron. 
A veces, en la noche sosegada, 
Salía de los patrios malezones 
Besando con la boca y la mirada 
La insignia del caudillo iluminada 
Por la trénmla luz de los fogones. 
A veces la falange cami^esina 
La divisó en mitad del entrevero, 

Y á A-eces, á la lumbre ves.i>ertina, 
La A-ieron esfmnarse en el sendero 
Que sulie hasta la sien de la colina. 

No dejó á la columna emigradora 
En los meses del éxodo, en los meses 
En que el clavel de la montaña enflora 

Y en que principian á Acrdear las mieses. 
Cada vez que en el fondo del camino 

La nube de su traje se destaca, 
Aquella noche el grupo campesino 
Es Ulises soñando con Itaca. 





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FLORES DE CEIBO 



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¿Fué una dulce ilusión, un devaneo 
De la falaniie homérica ? — Lo ignoro; 
¡La vi(') (le los ci'U/.ados d descd. 
CoiiKi cu mis lloras de éxtasis la veo, 
Blanca \' aziü v con un nimbo de oro! 




Al empezar la emigración, verdeaban 
Los llanos, las ]iendientes y las lomas: 
Al emjx'zar la emioración, rezaban 
Las salves del arrullo las palomas; 
Al empezar la emigi-ación, de ari-obos, 
De repiques y silbos se llenaban 
Los bosqiies de palmeras y algarrobos; 
Al empezar la emigración, tejía 
Sus tules de zafir la ])rimavera. 
Entre los pajonales escondía 
El lecho de sus bodas la crucera, 
Y en el declive gris de los barrancos 
Con languidez el guayacán mecía 
Sus colgaduras de capullos blancos. 



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Bajo el calor naciente, 
Iba la emigradora caravana 
Como nn i-ío (pie engruesa su corriente 
Con un nuevo raudal cada mañana. 
Niños, mujeres, jóvenes y ancianos. 
En pos del Precursor, dejan los llanos. 
Abandonan el monte y el estero. 
Se unen á la columna y con sincera 
Adoración, cuando la tarde acaba. 




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CARLOS ROXLO 






Se arrodillan en torno del que clava, 
A vin toque de clarín, nuestra bandera 

En el suelo querido 
En (juc nace la verde juncalera 
Donde se cimlu-a del churrinche el nido! 

¿.Dónde van? ¡Como el galo indomeñable, 
En busca de un rincón donde los dejen 
Morir en lil)ertad ! Es nuiy herniosa 
La patria del ayer, en donde tejen 
El oro de su miel la lecliigiiana 

Y el zorzal su canturía primorosa; 
Pero lo es más la que les muestra el saljle 
Del Caudillo, ¡ la patria del mañana ! 

Cruzando serranías y palmares. 
En el convoy asocian sus dolores 
Clérigos y seglares, 
Soldados y señores. 

Y resaltan, — mordidos por la lumbre 
Con que el horno del astro veraniego 
Envuelve á la confusa nuidiedumbre, — 
Jjas vistosas golillas del labriego. 

Los altos peinetones de la dama, 

Y el refajillo de color de fuego 

De la moza campera 
Que perfuma con óleos de retama 
El nesror de su libre cabellera. 






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FLORES DE CEIBO 



Kii la (Idiiusíi (lc.-iiii(lc/. cobriza 
De los chicuclos, faltos de nihoics, 
1 1 radia nuestro sol. el (|iic tapiza 
Hasta las lu-cñas de j)iii-]iúrcas flores; 

( "oii sus agudos píos 
\ aii los tordos llamando ;'i los anioi'es 
Por solanas y umbríos, 

Y aunque los niales de la ausencia llora. 
Siente el convoy el Júbilo su])remo 
Que puso la virtud consoladora 

En el alma viril de Aristodemo! 'M' 

Desnudeces, refajos, pciuetones, 
Prosajiias y humildades fraternizan 
Al vaivc'n de los toscos carretones 
Que ])()r nuestros declives se deslizan. 

Cantares y l)ord(mes 
8e oyen, á veces, aliviando penas, 

Y en torno del convoy, la cabalgata 
Hace crujir sus grandes nazarenas 

Y sus virolas de Ijruñida ])Iata. 
Los lanceros, al rayo del naciente. 

Atraviesan la hondura y el collado 
Sosteniendo la lanza refulgente 
En el estribo cou primor labrado. 
El ala del chambergo le\antada. 
El poncho por el aire sacudido. 
Luciendo el chiripá de lu-la bordacUi 

Y el lazo en la trasera recogido. l'l' 



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II II 



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CARLOS ROXLO 









¡Detrás ([iicda d sosiego 
Que (lá la esclavitud! ¡(piedan las iniinas 
])el rancherío, cu ([ue consume el fue^'o 
El hoo'ar de las i)ai'das golondrinas! 

¡Queda la suerte injusta 
¡Vivando al vencedor áspero y duro, 
Mientras lleva, — por montes y colinas, 

La caravana augusta 
El arca de la Patria hacia el futuro! 

¡Ya volverá ]iara A^encer! Los ranehos 
(|)ue el ineendio consume, el vocerío 
Con (|ue al convoy escoltan los caranchos. 
Las casullas florales del estío, 
La guitarra que gime en los fogones 

Y el viento que en los ponchos se cimbrea. 

Parecen coi-azones 
Que dicen al convoy: — ¡Salva tu idea! — 

Y la idea auton(')miea y sagrada 

Ya no se detendrá: ¡rebulle y muerde 
En el cereln'o de la turba armada, 
Como los zmnos en el tronco verde! 
Óxido (pK' carcome de lo añejo 
La herrumbre pertinaz, ¡ todo lo dora 
Esa idea sutil con su reflejo 

Indeciso de aurora ! 
¡Subirá, como el águila atrevida. 
De su Tabor hasta la excelsa cumbre! 
¡Será, por esa idea, redimida 
Para siempre la santa ^Nhichedumbre ! — 



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FLORES DE CEIBO 



¡Serán, iiici-ccd al f.iinpcsiiKi añojo, 
Lil)i'('s los ranchos, libres las ciudades! — 
¡Donde hoy crecen la ruda y el ahinojo 
La esiiiga erceev;í ! — ¡ La horda espartana. 
La reina de las ¡rntrias soledades. 
Ha de llegar al puerto del mañana, 
("onio Jesús, cruzando el Tiheriádes! 

Vá en el convoy el alma de la tierra 
Donde se escucha el liiniiio del pampero. 

Y donde. sol)re el dor.so de la sierra. 
Brillan las cineo antorchas del Crucero. 
Vá en la columna el alma dolorida 

De la tierra natal, ¡el alma toda 
De la planicie de verdor vestida 

Y el monte envuelto en cánticos de boda! 
¡Y fundido en Aquel. ])or cuya frente 
Y^a la amargura de la ausencia vaga, 
Palpita el corazón. nol)le y valiente. 

Del pago de Barreiro y Larrañaga ! 

Oh mi l)andera de los tres colores, 
Gracias á tu destierro y tus dolores. 
¡La patria es el hogar donde crecimos, 
Es el ombú de corpulentos ramos 
Por cuyo tronc(» sin verdf)r sul)imos 

Y cuya frente centenai'ia hollamos! 

■ La patria es ese sol. pródigo en luces. 
Que azula los serranos manantiales, 

Y el pobre cementerio en cuyas cruces 
Se ])aran á cantar los cardenales! 

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CARLOS ROXLO 





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¡Ln patria es címin un órgano grandiuso 
De ti\'l)(>k's. de i)áiiii)aii(is y espigas, 
Donde el paiupei-o entona el victorioso 
llinnio de guerra del clarín de Artigas! 



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Espiraba la dnl<-e primavera 
En el lecho de luz de los estíos. 
Cuando llegó la estoica montonera 
A los feraces campos de Eutre - Ríos. 
Todo el puelilo oriental la precedía. 
Todo el pueblo oriental siguií'i al soldado 
En cuvos graves ojos es]>lendía 
La enilirujada virtud de lo imantado. 

Y de Entre - Kíos bajo el palio de oro. 
El Héroe dijo conteniendo el lloro: 

— ¡^lás (pie la servidinubre en tierra ])ro]iia 

A'ale la libertad en tierra extraña! 

¡ El Eruguay se turba cuando copia 

En sus es^jejos el pendón de España! 

¡Oh, no hay dolor como el dolor ])rofundo 

De separarse del nati\o sutdo: 

Sus marcos son los límites del immdo 

Y son también el valladar del cielo! 
¡Santa es la brisa que en sus ondas mece 
El ])rimer nombre que pronuncia el niño, 

Y es santo el sol á cuya luz florece 
El jazminero del ])rimer cariño! 



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FLORES DE CEIBO 







3 



olí patria, oh madre (loiidc ayer liicliauíu.s 
Con ardorosa te. eiiando ])isenios 
Xuevaineiitc la tierra eii (|iie dejamos 
Kl corazón. (|Uc amantes te ofrecemos, 
¡Sis>-ne siendo frescni'a en el lioscaje, 
Blanco vellón en la paciente oveja. 
Himno de la unitarra en el cordaje, 
Xnl)e de aromas en la flor l)ei-meja. 

Y convierte, señoi'a. 

En carne la esjjeranza 
De ceñir á tn frente encantadora 
El ])edazo de cielo ijue la anrora 
Nos ])romotió enredar en miestra lanza! — 

¡El paii'o con sus glorias y sus ])enas. 
Será siempre la madre idolatrada 
Que mitrió c(m su jugo nuestras venas 

Y encendió con su luz nuestra mirada ! 
¡La cuna del espíritu, el santuario 
Donde alzó nuestra ]>rez su primer vuelo. 

Y la sombra del rol)le centenario 
Sohre el liouar <iiic cdifici'i el alíñelo! 

¡El l)anco de la escuela en (pie aprendimos 
A deletrear con candido alborozo, 

Y el cáliz juvenil en que bebimos 
Las aeres hieles del primer sollozo! 

¡La patria, cuya hist(U-ia es nuestra histoiia, 
Que nuesti-a tumba cercará de flores. 
Con cuya gloria hacemos nuestra gloria. 





CARLOS ROXLO 



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('uviis (1( llores son uucstrus di llores. 
Siempre tendrá derecho á nuestra \ ida 
Y será eternamente la escogida 
Yii-o-eii de nuestros últimos amores! 



XI 




El águila caudal, el alniegado 
(¿ue tino \islmnbranzas de profeta. 
Remonta las corrientes del pasado 
Sobre la augusta sien de la ^leseta. 
Todo yace en quietud; todo sombrío 
Se arropa de la noche en la negrura: 
El campamento, la l)arranca. el río 
Y los astros sin luces de la altura. 



^'■. 



;Mí1 ochocientos doce. — ^^ilJra el eco 
Del clarín otra vez. — Otra ax'z vuelve 
El cuchillo á astilla]- el tronco seco. — 
La nulje que ]>asal)a se disuelve 
En lluvia de valor. — La ciudad fiera 
En cuya red de culjos se arrebola, 
Cuando la luz des])unta. la liandera 

De la patria española. 
Yé surgir otra vez á los paisanos 
Sobre cuyos rejones de ti.jera 
Brilla "ozoso el sol de nuestros llanos. 






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FLORES DE CEIBO 



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— \\:\ están ;i(|UÍ! — iiiiiiimii'.i 
Kl csiiiiicni i'ii los ¡iñdsos talas; 
-^¡ ^'a \iicl\cii ! — el clmiTiiiclic cu la espesura 
(ii'ita espoiijaiidd cdii plaeer las alas. 

— ¡ Saiied i[ue están a(|UÍ ! — l>a.j(i los oros 
Del (•iinl)i'ante aeliiral dice el cariiindio ; 

Y — ¡ya \iielven! — suspiran los souíU'os 
Ecos (le las cavernas de Marinclio. 

— ¡ T.os he \isto ])asar!--con alcti'ría 

Y patl*i('itica uucii'm repite el tero. 
Cuando la luz del renaciente día 
Abrillanta la sien del Campanero. 

Diciembre. — Treinta y uno. — l>a mañana 
Ríe en el pabellón de oro y de ni-ana. 
Saliendo de los uniros de i^ranito. 
El esforzado \'igodet se afana 
Por domeñar la cumbre del < 'errito. 

A la voz de Lacue.sta, 

De Gallano y de Loaces. 
Suben los tercios á la cumbre enhiesta 
Defendida ])or zarzas montaraces. 
¡^lás de tres horas la \ictoria dmla. 
De rojo tiñe la metralla el suelo. 
Y' la voz del clarín es más anuda 
Al \-erse cerca de lo azul did cielo! 
¡El ambiente es un \ictor estruendoso; 
El humo del fusil cie^a y embriagíi; 
Rima el brazo, ])nri)úreo y nmseuloso, 
Los éj)icos romances de la daga!. . . . 



'27 



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J23 



CARLOS ROXLO 





¡Xo crjéis! ¡Espc'iatl! — ¡ Eu este in.staiitt' 
La gloria halíla con Diog, y eu la <-ucliilla 
Retrocede cnijieiido el arrogante 
Lábard de los tercids de Castilla! 
¡Orad y bendecid! — ¡La hora esperada 
Suena en la turre, por el sol dorada. 
Del i-anipanario azul de ln infinito! 
¡La soinl)ra, que entrevio la montonera, 
Agita su flotante y hechicera 
Túnica Ijieolor sobre el Cerrito! 

¡ Baudei'as inutiladas 
De otra edad ]jor el broiice sonoroso. 
Cuando «ruzáis mis sueños, desplegadas 
Y ondulando al (•oni]>ás del victorioso 
Saludo del tambor y los clarines. 
Creo ver un pedazo de horizonte 
(lalojiar por la cuml)re y por el monte. 

La cuesta y el estero. 
Como un tul que se amida entre las crines 
Uel redomón del indio y del matrero! 

¡Sed siempi-e ]>regoneras 

De rubias allioradas, 

Tricolores banderas 
Por el plomo y v\ hierro nmtiladas! 





FLORES DE CEIBO 






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XII 



VA águila, ii'aiídsa 

De vohcr á su nido. 
Ya del Ayuí la ticri'a li(is]ii1alaria 
Para sieiuprc dc.j('). — ^'a su i;'raziiid(>, 

Su olímpica pU'iiaria, 

Se cscnclia en los ceiljalt'S 

( 'uva red fra<>-anciosa 
Empurpuran las luces csfix-alcs. 

¡La tdi-iucuta. (pie i'ul;'(' 
En la voz del clarín y del mortero. 
No amansará las iras de su empuje! 
¡ Kl futuro estrangula ;'i lo pasado. 
En la saña brutal del entrevero, 
Sohre la piel de tii^l'c del l'ccado 
En (jne \iva y lancea el montonero! 

El á,ii'uila soñaba. 
Desde su cnnihi'c rocallosa y hra\'a, 
( 'on un anfictionado luminoso 
])e pro\'incias gemelas en la noble 
Aspiracii'in del liien: ¡sueño gloi-ioso 
Que nuichos lustros \-er(le('i en el roble! 
¡Libi'es los ríos, libre el pensamiento, 
Tiibre el bolear, la ley i,t;ualitaria, 
^laduros los ti'itiales y en el viento 
De la escuela flotando la [)legai'ia! 



J25 



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CARLOS ROXLO 



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¡iViitc el (Icii'clio, el síiltlc de rodillas, 
Y las ideas, siempre ueiierosas, 
Haemaiido los astros en gavillas 
Para ha<-er las luañaiías más hermosas! 
¡Dulce y estéril ebriedad! ¡En vano 
W'Ui-iuios al denuedo castellano 
En íSan José, Las Piedras y el Ci'rrito! 
¡En la tierra soñada y prometida 
Lanzar no pudo el águila atrevida 
Su grito vencedor, su último grito! 

¡CouKj Frankiin y Jefferson, ufana 
El ave del terruño, con sus plumas 
Vestidas con topacios del mañana. 
Rasgar pretende del ayer las brumas! 
i La libertad ci\-il, la religiosa, 
La liljertad del pensanñento escrito. 
Predica justiciera >■ generosa 
Con el zarpazo, el picotón y el grito! 
j Sobre su cumln-e, que enfloró el verano, 
Limpia de encomenderos y de reyes, 
No habrá más i'ey (|ue el pueblo sol)erano 
Ni más altar que el de las patrias leyes! 
¡Y en nuestros estoicismos escudada. 
La heroica insignia de los dos listones 
Y'ov un listón de púi'pura cruzada. 
Se mecerá á Ja luz de la all)orada 
Solu'e los siete pueblos de ]\[isiones! 




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FLORES DE CEIBO 



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Pudo Mil instante el á,t;iiila zalicrcña 
Iiiiaííiiiar qnv su glorioso cnsucfio 
Iba ;í roniixT en flor sol)re la breña 
(¿lie aroma el (íleo del jazmín isleño. 

Sonaba todavía 

La ardiente sinfonía 
Del triunfo del Cerrito. — Los zorzales 
Preludiaron, eiitinices. en la iniil)ría 
Un adiós á las cosas eolouiales. 

El pamjjero decía : 

— Tus palomas monteses, 

Patria de los ceibales. 
Ya arrullan libres en tus libres mieses 
Ya es libre el sol, de cegadoras luces. 
Que azula los serranos manantiales, 
Y el pobre cementerio en cuyas cruces 
Se paran á cantar los cardenales. 
Ya es lil)re la vistosa enivdadera 
De la ventana del nidal canii)ero. 
])oude dos voces, por la vez primera. 
— ¡Quiéreme, dicen, como yo te quiero! 
¡Y es liljre para siempre la laguna. 
En cuyos sauces desmayados trina 
El chingólo, ante el disco de la luna. 
Las odas de Pierrot á ('olombina! — 



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La visión con t¡ue el ciguila soñaba 
Xo pudo ser. ¡El viento se engañaba! — 
; Qué importa? — ¡Nuestra estrella 
Donde el águila vaya, irá con ella! 



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J27 



CARLOS ROXLO 



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¡('(111 la ayuda de Dios, \ali('iit(.'iueiifi', 
Sohi'c fl futuro chn-ará su luu'lla 
El ideal que l^ulle cu uucstra frente! 
¡ No es ya el águila en hierros 
Que busca espacio donde abrir las alas! 
¡ El cerrojo rompió de sus encierros 
Y luce al sol sus voladoras galas! 
¡ El grito de la olímpica es segura 
Prenda de lil)ertad y de cultura ! 
El pago será autónomo. — Sus re^ves 
Serán la gloria, la virtud, las leyes 
Consagrando los triunfos del derecho. 
Será, sí, de mis valles la verdura 
El tálamo nupcial, el casto lecho 
De nuestras ansias con la edad futura. 
¡Será imestro hinmo, el hiuuio de la espiga! 
¡El hinmo del taller y de la escuela! 
¡El ci-edo triunfador, la salve amiga 
De todo lo que irradia y lo que vuela! 

¡aladre, madre adorada 
]-'or el trigo y la vid enguirnaldada, 
De nuestro Precursor con las visiones 
Hemos hecho los cíclicos liastiones 
De tu podei' augusto y soberano, 
Que extiende sol)re el río y sobre el llano 
La fulgeucin auroral. la imnaculada 
Fnlgencia de tu sol re])ublicano! 

¡En tus maizales de oro 
Cantan las brisas un eterno coro 



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FLORES DE CEIBO 



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A las excelsas ,i;l(>i-ias del ('aiulillo 
(¿lie eii tus escudos esculpií'i el tatuaje 
\)v\ cíihallo \cl(»7,. la i'es salvaje. 
I^a balanza hrufnda y el castillo 
Donde \-ela el jaiiuar de tu coraje! 

Piadas, (|ue en nuestras selvas ])Ui)pui¡nas 
Danzáis l)ajo la lunilu-e de la luna. 
Cuando entonan aleyí-es las ondinas 
Los himnos de la noche en la lai^una. 
¿Jamás, de la alborada entre los tules. 
Os sorprendií'» el invicto montonero 
De calvicie ])i-ecoz v ojos azules. 
De alta estatni-a y continente fiero ^ .. . 
; VA (|Ue. con el euiimje de su lanza. 
Libres hizo los bosques en (|ue juega 
El eco \-(dad<u- de vuestra danza í'.... 
¿El (|Ue hizo independientes los verd(U'es 
Del achiral. (¡ue á la quietud se entrega 
Al son de \uestros cánticos de amores?.... 
¿i, Xunca le visteis recorrer la orilla 
Del río como mar, aprisionado 
El talle en la boi-dada casa(|UÍlla 
Y el ]ioncho por el viento le\antado ^ . . . 

¡ Patria aiuinte y gentil, ipie con su gloria 
Te has hecho un arco de laurcd florido, 
Cántale con los bronces de tu historia! 
¡Víetíu- al Precursor! ¡Prez al ^^■ucido! 
¡Oh dulce madi'e, madre idolatrada. 



529 



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CARLOS ROXLO 





Los fastos del Blandoiio-uo por]iotúa 
Esculpiendo su nom))re, i-dii la espada 
De refocilos de tu luz. en cada 
Palmo de tierra del jardín charnia! 



XIII 



6 





¡ El A^encido venció ! — Ya de Castilla 
Los bajeles intrépidos se alejan; 
Ya no son los tiranos de la orilla 
Donde -^u idioma y sus costuml)res dejan. 
¡Saludad con adioses <-laniorosos 
Al estandarte, sin dol)lez ni miedo. 
Que sirve de sudario á los gloriosos 
Descendientes de Egica y de Wifredo! 
¡Antes de que te pierdas en el Inñllo 
Del sol indiano que los mares cruza, 
Pal)ellón de Ser^ct y de Alurillo. 
Insignia de Ouzmán y de Lanuza ; 
Antes de hundirte en el fulgor del día 
Como un rul)í «[ue se hunde entre diamantes, 
Deja qiie te admiremos todavía. 
Bandera á cuya soml)ra combatía 
El loco eternizado ])or Cervantes! 

f, Quién como tú f — ¡ Tu ingenio soberano 
Brilla en las cinceladas esculturas 
De líerru'j,uette y Cano; 



J30 



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FLORES DE CEFBO 



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L;i luiulnc (le Tu sdl, siempre liediicera. 
Dcrroehaii. en sus jiiísticas iMiituras, 
Juan (le los Joanos y José Ribera; 
Sabiéiifloto HUÍS fuei-te (|Ue el destino. 
Con Lauria vas al suelo siciliano 
El Junante á reeoger de Colatino; 
En tn seno ])rolífico coneihos 
l'ara los triunfos de la «'iencia á Vives, 
Para los triunfos de la eseena á Rojas. 

Y entregcUidote al mar. (pie airado rueda. 
Eni])ena('lias con índicas ])ano.ias 

El ra])aceTe hrillador de Ojeda ! 

EsiJaña nunca supo 
Colonizar; á su astro rutilante 

Otra suerte le cupo; 
Otro era el fin de su poder gigante. 

¡ Conquistadora y ruda. 
Celta y latina, astur y castellana, 
So1)re los precipicios de la duda 
Al»re los brazos de la cruz cristiana! 
¡Por su rey. por su honor y sus anioi-es. 
Con la jiurpiu-ea tinta de sus venas. 
Del jardín nuisulmán sobre las flores. 
Del nuuido colombiano en las arenas. 
Sobre las olas de la mar hirviente 

Y en los volcanes donde habita el trueno. 
Escribe sus arrobos de creyente. 

Su fe en la religic'tn del Nazareno! 



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CARLOS ROXLO 





.M(mái'(|ui<-a, claustral, iii(|uisi(l(ii-a, 
( 'oníjuista los pinceles de la aurora 
Cou Velázquez, con Cano, con Ribera, 

Y es ruiseñor (lUe el rez<i del ocaso 
Preludia en el rabel de (iarcilaso 

Y en la lira piudiírica de Herrera. 
Subiendo muros y saltando abismos, 
Confiada siempre en sus alientos grandes, 
Predica sus feí'oces misticismos 

Poi- Grecia y Túnez, por Italia y Plaiides. 
Con Nuñez de Gaml)oa 

Y con Pinzón di))nja en los espacios 
Que llenan Qneutzaltcoalt y Ouimaroa, 
La triste cruz, la cruz car))()nizada 

Por los siniestros liaees de topacios 
Con que á Jesús insulta Tonineniada. 
¡Y con Hernán (Sirtes hiende las olas, 
Donde aun la estela de Colón ondiüa, 
Para rezar las salves españolas 
Sobre los dos castillos de Cholula ! 



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La l)atal]a del le('in con los jaguares 
Fué cruda y l)rava : ¡sacudió el ambiente. 
El siielo firme y los salobres mares 
De América la cólera im])aciente! 

¡El asombro (pie siente 
La encina secular de la montaña 
Cuando en su tron<-o culebrea el rayo, 
Debió sentir el i-orazón de España 
Al verse herido por el sol de Mayo! 



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FLORES DE CEfEO 



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España, ciivíi i'rrvco \'asallajc. 
Cuya tutela rigurosa y dui'a, 
Nos (lii'i. cdu su dulcísimo lenguaje. 
Sus sueños de hidalguía y de bravura; 
España, euyo acere < en sangre tinto 
La \-irginal diadema de Auai-aoiin 
Incrustó, con su p<mK), en la corona 
De hierro de Atavilfo y Chiudasviuto; 
Es})aña, cuya indómita l)andera, 
("uyo peud(')n intréi)ido y bizarro, 
W'vrí-ió de Hixém á la inorisc^i fiera, 
Cimljró de Guatimoc juíito á la hoguera 

Y sollozó en la tuml)a de Pizarro, 

¡El rugido potente 
Del puma concolor del continente. 
El rugido que reta á su oriflama, 
Xo ])iido ahogar con el robusto brazo 
Que colocí') \\ni\ cruz donde derrama 
Su caudal tempestuoso el Tequendama 

Y se hiergue la sien del Chimborazo! 



¡Xada pudo su intrépida energía! 
¡De excelsitud y libertad sediento 
El nnnido de ("olón se estremecía! 
Donde columpia su peiiadio al \iento 
El cobrizo maizal: donde se cría, 
Del lago azul envuelto en los cristales. 
El prolífico arroz; donde cim])rean 
Su guirnalda estival los cafetales 
Y los zeutzontles su canción gorjean, 




CARLOS ROXLO 






¡Privilegios, grilletes y coronas 

Vil á derretir eii su giguiite lionialla 

El sol de Moctezuma, el sol que estalla 

En iris sol)re el cálido Amazonas! 

¡En el nunido del tordo y del pamijero. 

Donde la fien' del guayacán su almíbar 

Ofrece al colibrí, suena el guerrero 

Redoble de los parches de Bolívar! 

¡Es inútil luchar! ¡Dios ha escuchado 

Las preces del colono y la victoria 

Con Sucre y San Martín se ha desposado! 

¡Nace un nuuido á la vida de la gloria, 

Se unge un mundo en las fuentes de la gracia, 

Y escribe en los escoml)ros del pasado 

Su dogma redentor la Democra<-ia ! 

¡El porvenir se acerca! ¡Resplandece 

Como un turliión de vides y de espigas! 

¡Son nuestros sueños! ¡Los del año Trece! 

¡Son las visiones con (pie hablal)a Artigas! 



XIV 

En tres lustros la tierra americana 
Independiente, audaz, republicana. 
Se convirtió en guirnalda luminosa 
De A'írgenes y prósperas naciones, 
Como mía crepitante nebulosa 
(¿ue se fragmenta en. ígneas convulsiones. 





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FLORES DE CEIBO 



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Fué América la imagen del torrente 
Que baja de cicl»3pea cordillera 
P(»l)lando de rumores i'l ambiente, 
'S' al esi)arcir.se luego en la pradera 
Fonna una red de sonorosos ríos 
Que miran reflejai-se en su corriente 
Cei-i'üeas iml)cs y opimos plantíos. 

Méjico, donde riza 
Macuilxochítl, el muñen de las flores. 
Las plumas de los pájaros cantores 
Cuyo nido el manglar aromatiza; 
Méjico, cuyas plantas virginales 

Cubren los tabacales 
Do ramilletes de color de grana 

Y ramilletes de matices de oro, 
Lucha bajo la lumbre iiicridiana 
Del sol azteca de purpúreos velos 

Y al porvenir invoca con el coro 

De los ])arches de Hidalgo y de Morelos. 

Méjico, en cuyas costas abrasadas 
Ha escondido Opuchtíl, rey de los mares, 
Su trono de coral y los collares 
De sus perlas de luces irisadas; 
Méjico, en que la al)eja zuml)adora 
Se embriaga, del crepúsí-ulo en los tules, 
Con la miel de la pina, mientras llora 
El soplo de la tarde en los azules 
Salterios del Tampico y del Sonora; 



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CARLOS ROXLO 



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Méjico, la vonr-idn 

En Ids faiiKisus lances 
Do Oaldci'('>n ; la (¡nc asombró al hisjiano 
])(' sn indiada viril con los avances 
En ( 'nantla y Hnajnapcin ; la vencedora 
Kn Tenancingo y Ijos Coyotes, ¡qniere 
Mostrar á Enropa como en imestra América 
]^or la sa.í¡,Tada libertad se nniere! 

¡Indómita y colérica, 

Jnnto á sn liolfo erj^nida, 

De t(n-tnra en tortnra, 
De crnz en crnz, con sanare en el acero, 
A'a caminando hacia la edad t'ntnra. 
Hasta (jne al fin las cúspides escala 

Del tiempo venidero 
Y el ynud colonial rompe en Táñala! 

¡Yeneznela, en (pie crece 
Abnndoso el añil, también padece 
Hambres de libertad! ¡De Yeneznela 
Sobi'e los l)osqnes y los ríos vnela 

La sombra veneranda 
De nn vencido, de un niártii', de ^Firanda ! 

¡La sombra se acnrrnca, 
Al medial' de la noche, en los sembrados 

De lairén y de yuca, 
Para hablar con los soles incendiados 
De su sueño de luz! ¡La soinl)ra sabe 
Que ])ronto el lialalí \-indicativo 







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FLORES DE CEIBO 




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Stt]i;il-;i (le IJolíxai-! ¡ l'nnitt» el ;i\(' 
Üe las hazañas c'])icas su vuclu 

lia (le alirir sdhrc i-l siicid 

Duiídc el jalonar caiit i\(> 
Grabarji con su i;aiia las caiicidiH's 
Triuiifadu]-as di' Arauíc y los 1 lorctuies! 

¡Pronto la iilxM-tad, con los rcluuihi-fs 
Do sus aspas lu('nj>uíshnas de oro. 
Azulará los valles y las cunihres 
De Trujillo. de Mérida y de Coro! 

¡ La soiultra. anin-ucada 
Eu los plantíos de sulú, recoy-e 
Todos los ruidos del silencio! ¡ l^spera 
Inii)aciente la ronca clarinada 
De Boyacá y duin'n! ¡Pronto en el troje 
La niiés reluuihrará ! ¡ .Muy pronto el brazo 
De Bolívar hará con la bandera 
De Miranda el dosel del C'hiniborazo! 

Y la gloria de América fulgura, 
Iiunareesible y pura. 

Con Ricaurte en las llamas de la cuml)re 
De San Mateo! — ¡La lumbre 
De la exijlosión augusta, con sus 1'ieras 

Y rojas sier})es deslnmln-ando al globo 

En que habitan los hombres, más austi'ras 

Y más airadas hace á las bander;is 
De Niquitao, La Puert;i y Carabobo! 




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CARLOS ROXLO 



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Del Avila en la falda 
Con su azul, eou su rojo y cou su gualda, 
Del airón de B^)lí^•a^, del l)ravío 
Airón de ]\Iatun'n el ardimiento 
— ¡Libertad, lil)ertad! — le grita al río, 
¡Libertad, libertad! — le dice al viento. 

Y del coreel del héroe, que relincha 
Agitando la crin, las herraduras. 
Escriben — ¡ Libertad ! — en las llanuras. 
En las verdes llanuras de Pichincha. 

¡ La apoteosis empieza ! 
¡ Cortad laureles y tejed coronas ! 
¡Salve al libertador, cuya grandeza 
Canta el raudal del férvido Amazonas!. 

Y también el Perú, también la tierra 
De Mayta y Yupanquí, con vigoroso 
Brazo enarljola su pendón de guerra! 
Allí también de libertad ansioso. 

Con fiebres de guerrero y de tribiuio. 
El incásico lucha y se emancipa 
En las calles de Pimo 

Y en todas las regiones de Arequipa! 

¡ Confiado en su derecho 
La fuerza de sus músculos ensaya, 
Manchando con la sangre de su pecho 
Los oros de su sol en Chacaltaya ! 

¡Yence. con Arenales, 
En Xazca á Rojas y á O'Reillí doblega 
En el Cerro de Pasco, sus triunfales 





FLORES DE CEIBO 



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lliiiiiios cautaiHlo en la ti(»iKl(isa vcjia 
Y el monte secular! — ¡Los vainíllales 
Miran pasar al pabellón nativo 
Que trasciende á salitre, y que saluda 
Con sus verdes í;uirnaldas el olivo! 

¡En la contienda ruda 
España sucunil)ió! — ¡La vencedora 
Cruz del padre \'alverde fué vencida 
l*or la cruz de los rayos de la aui'ora. 
Que son proj;reso, tolerancia, vida 
De labor y deber! — ¡El sol que baña 
De Talinantinsuyú ríos y ciel(»s. 
El nuevo sol del llano y la niciitaña, 
Esi:)arce, al ascender, fiebres y anhelos 
Que no son ya los de la heroica España! 



¡Otros anhelos tiene la l)endita 
Zona donde fermenta lujurioso 
El vino del masruey y donde habita 
El ananá de fruto delicioso! 
¡Otros anhelos tiene la hechicera 
Zona donde el cacao y los nopales 
Nos brindan, al nacer la primavera. 
Su substancia y su añil! ¡Otros ideales 
Ven flotar solne el lago y la pradera 
El indio y el llanei'o! — ¡ Noble y tuerte 
La República sur. je triunfadora 
Donde hace ¡toco el numen de la muerte 
Rimó del sable la canción sonora ! 






CARLOS ROXLO 





¡Y el alma de Lautaid se estremece 
Couuiovida también ! — ¡ Tam1)iéii padece 
Hambres de libertad! — ¡Taiul)ién sincera 
luA'oea al purvenir con el arrullo 
De las canciones de Bernardo Vera ! 

Con gozo, con orgullo, 
Con loca adoración, — ¡tuya es mi vida! — 

Le dice á la bandera 
De O'PIiggins y de Ovalle. cuando flota 
Vencedora en el Roble y destrozada 
Por el viento glacial de la derrota 

Sobre Candía Rayada. 

Al mirarla pasar, mustia (') ei'guida. 
El grito de los cóndores andinos 
Es un grito de gloria : — se (>ndurecen 
Los ramos del litlií, qiu' deseosos 
De convertirse en })ieas se estremecen, 
Como garras de tigres rencorosos, 
Al viento de la noche, y brilla el tuco 
Con unas claridades que parecen 
Hechas con lavas del volcán de Antuco. 
¡ De su corcel el casco resonante 
La juliilosa libertad imiirime 

8obre el siielo triunfante. 
Sobre el suelo inmortal de Chacabuco, 
Y de su trono las columnas fragua 

En la hoguera sublime 
Que arde sobre los nmros de Rancagua! 






FLORES DE CEIBO 





l'iir las ciiiiiUi'cs a.nTcsícs 

\ oi'illaiido los rí(»s, 

Dirigiendo á las liucstcs 

Continentales marcha 
La libertad. — Sus luíbitos ('clcstos 
Se tifien de eai'un'n en los sombríos 
Y de blancos matices en la escarcha. 

¡ El vient(j la saluda 

Ton su líigante es<iuila! 
¡Todos los astros de la noche ruda 
Van siguiendo, con ávida i)uiñhi, 
VA trazo de la marcha \'encedora 
De a(|uella incorruptible eai)itana 
Que esparce v\ i-ubio germen de la auroi'a 
Sobre la fértil tieri'a americana! 

¡ Jínsaiieliad vuestro pecho 
Jjos parias, los vencidos, los Hallados! 
¡ Es la bandera aut>usta del derecho 
l'^l pendón (pie enarbolan los cruzados! 
¡Encontraréis lal>or, pati'ia y rei)()So 
En el monte, e]i el \-alle y en el río. 
En todo el continente proditiioso 
Que iluminan las luces del Xa\ío! 

La ( 'ruz Austral medita, 

El Tui)un!4-ato sueña 

Y un cé)]idor, el i|Ue habita 
En la cumbre más alta y en la bi'efia 
Más sola, le refiere á su nidada 
Lo (pu' i)asó en Maipú. — ¡ Eué el estallido 




I4J 







De inm gran lU'liulosa, que lieelia soles, 
Se esparció por el cielo ensombrecido 
Por la fe sin piedad y el carcomido 
Trono de los monarcas españoles! 

¡ Oh América sagrada, 

Oh inmarcesible diosa. 
En cuyo altar enciende la alborada 
Los cirios de sn luz de oro y de i'( )sa ! 
¡ Que el arte tu hermosura inmortalice, 
Que se vistan de frutos tus sembrados, 
Que la historia tus gestas, eternice 

Y se doble el vellón de tus ganados! 
¡Que el cántico fabril, el hinmo obrero 
Se junte á las canturías de tus aves 

Y á la endecha que el arpa del pampero 
Murmura en los ol)eques de las naves 
D(mde se hacina el tropical tesoro 

De tus naranjos y tus vides de oro! 

¡Es todo vida en tu fecundo seno. 
Desde la roja flor de tus sombríos 
Hasta el cañaveral, de azúcar lleno. 
Que se refleja en tus azules ríos! 
¡Desde el verde tapiz de tus cuchillas 
Hasta los labradores caseríos 
Cercados de panojas amarillas! 
¡Madre que libertó la montonera. 
Del Blandengue inmortal con la bandera 
Arropa tu hermosura soberana ! 





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FLORES DE CEIBO 





¡Antes (]m' (tti'n la \ici-a. 
Él calentó sus sueños en la hoguera 
Encendida en 1as cumbres del mañana! 




Oh América sublime, 
Donde enseñó al esclavo 
Que la nnierte nos libra y nos redime 
La indí'iniita bravura de Caonabo, 
¡ I']! ([ue á las olas su ,i¡,randez;i imprime 
Hizo, con el estruendo fratioroso 

Y con el tul de tus profundos mares. 

El mv;rallar y el foso, 
El somatén magnífico y glorioso, 
La inmensa diana de tus dioses lares! 

¡Duei'Uic feliz al s(i! de tus amores 

Y á los pies de tus hondos ventisqueros. 
Ceñida poi- tus juncos tembladores 

Y tus bosíjues de verdes naranjeros, 
Embrazaixlo la piel de tu rodela 

C(m plumas de churrinches adoiiuida. 
Mientras en torno de tus cumbi'cs vuela 
De tus glorias la ardiente clarinada! 
Duerme feliz en tu ciclópeo nido. 
Donde la nuisa del aduar salvaje. 
La musa de los héroes ([ue esculpido 
Vieron al sol del Tuca en su tatuaje, 
Entona en la llanura y la montaña 
El himno vanmil del mes d<' i\Iavo. 





CARLOS ROXLO 






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¡ El que á los leones bélicos de lOspaña 
Obligó á refugiarse en la espadaña 
Que cubre las \'ertieutes del Muncayo! 




XV 

Volvamos á tu historia, madre mía, 
Esi)aña, al alejarse, nos cedía 
Al rey de Portugal y comenzaba 
Nuevamente la homérica agom'a 
De nuestra estirpe generosa y l)ra\a. 

¡Santa epopeya, en ^'ano 
Bulles en mí! — ¡No quieren las visiones 
Dejarse aprisionar! — ¡Tiembla en mi mano 
Con angustia el pincel ! — De mi guitarra 
No hacen, no, revivir las \-ibracioues 
A la gran nmltitud, ruda y bizarra, 
Que sacude á los vientos su melena 
Y bebe el rojo vino de la gloria 
Cuando el clarín de los blandengues suena 
Llamando delirante á la victoria! 

¡ El pañuelo anudado 

En t(-)rno de la frente; 
Con el poncho, en girones, levantado 
Sobre la espalda herctilea ; vn la potente 
Diestra el lazo que silba y que sofoca ; 





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FLORES DE CEIBO 



Ci^i 



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Ln ásjíoi'a iiazaroiia 
Hiuulula en el liijar del i)a rejero 

Y llevanclo en la Ixx-a 
La aguda daga de filoso aeci-o, 

Eutral)a el montonero. 
De ojos soml)ríos y de tez morena. 
A galope en el bárbaro enti'evero! 

¡riiocan con los contrarios eseuadi'ones 
Los jinetes nativos, y enarcada 
La inculta crin, relinchan los bridones 
En cuyo lucllo se enterró la espada! 
¡Agitan, crnjidoras y altaneras, 
Sobre obvises, centauros y corceles. 
Su cendal de colores las l)anderas 
Tuyas astas son troncos de laureles! 
¡ En la llanada, que retuml)a y cruje 
Bajo el tropel marcial, la roja pica, 
(\m las tremendas furias de su empuje, 
Sol)re el potro al jinete ci-ucifica! 
¡I-Cxplota el bronce y su candente gasa 
De humo ¡plomizo con estruendo rueda! 
¡El cañón del fusil es una bi'asa 

Y el viento una cegante polvareda! 
¡Es un río purpvireo la llanura. 

Se destemplan los parches fatigados, 

Y extiende, al fin, la noche su negrura 
Sobre un mont('>n de cuerpos destrozados! 




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i II 



145 



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CARLOS ROXLO 









¡Aún hoy los cenicientos carmorales, 
Sus réniiges cerrando en los esteros, 
Con asombro recuerdan los afanes 
De nuestros impasibles guerrilleros! 
¡Avin oyen, dialogando entre las hojas 
Del viejo om))ú. los mirlos cantadores 
El áspero tascar de las coscojas 
Y el crujir de los ponchos flotadores! 
¡Aún si habla, en los cercados del molino, 
La margarita agreste con el tuco. 
Bendicen el coraje campesino 
De ojotas y facón, vincha y trabuco! 
¡Con las piernas al aire y con la inculta 
Barba crecida hasta el hercúleo pecho, 
La multitud ardiente é inconsulta 
Tañe los roncos yambos del derecho! 
¡Nacida entre el jaral y la maleza. 
Amamantada por el viento puro. 
Vidente en su selvática nideza. 
La nniltitiul l)ravía y payadora 
¿Sabéis lo es'? ¡Es la vendimiadora 
De los ígneos parrales del futuro! 
¡Su lanza es el arado de la aurora! 

XVI 

El águila caudal, el elegido 
Que tuvo visluml)ranzas de profeta. 
Ya no evoca los días que han corrido 
En la augusta quietud de la Meseta. 






FLORES DE CEIBO 



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Mira á 1<> imivciiii'. — Kl TTorvidovn, 

D( tilde sus sueños de liraudeza y oloria 

Urde la tricnlor del inoiitonero. 

Va á jírahar otra página en su historia. 

¡Otra página triste, pero llena 

Be noble abnegaeión! ¡Hoja laureada 

En laíjue el ruido del obiís resuena 

Y fulgura la insignia ensangrentada! 
¡Mil oehoeientos diez y seis! ¡ Prinpii)ia 
La epopeya de nuevo y nuevamente 
Va á eolocar el sol de la Justicia 

Un lampo de su luz en nuestra frente! 
¡DesiHiés de Kspaña, J^ortugal! — ¡Gallardo 
Nuestro coraje sujetó á dos leones, 

Y hoy se aguzan las garras de un leopardo 
Del ombú fronterizo en los raigones! — 

¡ Mejor para nosotros ! — ¡ LuchareiiK is 
Oonvirtieiido en osarios las cañadas, 

Y nuestro libre hogar alfombraremos 
Con trozos de banderas conquistadas! 



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Escuchad, descendientes del alano 
Que unisteis vuestras sangres visigodas 
Al jugo con que abreva el mahometano 
Su sed de lides y su sed de bodas. 
Si ansiosos de la lumbre que se cimbra 
En la flor de mis ceibos de escarlata. 
Pensáis dorar los cármenes de Coímbi-a 
Con un rayo del sol de nuestro Plata, 



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J47 




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CARLOS ROXLO 




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¡Renunciad ;'i la (■m])T('sa tentadora, 
Porqne os jnro, en la cruz de vuestro acero, 
Qne jamás el fnl.nor de nnestra aurora 
Ha de lucir solnc In azul del Duero! 





¡Y principió una noche nuis ol)scnra 
(^ue las alas d(d cuerA-o ! — ¡ En las cucliillas 

Las yer])as amarillas, 
Como quemadas por la luz del rayo. 
Ven pasar al corcel con el hridaje 
Suelto sobre la crin! — ¡Ya no mnnnura 
El soplo de la brisa en el ramaje 
Los victoriosos cánticos de Mayo!. . . 

¡ El crimen y el i^illaje 

Reinan en la llanura ! . . . 
¡ Tomo lui rebaño handiriento de leones, 
Ruge solire las cumlires de la sierra 
El río de las pórtugas legiones ! . . . 
¡Hay cueiqios insepultos en la tierra 
(^ue con los ojos fijos en el cielo, 
Donde vaga luia luz i)álida y fría. 
Oprimen el cuchillo (pie el ])añuelo 
A la mano sujeta toflavía!. . . 
¡El incendio doquier, — td rancherío 
Víctima inerme del botín cosaco, 
Y sobre el monte, el pajonal y el río 
Los fantasmas de Bruto y de Espartaco! 

¡ Tremenda heroicidad ! ¡ Dantesco drama ! 
¡Hay sangre sobre el trélxd, listas rojas 



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148 




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FLORES DE CEIBO 



1) 



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Sol)f(' el montes capiillo de la rama 

Y sangre del maizal en las i)an(ijas! 

; Hay dicutcs (jue ircliinaii, 
Hay brazos (|ue atenazan, 
Y liay cnci'iios (juc se inclinan 
Para ahogar á las liocas (jnc amenazan! 
¡ Hay .pechos i'otus ((ue al (juehrarse crujen. 
Mientras ([Ue las i;arj;antas, sostenidas 
Por esos pechos, delirantes rnii'en 
Como las leonas por el plomo hei'idas! 
¡Y sobre los que matan sin derecho, 

Y sobre los que dan á la bandei-a 

Ue imestro sol los zumos de su pecho. 
Flota á veces la imaj;en hechicera. 
La imagen con relumbi'e de alboradas 
Que eutrevií'i la sublime montonera 
Del Éxodo en las noches estrelladas! 

Sol)re el terruño, lú.iiubre y sangriento. 
Reinan el buitre de negruzcas tocas 

Y el zorro (pie rastrea su alimento 
Entre las hendiduras de las rocas. 
En las eras no hay oros ni verdores. 

No hay salves de calandria en los sombríos. 

Y es uu tropel de yaml)os vengadores 
La tormentosa orquesta de los ríos. 

— ¡Sangre por sangre, injuria por injuria! 
Dijimos á la esfinge de la suerte: 
¡El potro (pie montaba nuestra furia 
Parecía el caballo de la muerte! 



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149 



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CARLOS ROXLO 







¡La lanza so f-aiisó ! ¡ Día tras día 

Respondimos al liiciTo con el liiern»! 

¡Matando, en las llanui'as, se moría! 

¡Se moría, matando, cu cada cerro! 

¿, Execlsitiid í... ^, dcrrnmhe?... ^ qné importaba f. 

¡Los que triunfaron, cuando el sol sul)ía, 

Lran vencidos, cuando (d sol bajaba! 

Fué en Ajíosto. — Su endecha el garfiantillo 
Rima en el ubajá y alza en la tuna; 
El niartín jjeseador es como un Ih'ÍHo 
Metálico y flotante en la laguna. 
Fué en Agosto. — Los tercios invasores, 
En Son de desafío y descubierta. 
Extienden de su insignia los colores 
Sobre los esterales de India Muerta. 
¡Y ci'uje su pendón, soñando hazañas, 
Sobi'e el fortín, sol)re la enorme roca 
Cuyos muros, cercados de espadañas, 
Defienden el edén de Yandinoca ! 

¡A la invasión airada contestamos 
Con la contra-invasión recia y bravia! 
¡Con Andresito y con Verdvm luchamos 
De cara al rojo luminar del día! 
¡En las proximidades de Santa Ana 
Y en Carumbé, l)urlado ])or la suerte. 
Cantó nuestro clarín, con espartana 
Estoicidad, los himnos de la muerte! 
¡Inútil fué n\U'stro gioiioso empeño! 






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FLORES DE CEIBO 




¡Vagó cuatro años ol Ja.unar licrido 

Sin un cubil cu (|uc cutrcjiursc al sueño! 

¡Cuatro nños, por los montes pei'seguido 

Y aguzando su gana cu la corteza 
Del onil)ú seculai', niell(') sus dientes 

Y gastó su fiereza 
Disputando á las onzas impacientes 

La idílica liei-mosura 
Del Edén ])romctido á su Itravuva! 

¡ India ^[uerta! ¡Otra cruz sobre la cumbre 
De nuestro heroico ayer! ¡ Kl sol la dora 
Cou los rayos más puros de su hunbre, 
Con los tintes más bellos de la aiuora ! 
¡ Y allí, pensando en la contienda ruda 
Donde quedó en girones mi bandera, 
Aún nuestra luz con emoción saluda 
Al coraje sin suerte de Rivera! 
¡Tuvimos breves horas de alborozo 

Y contados los ti-innl'os! ¡Niu'stra vida 
Fué un tañido á degüello y un sollozo! 
¡Por el hierro y el plomo perseguida 
Del Arapey en la tremenda rota. 

La tricólo]-, (le furia enrojecida. 
Como una n\d)e de granate flota! 
¡Del Catalán en la viril jornada. 
Junto al arroyo, «jue espantado corre. 
La tricolor lloró, rota y manchada 
De sangre, sobi-e el pecho de Latoric! 




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CARLOS ROXLO 







¡ El alquila IñzaiTa, 

El á.'^iiila zahoroña, 
El águila de liomévico t>Taznid(), 
Cerca de lui lustro apui-¡)uró su garra, 
Cerca de un lustro se batió en su breña, 
Cerca de un lustro (k't'eudió su nido! 

¡Náufrago de la suerte, nuestro rudo 
Corazón ni se rinde ni se humilla! 
¡Hero, lo azul, le manda su saludo 
Desde los verdes sauces de la orilla! 
¡ Cuando cesen el ábrego y la lluvia, 
Cuando amanse sus odios el destino, 
Hero, la luz, la sembi'adora rubia, 
Premiará vi ardimiento campesino ! 
¡En la encímosa y desigual cxmtienda. 
En el terrible y Ivigubre torneo, 
Renovamos heroicos la leyenda 
Del desafío de Hércules y Anteo! 

¡Cada vez que el pendón, ([ue nos cubría. 
Rozaba el suelo del Edén nativo. 
El pendón, desplegándose, se erguía 
Más viril, más crujiente y más altivo! 
¡Salud, bandera de los tres colores! 
¡Salud, lialeado pabellón glorioso. 
Que con la santa hi(>l de tus dolores 
Endulzaste los frutos v las flores 
Del iardín de Andresito v Monterroso! 





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FLORES DE CEIBO 




¡(^h patria, los ohscnvos, los ignaros, 
Los que tu honra con su honra confundieron 

Y 011 las riberas de tus ríos claros 

Por nuestra augusta lil)erta(l uiuricroii! 
¡Los que hichan, \i\aiulo á tus pendones, 
Por apagai' con rabia enlociuccida. 
Antes de que retumben los cañones, 
La mecha crepitante y encendida ! 
¡Los que, con el fusil roto en pedazos 

Y viendo que hi suerte los traiciona. 
Defienden á mordiscos y ú ponchazos 
Tus cumbres de geométrica corona ! 
¡Cumplieron su deljer! ¡ F.l i)atriotismo 
Sienq)re recordará, madi'c adorada. 
El valor, la firmeza, el estoicismo 

De aquellos sembradores de alborada !. . . 





¡Xo es delito sufrir de la derrota 
El desaire procaz! ¡En la pelea 
Hizo tu airón, que desgarrado flota, 
Como bueno su olínipi<-a tarea ! 
¡Nadie cuenta los muertos! ¡8i contara 
El invasor los daros de sus filas, 
Del rojizo palenque separara 
Con espantado asombro las pupilas! 
¡^Muchas veces, oh madre, tus heridos. 
De amarillenta palidez cubii'rtos. 
Esgrimen con sus brazos doloridos 
El facón ó el trabuco de tus nuiertos! 



CARLOS ROXLO 






¡Y vuelven otra vez á la batalla, 
Uoiide la tricolor estreiuecida. 
Entre sones de parche y de metralla, 
Relumln'a de cadáveres circuida! 

¡ Todos liieicrt)n su de))er, seilora ! 
¡Todos por ti. lidiaron con In'avura ! 
¡El niño en cuyos ojos de la aurora 
La sonrosada claridad fulgura ! 
¡El joven fuerte, <]ue soñando amores 
Piensa en el rancho que el onibú sombrea, 

Y hasta el viejo, sin savia y sin verdores, 
Que con tranquila inq^avidez sablea! 
¡Todos hicieron su deber! ¡Tu historia 
Sobre todos sus mirtos desparrama, 

Y fué, en la lid, la estrella de tu gltn-ia 
De todos ellos la hechizante dama! 
¡El cuis y el aperiá los conocían; 
Con los corvos, pendientes de su puño, 
El libro de tus gestas esci-ibían; 

Y sil sangre, que ufanos te ofrecían. 
Oxigenaba el suelo del ten-uño ! 

XVII 



Mil ochocientos diez y siete ! — ¡ Empieza 



De Catalán con el contrario enredo! 
¡Se cansa de sufrir nuestra fiereza! 
¡Del futuro el negi'or iufiuide miedo! 








FLORES DE CEIBO 



¡En AgiiaiK'v sucuuil)i' micstn) brío 
Traicionado otia \cz jidi-sus visioueis, 

Y l»a,¡(i el i-d.jd palio del estío 

Chayas entra triunfante en las Misiones! 
¡En San l'al)lo y los .Mái'tircs sa(|n('a ! 
¡En Coneepeii'in y Yai)eyú acuchilla! 
¡Por donde el oi^ro pasa, balancea 
El incendio su ch'unide amarilla! 
¡ De Lirojx'ya en el Jardín se escucha 
101 galope del l)árbai'o Alarico. 

Y ann(|ue oti'a \ez vohcnios á la ludia. 
Nos vencen otra \ez en (¿uegua)- Chico! 
¡Tuvimos un instante de espei'au/.a 

En Chapicny; pero la suerte fiera. 
Despuntando el rejón de nuestra lanza, 
\'olvi(') á orlar de cipi-és nuestra bandera! 
¡Mil ochocientos veinte! — ¡Se a])roxinia 
El encuentro final! — ¡Alas y espacio 
Para ]iedirle al sol, desde la cima. 
Sus \"oladoras flechas de topacio! 

¡Xo ]tudo ser! --¡Las i-énñucs cansadas 
En vano (juieren remontar el vuelo! — 
¡En vano })retendimos á lanzadas 
Hendir las hojas del portón del cielo! 
¡ Tacuaremlx'i, tus orlas de juncales 
Nos vieron batallar desesperados, 

Y aún ruedan de tus atinas los cristales 
Sobi'c un montón de huesos descarnados! 
¡Aún tus olas, (pu^ ardientes y l)ra\ías 




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CARLOS ROXLO 



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Inipoiicn á ](is jiuu-os su cinilji-cu. 
Cantan, al espaciarse en las uuil)rías, 
Lus versículos torvos de Isaías 

Y los yambos viriles de Tirteo ¡ 

¡A veces el arcángel de la gloria 
Premiaba nuestro aliento temerario! 
¡Rimó nuestro clarín á la victoria 
Una salve inmortal en el Rosario! 
Pero ¡ironía del destino fiero! 
¡Sangrienta Inirla de la suerte ingrata! 
¡Mientras se hunde en la noche el montonero. 
Sus visitmes enfloran sobre el Plata! 
¡El pacto del Pilar es la triunfante 
Consagración del águila bravia ! 
¡ Fueron los tintes de su enseña errante 
Vanguardias de la luz del nuevo día! 
¡Democrática, libre, soñadora 

Y con un gorro frigio en la cabeza, 
La aurora que nacía era la aurora 
De verdad, de trabajo, de grandeza. 

De cultura y virtud, que en las tranquilas 

Y azules noches del vivac campero. 
Vieron del Tuflexiljle las ¡mpilas 
Levantarse con rumbo al Hervidero ! 

El tiempo se cumpli('). — Llena de gracia. 
De excelsitrid, de majestad homérica, 
Su vut'lo ilia á plegar la Democracia 
En los fecundos cármenes de América. 



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PLORES DE CEIBO 




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\ \ú\ cri.nicron ;i(|ní inorada y solio, 
< 'oii la virtud de su potente brazo, 
Washington en su excelso Capitoliit, 
Bolívar eu su altar del Chiniborazo! 

La idea del progreso 

Es el sol de la gloria ; 
Del futuro engendradas poi' el beso 
Surgen las grandes patrias de la historia ! 
El inoviiniento es ley de lo nacido 

Y es la renovación fuente de \ida : 
¡Lo vetusto navega hacia el olvido 
Como la l)arca i>or el mar \cncida ! 
Ya no adora el es])íritu de hinojos 
A los pies de las púr])uras feudales; 
¡Una mieva visión brilla en los ojos 
L)e los héroi's de alientos inmortales! 
¡De lo antiguo quedó l)ajo las ruinas 
►Sepultado un cadáver, la autocracia, 

Y sobre un nuindo extiende sus di\iuas 
Lucos de amanecer la Democracia! 
¡Libei'tad! ¡Igualdad! — ¡es el llamado. 
El toipU' de reuni('iii. el campaneo 
Que cruza el continente atormentado 
Por el ansia fel)ril de Prometeo! 

¡El colono, fundiendo sus cadenas. 
Forjará la ciudad hos})itaiaria, 
Aj'tista, libre, proba, igualitaria. 
Con que soüó el espíritu de Atenas ! 



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CARLOS ROXLO 






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¡Gi'ecia. (|U(' sobre un Icclin de rosales 
Y bajo un verde toldo de laureles. 
Mecida por los i-áutii-os nupciales 
De la flauta de Pan. ron los cinceles 
De Fidias labra y pule la escultura 
En (pie sobre los siglos centellea 
T.a irresistible luz de la heiiuosura 
Clásica de su Veiuis Citerea, 
Forja también, con la ])otente mano 
Que triunfó en los palmares de Platea, 
Al hombre de mañana, al ciudadano! 

¡Los anónimos, madre, en cuya espada 
Reluce el lamparazo de febrero, 
tSon la avanzada heroica, la avanzada 
Iuvencil)le del tiempo venidero! 
¡La Democracia, madre, es la instintiva 
Fuerza qiie mueve á la legión del llano! 
¡ La soledad, huraña y ¡¡ensativa. 
Forjaba, en cada choza, mi ciudadano! 
El campo sin murallas ni señores. 
La planicie autonómica y sahibrica. 
Puso en tus indomables sableadores 
Un instinto y mi culto: ¡la Pepúldica! 

La Psiquis misteriosa, la c(mciencia 
Del porvenir, habló con el Caudillo 
De los astros del sur á hi fulgeneia. 
De nuestras lunas liajo el ])lanco Inillo. 









FLORES DE CEIBO 



Y dijo ("1 ]>()rvenii-: — ¡ Ku las ciudades, 

Abiertas á la luz, serj'ui las leyes 
El nido (le las castas lihei'tades 

Y el eternal proceso de los reyes! 



[Sin 



odios, sin envidias, sin reiicoi'es. 



V^ivirán para el bien los ciudadanos! 
¡Por cada oi'UL^a nacei-án t i-es flores! 
¡Send)rareinos de espit>-as los pantanos! 
¡Los binuios del tallei' y de la escuela 
Vagariin en el aire confundidos! 
¡Junto á las cunas, el amor en vela 
AiTullará á ios ángeles dormidos! 
¡El hombre, descansando en su <lereclio 

Y firme en su razón, será dichoso! 
¡Tendrá la ley un nuu-o en cada pecho 

Y cada alma en el sol tendi-á un esposo! 
¡Lo venidero es luz! ¡ Üai'á el mañana 
Rémiges al reptil y al gusarapo! 

¡Eu el hogar de la familia humana 
No enflorarán el cáncer y el hara])o! 
¡La miseria y el crimen, <'on\ertidos 
En holgui'a y saliul, irán sin pena 
A deponer sus odios maldecidos 
En los altares de la dicha ajena! 
¡Escucha. Soñador! ¡Hay en tu lanza 
Chispas del sol del nunido Acnidei-o! 
¡No mienten las visiones de espei-anza 
Que ves flotar con rundx» al Hervidero!- 







CARLOS ROXLO 



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XYIII 

Mira el ave caudal, desde su breña, 
Con angustia los campos bendecidos 
Que alfombró coii fragineutos de cureña 

Y con morriones por el sal tic hendidos. 
¡Desolada visión! — ¡El paisanaje, 
Vivando A las sangrientas tricolores, 
Se inmola con intrépido coraje, 

Y aumentan de aquel cuadro los horrores 
El estampido del obiis salvaje. 

La metralla segando los laureles. 
Los pífanos, los ronct)s atambores 

Y la fogosidad de los corceles! 




El triunfante pendón dt'l lusitano. 
Como el tordo en las uvas de la viña. 
Canta sus embriagueces sobre el llano 
Donde reinan las aves de rapiña. 
¡ Dios no estcí con la patria ! — La extranjera 
Voluntad tiraniza á la victoria; 
¡ Lo más que puede hacer la montonera 
Es morir entre cánticos de gloria! 
Amenazando al cielo con el puño. 
Perdida jjara siempre la esperanza. 
El Caudillo se aleja del terruño 
Que delineó con sii pujante lanza. 
¡Ya nunca más su potro de pelea 
Herirá con sus cascos la llanura 





FLORES DE CEIBO 



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En qiio el mollc sus ramas balancea 
Y en (jue el trébol esparee su verdura ! 
¡Ya nunca más su tienda de cauii)aña. 
Que alumbran los fanales del boyero, 
Arrullai'á, con su canción extraña, 
La brisa al descender del \'icheadei-o! 

¡En sus palenques la entrerriana \'eiia 
Escribe el fin -leí ])rometeano drama! 
¡La barbarie de la última refriega 
Pintó de rojo la argentina i^rama ! 
¡Se desgarran con fiera bizarría 
El águila caudal y el aguilucho, 
Oyéndose diez veces cada día 
El salmo del clarín y (U'l cartucho! 
¡En las (íuachas pi-inicro. en la Hajadn 
Del Paraná después, y con más ira 
En el Sauce de Luna, la encrespada 
Xube de fuego y de salitre gira! 
¡Pero es en vano que, — llamando á voces 
A la victoria infiel, — ruda y severa 
Sus barras, que son garfios y son hoces. 
Haga lucir al sol nuestra bandera! 
¡El aguilucho vence á la Indomable 
Junto al .Moco reta, se ronii)e el sable 
Del Inflexible en Ábak)S, y herida 
En el herc\ileo corazón, la homérica 
Se refugia, cansada y dolorida. 
En los bosques más híspidos de América ! 




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CARLOS ROXLO 





¡Allí su vuelo ardiente se desploma! 
¡Allí labra su uido solitario, 

Y que pertunia el resiuoso aroma 
De un tronco eineo veces centenario! 
¡Allí de las oi-(|UÍdeas los festones 
Endulzan su ([uietud, y allí el olvido 
Baja á su corazón con las canciones 
Que el ave entona cu el umliral del nido! 
¡Allí murió al nacer la primavera. 

En la pascua feliz de los guindales. 
Cuando el bagual relincha en la pradera 

Y nuestro sol adorna su cimera 
(*on coi)etes de rojos cardenales! 

Al entrar el Caudillo en la agonía, 
Baja])a el sol las cuestas del espacio 

Y el numen del crepúsculo tejía 
Siis sutiles encajes de topacio. 
Componían las a^-es trilladores 

La oración vesperal, y en su salterio 
El dios de las corrientes saltadoras 
Preludiaba los himnos del misterio. 
Abría el Icí-huzón, dando un silbido, 
Sus rémiges de raso en la tapera, 

Y se mecía el molle sacudido 
Por el soplo del aura pasajera. 
Subía, desde el fondo de los prados, 
El toque de reunión de las esquilas, 

Y el trasmonto, de In-illos esfumados. 
Cerraba lentamente sus pupilas. 








FLORES DE CEIBO 



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; En qué pt'iisalta d legenda rio viejo? 
¿En (|U(' iicnsalta d moribundo atleta? 
¡Soñaba i-nn el río. en cuyo espejo 
Se dibuja la liistórica Meseta! 

¡Ante sus ojos, cuya lu/, se apaga. 
Desfilan los centauros sableadores, 
Los que con los diispazos de su daga 
Hadan centellear las trieolores! 
¡Flotan ante él con indedble hoehizo, 
Le oi'ean con su soplo cancionero, 
El guaipí del charnia y el i)ajizo 
Poncho que envuelve al crujidor apero! 
¡Se agrupan k)S eeutauros escuadrones 
En las cani]>iñas que el estío esmalta, 
Donde luiyen los ariscos diarabones. 
Donde el guazubirá retoza y salta! 
¡Bendicen con la voz de sus darines 
Al macaehín tripétalo y bulboso. 
Al orejano de revueltas crines 
Y al yaribá de quitasol airoso! 
Todo el terruño asiste á la agonía 
Bel c'iguila caudal, cuyas miradas 
Azula la visión que se cernía 
Del éxodo en las noches estrelladas 
Sobre el vivac campei-o. y ([ue de liiuojos 
Dice al cerrar d Águila sus ojos: 
— ¡Las Piedras! ¡('hai)icuy! ¡Santa fiaría! 



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CARLOS ROXLO 




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Las venideras proles. 
Águila enamorada de los soles 
De nuestra redención, — cuandi) el olvido 
Intente aj^ri siena i- tu sepultiu-a 
Con sus ramas sin cántieos de nido. 
Sin óleos de capullo y sin frescura, — 
¡Con el hacha inmortal de nuestra historia 
Hará pedazos la maleza obscura 
Asida al o1>elisco de tu gloria ! 

¡ Con sus gargantas de (n-o 
Xuestras trompetas le dirán tu i)uro 
Ensueño al porvenir ! — ¡ T)e tus hazañas 
Con el relato ardiente, del futuro 
El viento cind)rará trigos y cañas! 

¡Las nubes de salitre, 
Que esparcieron rugiendo tus cañones, 
Axm flotan sobre el nido donde el l)uitre 
Se refugia en los agrios mnrallones 
De las sierras minuanas ! — ¡ Tus pendones 
De tricolor cendal, son las cortinas 
Que las madres colocan sobre el lecho 
Blanco de la niñez ! — ¡ Eln las divinas 
Noches de nuestro estío, tus proezas 
Aviu relata el (^mlni de las colinas 
Al cambará que fortalece el pecho ! — 
Sembrador de virtudes y grandezas. 
Apóstol de los dogmas del derecho, 
A quien rinden tril)uto y homenaje 
El concolor y el yacaré, la garra 



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FLORES DE CEIBO 



\ el (liciitc montaraz, lo (|iii' el froiidajc 
De los luoiites gobierna, ¡d iioinhre tuyo 
\Ml)rará ])ara siempre en ¡a ^uilari'a 
Del l>a,L!,d del churriiiclic y del cocuyo, 
Del camoatí y el redoiuí'iii sahaje! 

Xo brillaba eu tu rosti'o la hermosura 
Del .\i)olo de Fidias. — ¡ El ttu-neo 
Puso en tí la belleza, fuerte y ])ura, 
J)e Hércules, de (iustasp, de l'rometeo! 
¡La gioi'ia fué tu amante, tu (¡uerida, 
Tu adoradora fiel, y tu estatura 
Envidiaba la sierra más erguida, 
La cumbre <{ue se pierde de la altura 
En el bos(pU' de astros! ¡Fué tu lanza 
Un pedazo de sol, el diamantino 
Acero con que rompe la esperanza 
El cordel anudado á sus ligeras 
Rémiges de inmortal por el destino ! 
¡ Fueron brazos ciclópeos tus banderas, 
Un herrero esos brazos esgrinn'a, 
Y ese hen-ero iuA'isible, con sus fieras 
Ondulaciones, fabricaba el día. 
La lumbi'c de las horas venideras! — 






CARLOS ROXLO 






XIX 

Ya no recorren, madre, la llanada 
Los jinetes de lioiuérica apostura. 
La caralñna en el ai'zón colgada 
Y el cuchillo sujeto á la cintura 
Por el vistoso tirador. — Ya el cálido, 
El errainnido soplo del pampero 
Xo choca suspirante, bajo el pálido 
Brillo de la linterna del boyero, 
Con la carpa marcial donde dormía, 
Después de <-ada lid. el montonero 
Sus visiones de gl(»ria y bizarría. 

La patria es otra, gracias al augusto 
Tesón de lo que fué. — ¡ Que la serena 
Luz zodiacal del faro de lo justo 
La guíe siempre, que la es])iga llena 
Se columpie en sus "valles y que un beso 
Ponga en el bronce de su tez morena 
Cada mañana el numen del Progreso! 

Para llegar, oh madre y reina nu'a. 
Al trono en que brillaba la corona 

De tu soberanía. 
¡ Cuánto luchó tu brazo de amazona ! 
¡ Oh magna gesta ! ¡ En valles y pendientes 
Truena el obús, relinchan los bridones. 
Crujen las banderolas impacientes, 







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FLORES DE CEIBO 




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Laten fdii ansicflíul los cdi-azonos, 

Y niarcaiido la nit;i iiicxploríida. 
Brillan sobre la iioclic encapotada 
])el Héroe las famosas Insti-ncciones! 

¡En el hen-or j^enésieo. el ]ir(pl)lcuia 
Continental es nn obseuro arcano! 
¡Corren tras la visión de nna diadema 
Be cnño ilustre O'Hifíjíins y Belsrano! 
¡Ai-tigas no! ¡Bajo tus albas de oro. 
Sus tricolores cantan un sonoro 
Credo republicano! 

Gritando á sus jaguares doloridos 
El grito de Dantón, — ¡Audacia! ¡audacia ! 
Les enseña, á lo lejos, los floridos 
Jardines de ( "anajin : ¡ la Democi-acia ! 
El aire de las cumbres altaneras 

Sacude las banderas. 
El orejano })iafa y se encabrita 
Al toque del clarín, y se ejercita 
El sable sol á sol. — ; Ronca y huraña 
El Águila preside el entrevero 
En el valle, la hondui-a y la montaña ! 
¡Siis ojos son astillas de lucero. 
Sus plumas lira que á lo augusto invoca, 
Sus garras hoces de coitante acero 

Y lui caiiTu al Sol el grito de su Ijoca ! 






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CARLOS ROXLO 



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¡ Era im jaguar con alas ! Extendían, 
Su fenclo las guerreras tricolores 
Desde el Cuareiiu al Paraná. — y rendían 
Homenaje al Blandengue los bravios 
Caciques, los soberbios dictadores 
De Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos! 
¡ La montañesa Córdoba, santuario 
Del doctoral latín, rindió tributo 
De gratitud, también, al temerario 

Y noble empeño del jaguar hirsuto! 

¡ El A'iejo Jolj de Hugo, el grau burgrave 
De barba blanca y continente grave, 
No tuvo, no, la majestad gloriosa 
Del águila caudal que, con el vuelo 
De sus alas de olñnpica radiosa, 
Las fronteras trazó del patrio suelo! 
¡ El Eslagistri de Hugo, el visionario 
Que insulta al despotismo, lo provoca, 

Y para ser más libre, solitario 

Se asila en su torreón de áspera roca, 
Xo tuvo la altivez y la bravura 
Que tuvo el ave cuyas garras fieras 
Alfomljraron la cumbre y la llanura 
Con girones de pórtugas banderas ! 

¡El aleluya de oro 

De tus soles- nacientes 
Liació brillante en su clai-ín sonoro 

Y bronceó las altaneras frentes 
De su horda varonil I — ¡ Sus montoneros. 





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FLORES DE CEIBO 





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Cuyas carg-as son hórridos torrentes, 
Haz do rayos, fragor de \-cntis(|ii('ros 
Y nube apocalíptica, scuicjau 
El cono do un A-oleán, la tronadora 
Abertura de un ci-átcr, y i'cflcjaii 
En la mies libre y la ciudad cscla\a 

El resplandor do aurora 

De su fo<-unda la\a ! 

[Con su coraje ardiente. 
Con su holocausto homérico y horrífico, 
Prepara la horda de morena frente 

El por^•enir magnífico ! 

¡La Democracia augusta, 
El gobierno del ¡jueblo, el ti'ibiuiado 
De la razón ! ¡la Aongadora y justa 
Apoteosis del gran crucificado. 
Del paladín de la virtud sin gloria. 
Del eterno v<>ncido, de la oveja 
Que de los matorrales de la hist(»ria 
En las espinas sus vellones deja! 

¡La amaneciente llama 
No anuncia ui ]> rochuna 
El triunfo de la turba innoble y fi-ía. 
Demagoga y l)rutal, servil de oficio 

Y demandando un dictador, (pie envía 

Cf)n gozo carnicero 
A Sócrates las hieles del sui>licio 

Y á Jesús las angustias del madero! 



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Í69 







CARLOS ROXLO 







¡ Eso OS la plcl)(> I ¡ la avalancha fiera, 
La sin freno y sin ley, la hidiosa esclava 
De la en\-i(lia infecnnda. la grosera 
Meretriz cnyo ini])erio condenaba 
Con jnsticia Plati'm y ([uc indimiiaha 
Al srycrn Aristi'itcles ! — ¡El tr(_»no 
i¿\U' vi pni-vcnir cdnstruyc, (-(ni el liicrn» 

De la horda campesina, 
Sdhrc el cauii»(i (|Ui' tiene por alx'no 

Sangi'c de coiicolores; 
Esc troud qnc cci'ca la divina 
Aurora con los rubios res])landorcs 
De su naciente luz, no lo destina 
El futui'o á la infame prostitu.ta 
Que de Arístides ,a:oza en el destierro 

Y de Fociiui prepara la cicuta 1 

¡ La pantei-a en su yruta 
Debe (]uedar! — ¡ El aura de la cunil)re 
Tiene miedo á su hedor! — ¡ La ({ue el futuro 
Proclame rey, será la nuichednmbre 
En su concepto levantado y puro! 
¡La (|Ue i)or la vii'tud ennoblecida 

Y la pro))ia labor dignificada. 
Asciende hasta los picos de la vida 
Por la luz de la ciencia conducida 

Y i>or lo augusto de la ley guardada! 

¡Tm])erar;i la turba: pero aípiella 
Que ]iide rumbo al brillo de la estrella 



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170 






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FLORES DE CEIBO 




Del austero deber! — ¡La (lue r\ (lixiiiu 
Sol (le la libertad i-lavi'i en la fi-eiitc 
De un monte tempestuoso, el Aventiim! — 
¡Envidias, eseuehad! — ¡No es el imperio 
De lo futuro el aelamai' i'ujíiente 
De la canalla (|Ue \i\('i á Tibcrid! 
¡La i-eina del mañana es la valiente 
Compañera de Bruto! — ¡ La (pie espira 
En la cruz de Espartaco! — ¡La <|iic reza 
En el ( Jethseniauí ! — ¡ La (pie cu la pira 
Keyjublicana funde y elal)ora. 
Del medio evo en las noches, la grandeza 
De Haujberes y de Xái)oles! — ¡La santa 
Multitud de los tiempos vencedora, 
(¿ue el liinmo de los libres rima y cauta 
Con Botzaris y Wiíshinííton ! — ¡ El )»rusco 
Adalid cuyas manos bendecidas 
Tienden sobre las i»atrias oprimidas 
T"n jiríHi de la enseña de Kosciuseo! 

El pueblo ('S el (tbrei'o 
Probo y emprendedor; el que en el llano 
Siembra el rubio maizal; el guitarrero 
Déla enramada rústica; el (|ue ufano 
Entona las canciones del bar(|uero 
En los ríos que van hacia el Oecáno. 
Por él la vid verdea en los feraces 
Deelives de la ¡latria; an.te c\ se lumiilla 
La testuz de las reses montaraces; 
Él poda los naranjos y encabilla 



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CARLOS ROXLO 






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Del l)i-(')n(n'() tri,L¡,i) los revueltos haces. 

¡El pueblo es lo ((ue barre la metralla 

En los bordes del Rhin ! ¡ Es lo que reta 

A los reyes de Eurojia ! ¡La canalla 

Es la hez sin di.t;'nida(l, la '-orrouipida 

Hez que insiüta y aplaude y alborota 

Danzando en derredoi- de la carreta 

Que enrojece la sanare enaltecida 

De Yerguiand, de Saint-Just y de Carlota! 

El pueblo es lo que nuu>re batallando 

En Maipú y en Junín ; no el torpe liando 

Con brillos de llantera en la pupila 

Y envidiosos rencores en el seno, 

i No el que á 8ui-re y á Córdolia fusila! 

¡No el que destierra á O'Higgins y á Moren< 



XX 

Para llegar, oh madre y reina mía, 
Al trono en que l)rillaba la corona 

De tu soberanía, 
¡Cuánto luchó tu In'azo de amazona! 
¡Tu fértil suelo y su bizarra gente 
Arden cual pira crepitante y fiera, 
Ruge el trabuco y el cañón ardiente 
Anubla impío la celeste esfera, 
Se cimbran del clarín los roncos sones, 
Y saludan los gauchos escuadrones 
Con bélico alarido á tu bandera! 






FLORES DE CEIBO 



A 




De la iinasi('pn al «•(iiioccr la injuria. 

— ¡ A't'iifianza ! — ,¡4 rita (>1 ave en lo^ sumhríos 
Jí().s((ues de ñandubay; eon odio y furia 

— ¡ W'nganza, sí! — i-esponden de tus ríos 
Las corrientes azules, y los ecos 

— ¡ X'euganza ¡ • — les contestíin sollozando 
Eu el bunieuyíi de verdes flecos. 

Sus i'ojizas nioitajas desgarrando 

JjOS que por ti cayeron, madre nu'a, 

En San José y Las Piedras, con voz fuerte 

Dicen también, cuando la noche fría 

Sale del pajonal, — ¡ xcnganza y nniei-te! — 

¡Y el carro de la guerra 
(Jalojja haciendo estremecer la tierra ; 
Pero el injusto fallo del destino 
Se l)urla de tu santa l)izarría 
Y cul)re de cresi^ones tu camino I 

^Te acuerdas, di, nidal de mis amores I 
Tendía la radiante primavera 
Sn velario de luz sobre las fl(ires 
Silvestres de la zarza misionera. 
Principiaba Setiembre. — Fenecía 
Mil ochocientos diez y seis. — Los l)ra\-os 
En cuyas banderolas se mecía 
El viento que columpia tus guayabos. 
Se tendieron en línea de batalla 
Sobre la margen ])r(uliga en verdores 
Del Ibiracoy. — La luz naciente 
Sonrosaba las cumbres. — La espesura 



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173 






CARLOS ROXLO 






Añosa y montaraz, gravo y tranquila 
Que rodea el arroyo transparcnite. 
Salvando á tu legión de la metralla. 
A tus jaguares la victoria augura 
Del soplo matinal cdn la rondalla. 
Entonces los contrarios fusileros 
Fingen retroceder. — Cmi su mochila 
El campo alfombran. — Pían los liorneros 
Ya la sah'e triunfal de tu ventura, 

Y aliandouan audaces tus camperos 
El monte protector. — El adversario 
Torna á la lid. retumban sus cañones. 
Es la campiña un cráter y mi osario. 
Los jinetes sablean, los pendones 

kSc chocan en el aire, enardecidos 
Relinchan los corceles, y en el duro 
Entrevero mortal quedan cencidos 
Los heroicos soldados del futuro. 
¡Día de horror! ¡ El numen de \i\ historia 
De tus jaguares, por el plomo heridos, 
Eternamente velará la gloria! 

¡ Bendito el nombre sea 

De la legión sagrada ! 
¡Benditos cuantos caen en la pelea 
Por vengar á la patria profanada ! 

Lo mismo m rarunibé. — Sus llamas de oro 
Lanzalja el sol de Octubre en luu'stro cielo, 

Y en los palmares se esciichaba el coro 
De los silbidos del zorzal en celo. 







FLORES DE CEIBO 





Ceroa de las naeieutes tumultuarias 
Del íMirvosó ( 'uareini, fuyas riberas 
Ahripui con sus cojtas centenarias 
Los árl)i)les que esconden sus maderas 
Bajo ima floración de pasionarias; 
Cérea de las nacientes cantadoras 
Del río, — en cuyos bosques sin senderos 
Realizan sus empi'esas destructoras 
El aguará, los osos hormigueros, 
El puma y el cnatí. — se al)rí)(}uelar()n 
Un millar de tus rudos montoneros. 
Un millar de los héroes que tallaron 
De tu historia el joyel con sus aceros. 
¡ Allí también el pói-tngo aguerrido 
Buscó á tus defensores, como fiera 
La coral busca al águila en su nido! 
¡ El invasor marchaba precedido 
Del triunfo por doquier! ¡ La montonera 
Abre sus tiradores en guerrilla 

Y por sus calialleros flanqueada. 
Bajo la luz primaA-eral que brilla 
Hiriente y roja, al invasor espera! 
Al compás d(^ los roncos atambores, 
Tañendo ima retante clarinada. 
Avanza el j)oitugués. — En sus pupilas 
Sonríe la ambición. — Los tiradores 
Se agrupan en el centro de sus filas 

Y en sus flancos reliiceu los es])ejos 
De sus i'ugientes bronces, circundados 
Por las lanzas que jmitan sus reflejos 
Al brillo de los sables encorvados. 



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CARLOS ROXLO 




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La lumlire meridiana 
Su velario de estío, 
Sus cortinas de grana. 
Abre sobre la selva, sobre el río, 

Y entre voces de parches y de hierros, 
Se niueA'e el lusitano hacia los cerros 
En que está tu legión. La trompa suena 
Ordenando el ataque, y con bravura 
Los campeones de i)on('ho y de melena 
Bajan como un toi-rente á la llanura. 
El invasor, que obserA'a cauteloso 

De tu línea lo débil y extendido. 
Aguarda el choqiu' del jaguar rabioso 
Por su fe en la victoria sostenido, 

Y rotas nuestras filas, cañoneada 
Con furia tu legión, acuchillados 
Tus defensores, nuistia y destrozada 
Tu bandera marcial, qiu^dan cubiertos 
Aquellos (^ampos, al ponerse el día. 

De aves dolientes y de heroicos muertos. 
¡ Quinientos de los tuyos, madre mía, 
Regaron con su sangre generosa 
Tu profanado altar! ¡Del enemigo, ^ — 
Cuando sus cinco estrellas encendía 
La Cruz sobre la noche tenebrosa, — 
Las lanzas de reflejo funerario. 
Como las hoces en mitad del trigo, 
Relampagueaban sobre aquel osario! 





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PLORES DE CEIBO 



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Lo luLsuio en ( 'ataláii. — Fiu- d día ciuitro 
Del año diez y siete. — Avin el ijaniijero 
Solloza cu las barraucas del teatro 
Del memorable y lúgubre entrevero. 
Aún allí, madre, el alarido suena 
De los (jue batallaron sin xcntni-a 
Por quebrar con .sus. lanzas tu cadena. 
¡Aún el arroyo trágico nninnni-a. 
Sobre su alfombra de mullida arena. 
Una salve á tus muertos cuando pui-a 
Se alza la lumbre de la luna llena! — 
Fué al despertar el sol. — Ya en los verdores 
De los somijra de toro, salta y grita 
Con júbilo la urraca. — Ya en las flores 
De tus yerbales, la perdiz se agita. 
Ya soln-e los ombiies de la loma, 
^Mecidos por el soplo del naciente, 
Nuestro cielo del sur se apolicroma. 
Ya riza del arroyo la corriente 
El aliento auroral. — Ya en la retama 
El perfmne despierta. — Ya el hornero 
Principia su labor y la res brama 
En los fértiles llanos del potrero, 
í^l obús portugués con sus marciales 
Estampidos la atmósfera estremece, 
Y el ronco redoblar de los timbales 
Desafía, entusiasma y ensordece. 
El rejón del charrúa y el agudo 
Rejón del guaycurú, con sobrehumana 
Yiolencia, inician el combate rudo 
Tiñéndose de sangre lusitana. 





CARLOS ROXLO 







Un vivo fuego de fusil contesta 
A aquel avanr-e munida, y ufano 
El rubio sol prepara en su ballesta 
Las viras de las luces del ^•erano. 
Al ver á si; valienti' infantería 
Acuchillada eu el sangriento lance. 
El pórtugo con finue bizarría 
De sus reservas ordenó el avance. 
El jaguar y el leopardo enardecidos 
Con frenética saña se embistieron, 
Llenaron la extensión con sus rugidos 

Y con feroces dientes se mordieron. 

La heroica sangre, que en sus zarpas l)rina 

Y su piel mancha, aliona la ribera ; 
Si hay flores en los yuyos de la orilla 
Coágulos son de aquella sangre fiera. 
El choque fué terril)le. La victoria 
Duda en mitad del campo de batalla. 

El clarín de los nuestros tañe á gloria! 

Pide un laurel del luso la metralla! 

El flanco izquierdo de tu línea quiere 
En vano resistir! ¡Hoto y sableado, 
Aquel enjambre de bravuras muere 
Por tu sol de centellas coronado ! 
¡ La desgracia persigue íi tus legiones 

Y el buitre del desastre, madre mía, 
Hace nido oti'a \qz en tus pendones ! 

¡Todo nos era adverso! — De la aurora 
El rosado fulgor, el mediodía 






FLORES DE CEIBO 



^' la iri;4ul)i-c iioclic. — }jh ti-aidom 

Dcsventui-a á los tuyos poi'segiiía, 

Envonciiaiido el vino generoso 

De nuestra liciv.icidad. — Ku vano, cu vano 

El sol chai-n'i.i. (■] sol csplciidoi-oso 

Que cui-ojece tus nubes de verano, 

I)(U-al)a con su bi-iljo los Ixirlones 

De \-iolado matiz de tus cardales 

\ el verdor de tus viejos canelones 

En que juegan las brisas matinales. 

En vano la silvestre euredadei-a, 

Pródiga en nidos y en gnií'iialdas rojas. 

Ve subir por los aires la hedncei'a 

Túnica de sus flores y sus hojas, 

Mientras con un i)iar lánguido y tierno 

El pirincho recibe á h\ primera 

A'anguardia de las brumas de tu invierno. 

Todo fué inútil, madre. Nuestra suerte 

No se dulcificó. Los que decían 

Ante tus ai-as — ¡ libertad ó muerte ! — 

Luchando, poi- sei- libres, sucnniliínn. 

— ¡Guerra! — gritan los \ientos de la loma. 

Corren los ríos rebramando — ¡gnei-i-a ! — 

Y — ¡guerra ! — cantan, al soltar su aioma. 

Los claveles del aire de la sierra. 

Desde el suelo róchense hasta el islote 

De la costa fhivial, en donde encalla 

La barquilla gentil del camalote. 

Suena, madre, tu grito de batalla. 





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CARLOS ROXLO 




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¡Y aún tu toque ;i reuuiúu, tu ardiente alerta, 

Tu credo varonil y temerario. 

Llora en los esterales de India ]\luerta 

Y ríe en las 1 ¡arrancas del Rosario! 




Después se hizo más fría 
Y más densa la sombra todavía. 
Fué el veintidós de Enero. — Fué en el año 
Mil oclioeieutos A-einte — ¡ Se corría 
De desengaño, patria, en desengaño ! — 

¡Sobre el nativo suelo 
Reinarán siemj)re la orfandad y el duelo ? 
¿ Nvmca te adornarás con la corona 
De las naciones libres f ¿ Con sn vuelo 
Nublarán siempre tu sagrado cielo 
Las gigantescas alas de Belona ? 

Luc-en nuestras lianderas 
Al sol de la mañana en las riberas 
De tu Tacuarembó. — Tus divisiones 
Que del tortuoso río los cristales 
Fraccionan con su curso en dos porciones 
Repiten añn los cánticos triimfales 
De Guairapuitá Chico. — En cada orilla. 
Sobre tns carpas, de la luz febea 
El resplandor policromado brilla 
Como im fuego de avance en la pelea. 

L"n copioso agtiacero. 
Que la noche anterior hizo del río 
Tn pedazo de mar, al extranjero 
Vino á favorecer. — Nuestra avanzada 




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■ I 




|i II 





FLORES DE CEIBO 




Kuiiicrosii y vii'il, el injis bravio 
De tus tercios tal vez, fué separada 
Por la corriente, que bramando corre, 
J)e los declives en que está acampada 
La lioméi'ica falange de Latorrc. 
Eran las ocho. — Audaz el lusitano 
Sorprende á tu vanguardia y la dcri'ota, 
El bronce ruge su liinnio soberano, 
El ])lomo mata y el salitre flota. 

Oh madre de mi vida, 
En confusión tu hueste, dividida 
Tu columna inmoi-tal, mal ordenada 
La resistencia, desmayado el vuelo 
l)e la fe vai'onil, rota la espada 

Y roto el corazón de tu Sotelo, 

¡ Por el plomo barridos 
Como la mies que la segur abate, 
Huyen al fin tns pumas sorjjrendidos 
De.jando so))re el campo de combate 
Ochocientos cadáveres tendidos ! 
Se luchó con crueldad, sin esperanza, 
Por lujo de mésenla bizarría, 

Y de Latoj're se astilló la lanza 

Roja hasta el regatón, pues aunque impía 
La suei-te ni se mnde ni se ablande, 
¡ Si eras grande venciendo, eras más grande 
Después de tus derrotas, patria nu'a ! 






CARLOS ROXL.O 

^^>^V\X \ W Ov 




LX 



¡ Oh tierra de la patria, á que lia ligado 
La voluntad dimana nuestra suerte. 

Y en que creemos hallar menos helado 

Y más tranquilo el sueño de la muerte ! 
¡ Oh tierra de la patria, á la que unidos 
Están mi corazón y mi memoria, 
Por las canciones que aprendí en tus nidos 

Y mis ansias quiméricas de gloria ! 
¡ Oh suelo de la patria, los agravios 
Con que la injusta adversidad te hiriera. 
Deja que borre el beso que mis labios 
Colocan sobre el sol de tu bandera ! 

XXI 

El Águila bendita, — 
En cuya corva garra 
La tricolor se agita, 

Y del pampero al borrascoso empuje, 
Revolotea y cruje 

Con ritmo de bordones de guitarra, — 
Antes de abandonar el patrio suelo, 
En que aún brilla la curva de su vuelo, 
Ve que alfombran los brezos y las breñas 
De los barrancos, en cuya alta frente 
Su nido colocó, mustios pompones. 
Penachos indios, estandartes rojos, 

Clarines y cureñas, 

Arreos y cañones, 
Del redomón los fimebres despojos 

Y los despojos de la muerta gente! 

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FLORES DE CEIBO 



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¡ Ya no puede lidiar ! ¡ Ya sus lanceros 
Indomables quedaron extendidos, 
1 )e cara al sol, en montes y en esteros. 
En llanuras y en cumbres! — ¡Los graznidos, 
(.'on que á los suyos convocó á la lucha. 
Se pierden en los campos encendidos 
Por el llameante o])iis ! — ¡ Ninguno escucha 
Su ardiente somatén ! — ¡ Los defensores 
De la enseña de rayas tricolores 
Con un sueño sin fin están dormidos ! 

' '\ Y el Águila, con houda pesadumbre " " 

Y muda de dolor, deja la cinnbre 
En que alzaba sus himnos de victoria, 

Y donde, siempre que rodó vencida, 
Sintió sobre los labios de su herida 
El beso de los labios de la gloria. 

El Paraguay espera 
Al Águila altanera, 

Y asilado en sus bosques virginales, 
03^endo la canturía trinadora 
Que alzan en sus floridos naranjales 
Los pájaros del trópico á la aurora. 
El Precursor, el Grrande, el Indomado, 
En colono indigente transfonnado. 

Cuando su cuerj^o inclina 
Para himdir bien la reja del arado. 
Habla de las hazañas del pasado 
Con la gloriosa lealtad de Ansina ! 




183 



^ 



CARLOS ROXLO 






¡Allí la iimertc le riicdiitró! ¡Allí fuimos 
A buscarle sus nietos, y besando 
Su huesa de rodillas, bendijimos 
En Él á los jaguares de su bando! 

¡ La patria le debemos, 
Somos lilires por Él, y nadie puede 
Hacer que de su gloria reneguemos. 
Porque esa gloria, exenta de mancilla, 
A gloria alguna en resplandores cede 

Y es el sol, patria, que en tus lienzos brilla ! 

Fué lui ensueño gigante 
El ensueño del Águila bravia, 
Del Águila de l)ronce. — Su cimbrante 
Airón bajo sus pliegues pretendía 
Proteger y abrigar, — confederadas 
Para la libertad y la cultura, — 
Del terriiño las cumbres treboladas. 
De Misiones la geórgica verdura. 
De Corrientes los cármenes sombríos, 
Del Paraguay las selvas perfimaadas, 

Y el jugoso tapiz de las llanadas 
Jóvenes y fecundas de Entre Ríos! 

Cuando pasen los tiempos y la historia 
Dé á cada cual la parte que le espera. 
El Águila de bronce con su gloria 
Coronará de mirtos mi bandera. 
Su ensueño fué un ensueño prometeano, 
Un ensueño que salva del olvido 






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FLORES DE CEIBO 



Al airón, ateniense y espartaní». 

Que alzó sobre la cumbre y soltrc el llano 

J)e sus éijicas franjas el ci-njido. 

Fué enseña de pujante l)izarría 

Y fué también enseña de progreso, 
El airón que gallardo se mecía 

De las batallas sobre el biuno espeso. 
¡ Gloria al Blandengue ! ¡ (pie su fe sagrada 
Nos indique, en las horas venideras, 
El rumbo que conduce á la alborada, 

Y que siemi)re su somljra xcnerada 

Cubra, como un bastión, imestras fronteras ! 

¡Gloria al Águila y gloria á la \ aliente 
Legión sin nombre, nmchcduniltre obscura 

Y grey sin una r-ruz rcs[)land('ci('iite 
Que señale su huesa en la llanura! 

¡Salve al zambo y al negro! ¡Salve al rudo 
Indio de nuestros toldos! ¡Con la gloria 
De aquellos que te daban ]ior escudo 
Su corazón, tejimos nuestra historia! 
¡ Salve, oti'a vez, al Héroe cuyos sueños 
Aún pernoctan llorando cu tu bandera! 
¡No nos quiso españoles, ni porteños, 
Ni lusitanos su arrogancia fiera! 
¡Salve, señora, á la legión bravia. 
Cien veces salve á la legión de bravos, 
Que en Las Piedras vivándote vencía. 
Que triunfa bendiciéndote en Guayabos 

Y que muere por ti en Santa María ! 







CARLOS ROXLO 



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¡ Salve, señora, á la legión siu suerte, 
A la legiÓB de poncho y nazarenas, 
Que en su heroico desprecio por la muerte, 
Antepuso la muerte á las cadenas! 
¡Cuánto estoicismo yace sepultado 
Para siempre en las roncas clarinadas 
Con que arrulló á los soles del pasado 
Tu legión de pupilas aleonadas! 
Cuando, después de Catalán, su broche 
Abrió sobre la fronda y la laguna 
La pálida diamela de la noche, 
La margarita de lo azul, la luna, 
Un retazo del grupo montonero. 
Un escuadrón de cóndores huía 
Eendidos los corceles y el acero 
De la daga vibrante todavía. 
Huyen al trote largo, descansada 
En el arzón la pica matadora. 
Con refucilos de odio en la mirada 

Y con sangre en la espuela trinado ra. 
Los persiguen. — Se escucha el sonoroso 
Compás de los jinetes lusitanos 

Que buscan, sin clemencia y sin reposo, 
A los que huyen por lomas y por llanos. 
¡Los sableadores de curtida frente 
Saben que el enemigo los rodea, 

Y se preguntan, con dolor creciente, 
Como entrarán de luievo en la pelea 
Sin municiones v uno contra veinte ! 




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FLORES DE CEIBO 



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Couiauda á los jaguares un eujiito 
Capitán do canosa cabellera, 

Y sobre olios un cántico de luto 
Ya sollozando un trozo do l)andora. 
Por la lluvia y ol sol descolorida, 
Por el plomo y el hierro mutilada, 
Es la enseña, que cnije dolorida. 
La imagen de la patria desgarrada. 
¡Quince tus bravos son: quince y heridos 
Casi todos están ; (juincc y parece 
Que la hma, contraria á los vencidos, 
Con delatoras luces resplandece! 
¡Los respetó piadosa la metralla, 

Y aprendieron, matando cu la refriega, 
1^ Que siempre lo que triunfa en la batalla 

Es el capricho de la suerte ciega I 
¡Y ni un ramaje en torno ! ¡ni la sombra 
De im monte en la planicie y la colina ! 
¡Sólo el campo con yuyos por alfombra, 

Y ni un tiro en la iuúTil carabina! 
¡Velando con el ala del sombrero 
La angustia de sils ojos de milano. 
Los qiiince tigres que cunó el pampero 
Trotan, oh madre, por el verde llano 
En espera del último entrevero! 

Escuchando el galope intermitente 
Del rondín portugués, con ^■oz sombría 
Murmura el viejo de soberbia frente: 
— ¡Van á alcanzarnos al venir el día ! — 






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CARLOS ROXLO 






Y vuelve, doloroso y pensativo 

A su silencio trágico. — Su espada 
Choca en el cuero del arnés nativo 
I*(>r la luz de la luna iluminada. 
El viejo se detiene en luia isleta 
De quebrachos cloróticos. — La luna 
Flota en los tules de la noche quieta 
Como el cisne en lo azul de la laguna. 

— ¡Pie á tierra! — dice el capitán y nñi-a 
(^on delirio al muñón ensangrentado, 
Que en su ^-ara cimbrándose suspira 
Los trenos del terruño infortunado. 
Junta el "siejo uu montón de ramazones, 
Cada vez más su rostro se ensombrece, 
Hasta que al fin, con rojas brillazones, 
Aquel montón de ramas i-osplandece. 
Poco después, encima de la hoguera 

De quebrachos pigmeos y 1>esada 
Por los quince jaguares, la bandera 
Se transforma en purpúrea llamarada. 

Y el héroe dice, sollozando amores 
Sobre el airón que mutiló el acero : 

— ¡ Oh mi bandera de los tres colores, 
No caerás en poder del extranjero! 

¡ Nunca atada á su carro de victoria 
Te verá el invasor, bandera mía ! 
¡ Tañe, clarín, un cántico de gloria 

Y decios adiós, que viene el día ! 
¡Abrazadme y montad! ¡que vuestra lanza 
Se empurpure oti-a vez en la pelea. 








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FLORES DE CHIBO 



Y que un sul)liiue credo á la esperanza 
Xuostro estertor de moribundos sea ! — 

Y al despuntar el sol, en la Ilaiuira 
La cantadora lira de los vientos, 

La ([ue en los patines árboles nninuura, 
¡Alzó un liiniiKi de (ir<;ull() y de tcniuia 
Sobre quince cadáAeres sangrientos! 

¡Salve, señora, á la legión sin suerte, 
A la legión de gacho y nazarenas. 
Que en su heroico desprecio por la nuierte, 
Prefería la nuierte á las cadenas! 
¡Cuánto estoicismo yace sepultado 
Para siempre en las roncas clarinadas 
Con que arrull('i á los soles del pasado 
Tu legión de i)upilas atigradas! 
Era un trompa, un ol)scuro. un indiecito 
Delgado, decidor, sobrio, ligero; 
Artigas le llamó el charaboncito; 
Otorgues le llamaba el terutero. 
¿Dónde nació? — ¿Qué madre despiadada 
Le abandonó al nacer ? — Xunca lo supo, 

Y al iniciarse la Opica cruzada 

Se unió á las filas del mésenlo gi'Upo. 
Contaría doce años. — I^e dijercm 
— Tocarás el clarín, — y en pocos días 
Los sones que los otros le tañeron 
Transformó en belicosas sinfonías. 
Era valiente y duro. — En el combate 
Síb descanso su trompa resonaba, 




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CARLOS ROXLO 



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Y era el son de su trompa el acicate 
De los centauros de leyenda brava. 
Casi desnudo, lenguaraz, curtido 

Por las lluvias de otoño y por el viento, 
Aquel ñandú de musical silbido 
Era la adoración del regimiento. 
( 'ouversaron el niño y la inetralla. — 
Ésta le res^Detó. — Siempre salía 
Ileso de los campos de batalla, 
Aunque siempre su homérica rondalla 
En lo más crudo de la lid tañía. 

Fué en Cliapicuy. — Del pórtugo maldito 
Lucilo obstinada la arrogancia loca, 

Y un proyectil al épico indiecito, 

— Puma y ardilla, — le rompió la boca. — 

Olvidando la sangre que gotea 

Con rapidez por su desnudo cuello, 

Donde se lucha más, allí vocea 

El charabón sus toques á degüello. 

Estoico y firme, la mirada altiva, 

Alza iracundo un cántico sonoro, 

Hasta que un saljle l)rillador derriba 

La diestra con que empuña el clai'ín de oi'o. 

Aquel girón de carne lacerada 

Rebota sobre el césped del terruño .... 

Y el clarín sigue su marcial tonada 
Aprisionado en el sangriento puño. 
Como ganoso de vengar agravios, 
El clarín tañe un rezo á la victoria : 








FLORES DE CEIBO 



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Le hacen sonar los invisil)les labios, 
Los labios do fantasma de la filoria. 
— ¡Viva la patria! — blanco do fiereza, 
El niño ruge al recibir la herida. 
Hasta que de un sablazo en la cabeza 
Le hacen rodar, junto al danii, sin vida. 
Cuando triunfante nuestra enseña flota 
Y se desbanda el i^órtugo humillado. 
Celebra y apresura su derrota 
El clarín del rapaz acuchillado. 
¡Y el clarín resonaba, resonaba 
Aún A'ictorioso, homérico, rugiente. 
Cuando ya el sol crepuscular pintaba 
De púrpura y de jalde el occidente 
De nuestra tierra generosa y l)rava! 



xxn 

Y ahora, ¡á lo porvenir! Ya del pasado 
Las visiones magníficas se alejan, 
Y el cielo del terruño iluminado 
Con claridades de victoria dejan. — 
¡El futuro es virtud, es abundancia! 
¡Es trabajo, es verdad, es armonía! 
¡Es ciencia, es redención, es tolerancia! 
¡ Es el mundo bogando en jíleno día ! 
¡Es la patria en la cinnbre de lo grande, 
Pero la patria siempre! ¡La qu<> austera 
No sufre ni tirano que la mande 
M bandera que humille á su bandera! 

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¡La patria engraiiclocida por el santo 
Amor do todo lo que juzga bueuo; 
Pero la patria siempre, con su cauto 
Que uo es el liinmo del hogar ajeno! 
La patria en la que dice, con sus olas, 
El dorado vaivén de las espigas: 
— ¡ Me bronceó con sus cárdenas aureolas 
La luz de las humeantes tercerolas 
De los dragones éj^icos de Artigas! — 

¡Perpetuad del Blandengue la nienioria 
Esparciendo los himnos de su gloria. 
Oh fuentes que regáis los trebolares 
Del valle del Edén, donde gorjea 
La calandria sus líricos cantares 
Bajo los oros de la luz febea! 
¡Cantad las glorias de su heroico bando, 
Oh vientos de la noche, que cruzando 
La sierra de las Ánimas y el monte 
De sus teml)eteríes agitando, 
Os perdéis en el l(')brego horizonte! 

Balsámicas florestas 
Nacidas en los valles y en las cuestas 
De mi patria oriental: Ixisques tendidos 
Junto al Cebollatí y el Río Negro, 
Donde construye sus monteses nidos 
La grácil tijereta y donde canta 
El sáfico nocturno de su alegro 
El chingólo de eglógica garganta; 







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FLORES DE CEIBO 



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¡Do vuestra í'u('i-/.a. xiri^iiial y pura, 

Fue la imagen \ iril la agria l)ravura 

De los centauros éi^ieos, cui-tidos 

Por la lluvia y el sol, — fronda en (jue anida 

El arpa del sabia, — fronda <|ue (>n yedra 

Al vigoroso canelón asida 

Y en nnisgo asido á la grisácea ])ie(lra 

Tonvcrtiste, clemente y desolada, 

Sus despojos sin vida. 
Su carne por el hierro lacerada! 

Oh frondas, en que crece 
El cactus pimzador y en que se mece 
Al aire la campánula encendida; 
Oh frondas que perfuma el espinillo 
Con su aliento montes, ¡qué los rumores 
De la brisa estival en vuestras flores 
Eternicen las gestas del Caudillo! 

j Madre, madre adorada 
De Aádes y de trigos coronada, 
Que el porvenir encuentre su escultni'a 
En tu cumbre mayor y su epopeya 
De profétiea fe y alta bravura 
Custodie, como im nmro, la hermosura 
Del jardín de Anagualpo y Liropeya ! 








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LA SIERRA DE LAS ANIMAS 



(POEMA FANTÁSTICO) 



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FLORES DE CEIBO 



LA SIERRA DE LAS ÁNIMAS 



(POEMA FANTÁSTICO) 



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UELVO hacia ti, lo mismo que á su dama 
Volvían los errantes trovadores, 
') Para decirte que tu amor me inflama 

Como al zorzal nacido entre tus flores ; 
Dio á tu hermosura y brilladora fama 
Mi juventud sus cánticos mejores, 

Y hoy que mi numen con la edad declina 
Te rezo aún mi salve vespertina. 

Te quise bien. — Confieso que ilusoria 
Fué la ambición, que ardía en mis cantares. 
De perderme en los huertos de la gloria 
Para cubrir de palmas tus altares. 
Quise grabaí- mi nombre en tu memoria 

Y que mi nombre, en cúspides y en mares. 
Sonase unido al nombre de mi dama 
Por las trompetas de oro de la fama. 



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CARLOS ROXLO 






Soberbio fui ; pero nú afán burlado 
]Merece tu perdón, mi culto abona 
Y será siempre un beso apasionado 
Puesto sobre el joyel de tu corona ; 
El tordo que cantó su mal rimado 
Himno á las eras que tu luz sazona. 
Quiso fundirse en ti y en ti quería 
Perpetuar su recuerdo, madre mía. 

Y cómo no cantarte si es tu cielo, 
De todos los espacios, el espacio 
En que es más puro y refulgente el vuelo 
Del cóndor cuyas alas de topacio 
Pintan de azul el límpido arroyuelo. 
En donde se refleja el siempre lacio 
Ramaje del sauzal y en cuyas ondas 
Se bañan los churrincbes de tvis frondas. 



Y cómo no cantarte si en tu estivo 
Jardín se crían las purpúreas flores 
Que cuelgan en las ramas del ceibo, 
En que ocultan sus sáficos amores 
Los mainumbíes de zimibar esquivo, 
De túnica de espléndidos colores, 

Y en qi;e silban los cánticos nupciales 
De la siesta los rojos cardenales. 

Y cómo no cantarte si encariñas 
Con el oro bronceado de tus eras. 
Con la miel generosa de tus ^óñas 

Y el eterno verdor de tus riberas; 








FLORES DE CEIBO 



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>Si suii mares dv trébol tus (*aiui)irias, 

Y son toques á gloria en tus banderas, 
Marcadas eon rasguños de cnti'evero, 
Todos los aletazos del })anipero. 

Mi primer canto fué, niadríí adorada. 
Un saludo á tu insignia de pelea, 

Y deseo que mi última trovada 

Un canto al sol de tus pendones sea; 
Si grande te inivó la edad pascada. 
Grande lia de vei-te el tiempo que alborea, 
Porque, esperando á las scndllas, lleno 
Late en vigores tu fecundo seno. 

Mientras crece el fulgor, mientras te alejas 
Del crudo ayer, la musa soñadora, 
La que traduce las sencillas quejas 
Que el espinen) en tus aromos llora. 
Es justo que eternice las consejas 
Que dan miedo á los ranchos de totora, 
Cuando el fatuo ])rillar de la luz mala 
Por el ramaje del ombú resl>ala. 

¡Venid, venid, quimeras del pasado, 

Y cercad al cantor cuyas visiones 
Cruzan por el terruño idolatrado 
Como un coro de cimbros de pendoiies! 
¡Venid y reavivad el desmayado 
Revuelo de mis liltimas canciones. 
Para que enseñe al mundo del mañana 
Los cuentos de mi tierra amei'icana ! 



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CARLOS ROXLO 





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Yo soy el trovador que cruza errante 
Las olas de las mieses amarillas, 
De las palmas el bosque susurrante, 

Y de los hondos ríos las orillas; 
Soy el viejo juglar, cuyo vibrante 
Canto se mece al sol de las cuchillas, 
Y" soy el que, cuando la lima asoma, 
Hace noche en el rancho de la loma. 

Allí, junto al hogar, con la mirada 
Perdida en lo que fué, con la vihuela 
Que la patria me dio, — cuando embrujada 
La lechuza en los campos chilla y ^nlela, — 
Pinto los usos de la edad pasada. 

Y de nuestras virtudes centinela. 
El alma del terruño santifico 
Con las cosas que narro y glorifico. 

Contadme, genios de la edad bravia. 
Cómo en el tronco del ombú su garra 
Afiló el concolor; cómo moría 
La multitud, homérica y bizarra. 
Por excesos de fe ; cómo decía 
Amorosos quereres la guitarra, 

Y cómo, en los rincones de la sierra, 
Viven los viejos usos de mi tierra. 

Rumores de la cima que bramando 
Bajáis por la selvática pendiente, 

Y sus rudos zarzales agitando 
Os hundís en el fondo del torrente ; 



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FLORES DE CEIBO 



Dejad que, vuestros i-uidos iniitaudo, 
Rime mi lira, trágica y doliente. 
La leyenda de sangre y pesadumbre 
A que debe su nombre vuestra cumbre. 

Arroyos de la cima, que en cascadas 
Os desprendéis desde la cumbre al valle. 
Abriendo á vuestras olas azuladas. 
De espmna llenas, anchurosa calle, 
Oededme vuestras voces acordadas 
Para que en ritmos de leyenda estalle 
\ Mi guitarra oriental, donde ha tejido 

Un boyero noctámbulo su nido. 

' ¡Raudas venid, espléndidas ^ñsiones, 

Que estimulando mi ambición de gloria. 
Me atoimentáis con trozos de canciones 
Que no puedo guardar en mi memoria ; 
Enredad de mi cítara en los sones 
Algún himno, algún cuento, alguna historia. 
Que con su dulce ó áspera armonía 
Ponga im laurel sobre mi timiba fría! 



II 

Es la sierra de las Ánimas 
Un bastión de ^Maldonado, 
El mayor de los bastiones 
Graníticos de los pagos 

— 201 



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CARLOS ROXLO 





Eu que nacen y en que vuelan 
El chingólo y el carancho, 
Cuyos nidos se columpian 
Del pitanga entre los ramos. 
Es la sierra de las Ánimas 
Un fortín de Maldonado, 

Y la cimibre más enhiesta 
De las ciunbres de los pagos 
Que tapizan los verdores 
Del culantrillo selvático, 

Y en cuyos ríos navegan 
El manguru^TÍ y el sargo. 

Sobre la euniljre ciclópea 
Crece en abimdancia el pasto 
Que da vigor al vacuno 
Con la sangre de sus tallos, 

Y en que se oculta la víbora 
De cuerpo policromado. 
De ponzoñosos colmillos 

Y de múscidos elásticos. 
Dando sombra á los declives, 
Tendiéndose por los flancos. 
Se apiñan y se entrelazan 
Los árboles centenarios. 

El duraznero bendito, 

Y el tembetarí con dardos. 
Que con sus purpúreos pétalos. 
Henchidos de ungüento arábigo. 
Embalsama de las chircas 

El follaje esmeraldado. 



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FLORES DE CEIBO 




Allí, del cliircal eii tomo, 
La colonia de los tábanos 
líinia su zunil)id<) ctovno 
Del sol á los lamparazos; 
Allí crece el canelón 

Y allí los troncos, juntando 
El blonda je de sus ramas 

Y los nudos de sus gajos. 
Construyen como la Ixívcda 

De una ermita en que sus salmos 
Dice el genio de la sierra 
A las luces del ocaso. 

El órgano que acompaña 
Las preces del ermitaño 
Es el ramaje tupido, 
Es el ramaje compacto 
En que el soplo del crepúsculo 
Dice adiós al sol incásico. 
Cuando éste se hunde en las aguas 
Del puerto de Maldonado. 

Y dicen bien su salmodia. 
Del crepúsculo á los rayos. 
El duraznero bendito 

Y el tembetarí serrano, 
Las chircas cohimpiadoi-as 

Y el canelón de cien años. 

Y dicen bien su plegaria. 
Del crepúsculo á los rayos, 






CARLOS ROXLO 




Las flores de tintes rojos, 
Las flores de tintes blancos, 
Y las flores cuyos cálices 
Tienen el brillo del záfiro. 

Sombras que busca el matrero 
En las cumbres de basalto, 
Cada Tez que la justicia 
Quiere imponerle sus fallos ; 
Sombras que busca el matrero 
En las cumbres de basalto. 
Que brillan como berilos 
Por la lluvia cincelados, 
¡Al tender de vuestras clámides 
El cendal triste y opaco. 
Cubrid, cubrid con la férvida 
Salve que entonan los ramos. 
En donde de los capullos 
Tiembla el perfmne balsámico. 
Los nidos á los. que sube 
El áspid de cuei-po elástico 
Cuando encienden en la sierra 
Su fanal los fuegos fatuos! 
¡Proteged, noches nativas 
Al chingólo que en el lacio 
Tembetarí, donde duermen 
Los capullos encarnados. 
Canta, á la luz de la luna, 
La adoración de los pagos 
En que hierguen su corona 
Las sierras de Maldonado! 









FLORES DE CEIBO 




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Entre los espesos bosques, 
De roca en roca saltando. 
Bajan torrentes azules, 
Que al encontrar un espacio 
Hondo y limpio, como prueba 
Imborrable de su paso, 
Fomian aquí una laguna. 
Más allá un estanque claro 
En que el colibrí contempla 
Lo grácil de su retrato 

Y en cuyas orillas crecen 
' 1\ Las cañas de flecos áureos. ,'/' 

Y hacia el sur. en las vertientes, 
? En el rocalloso flanco, '^ 
) Busca y encuentra el minero, '■ 

I 'i' Jimto al pórfido volcánico, 

" Todas las coloraciones 

Que puso en el duro mármol 
La madre augrusta. la madre 
Que con sus cinceles mágicos 
Buriló las amatistas 
De las aspas de los astros 
. Que lucen en las diademas 
Del Navio y del Centauro. 
I Quién no sabe que, hacia el este 
De los hirsutos peñascos. 
Fabrica el brujo del cobre 
Sus óxidos y sulfatos 
En el seno de las sierras 
Ciclópeas de Maldonado? 



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CARLOS ROXLO 



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A veces im troiicu, hendido 
Por los resplandores cárdenos 
De la tempesitad, simula, 
Con sus dibujos fantásticos, 
Cariátide á la que sirven 
Las rocas de sustentáculo. 
Otras veces, son los troncos 
Seculares como barrios 
Donde pulula mía tribu 
De carniceros chimangos 
Cuyos ojos son carbones 

Y cuyas garras son garfios. 
Cuando el sol nace, las brisas. 
Los arroyados diáfanos, 

Los encendidos capullos 

Y los eglógicos pájaros, 
La selva rítmica y virgen 
Transforman en escenario 
Donde Amaiilis se deja 
Enamorar por Lisandro ; . 
Pero cuando las nocturnas, 
Tinieblas tienden su pardo 
Capuz del bastión gigante 
Sobre los riscos grisáceos, 
Se diría que las sombras 
De Zapicán }' Menialvo 
Cantan un liinmo charrim, 
Cantan un himno macabro 
En el fondo de las sierras 
Ciclópeas de Maldonado. 







FLORES DE CEIBO 




Ih'l UKiiitc ot)Scur(i al valle recogido 
Bajad saltitiulo, eristalhias fuentes, 

Y prestad á mis versos el sonido 
Dulee de vuestras olas transparentes; 
Bel áspero crest(Su, donde han tejido 
Su azul vuestras cromáticas corrientes, 
Haced que llore y vibre en mi lenguaje 
El alma inmensa, indómita y salvaje. 

Arroyos del crestón, que susurrando 
Corréis entre las breñas erizadas. 
El prisma zodiacal revei-beraudo 
En vuestras vestiduras argentadas; 
Honcos torrentes que formáis, saltando 
Por los riscos, las cóncavas cañadas 
Sobre las que los lánguidos sauzales 
Se doblan en las siestas estivales; 

Arroyos de la sierra, (¡ue entre flores 
De caiTuíneo color y entre verduras 
En que cantan las aves sus amores. 
Bajáis desde la cimibre á las llanuras. 
Prestadme los selváticos rimiores 
Que aprendéis al cruzar las espesuras, 
Para dar alma y fonna á ima conseja 
Que urdí con fibras de la Patria Vieja. 

Perfimie que á los hálitos del A'iento 
Te meces del chircal sobre las ramas, 
Aromas de los tordos el acento 

Y el cimbro de los juncos embalsamas ; 







CARLOS R0X1.0 



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Que de amplitud y libertad sediento 
Hasta la ciunbre hirsuta te encaramas, 

Y repartido en fecundantes ondas 
Conquistas llanos y saturas frondas: 

Perfimie que al brotar del duraznero 

Y del tembetarí de encajes rojos, 
Abres á tus vaivenes un sendero 
Del zarzal al través de los abrojos, 
En que el pardo plumaje del leñero 
Brilla á la lumbre que azuló mis ojos 
Cuando mi cuna por la vez primera 
Bañó el sol que se cimbra en mi bandera ; 

Perfumes que en recónditos asilos 

Y en nunca perturbadas soledades. 
Con la invisible red de ^mestros hilos 
Armáis á las monteses liviandades; 
Que al soplo de los céfiros tranquilos 

Y al soplo de las roncas tempestades 
Esparcís, por los llanos de mi tierra. 
Partículas del ahna de la sierra ; 

¡Zahimiad con ^iiestra errática ambrosía 
Mi plebeya canción ! ¡ Vuestros hervores 
Poned en mi agotada fantasía! 
¡Dejad que me hable el alma de las flores 

Y de los riscos, cuando muera el día 

Y del primer lucero los fulgores 
Destilen su relumbre nacarado 
Sobre el confín azul de Maldonado! 





FLORES DE CErBO 



III 



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En aquel tiempo reñían 
Cada avirora luaa batalla 
Los estandartes de púrpura 
Con los airones de plata. 
La mitad de nuestra tierra. 
En los choques de la daga 

Y el trabuco, por lo rojo 
Sembró el terruño de hazañas, 

Y la otra mitad del pago, — 
También con furia espartana, 
Con charrúas estoicismos 

Y con meseuias constancias, — 
Hizo lujo de braA'ura 
Vivando á la insignia })lanca. 

Se moría por la enseña 
Lo mismo que por la patria 
Morían niiestros centauros 
En las horas legendarias. 
Cuando el clarín sonoroso 
De los blandengues sus cánticas 
Hizo escuchar en Las Piedras 
A los tercios que llevaban 
Coronados sus j)endones 
Con el laurel de Numancia. 

Cruzan por el negro fondo 
De aquella época esquiliana. 





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CARLOS ROXLO 






La orfandad sobre las cunas, 
La madre deshecha en lágrimas 

Y siempre en foscos crespones 
La esposa, que solitaria 

Con caricias del ausente 
Sus recuerdos embalsama ; 
Los cadáveres tendidos 
Boca arriba en las cañadas. 
En los montes, en las cumbres, 
En donde el trébol arraiga 

Y en donde aguzan sus flechas 
De triple filo las zarzas. 
Nadie por el muerto reza 

É ignoran como se llama 
El que cae, no pocas veces. 
Sus comiíañeros de armas. 
Velando sólo á los muertos 
Las estrellas, cuyas lámparas 
Con los divinos cendales 
De sus luces amortajan 
A los que el puñal ha puesto 
L^n collar en la garganta. 
Collar que tiene por cuentas 
Coágulos de sangre hidalga, 
¡ De sangre jjue merecía 
Fin mejor, suei-te más alta ! 

En aquella edad de bi'once. 
En aquella éjjoca trágica, 
Dos hogares campesinos. 








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FLORES DE CEIBO 






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Dos chozas de barro y paja 
Elevan sus muros grises 
De las cumbres en la falda. 
Sombra al uno dá un omln'i, 

Y en el ombii las calandrias 
Saludan al sol que nace 
Con su musical rondalla. 
Por el ombii las avispas 
Del monte zumbando i^asan. 
Ebrias del zmno que hierve 
En i'l borlón de las cardas. 

Y el palacio de im hornero 
^luy madrugador descansa 
Del ombii, rico en verdores, 
En la horquilla centenaria. 

La otra vivienda es im tétrico 
Rancho en cuyas viejas tapias 
X(» hay nidos de golondrinas 
Xi toldos de verdes ramas. 
En los declives graníticos 
Solitario se levanta 
Como arnera cuya soml)ra 
Todo lo que cubre mata. 

Y pesa sobre los ranchos, 
Como un pregón de desgracia. 
Un odio que toca á muerte 
Siempi-e que despimta el alba 

Y cuando el viento nocturno 
Ruge en las cimas selváticas. 







CARLOS ROXLO 






Vivieron diez meses antes, 
En el rancho sin guií'naldas 

Y sin nidos, Ramón Núñez 

Y su prima Mari-Blanca. 
Él idolatrando en ella 
Con una pasión volcámca, 

Y ella indiferente al fuego 
De aquellas voraces ansias. 
Él todas sus ilusiones 
Puso en las pupilas pardas, 
En los labios de corales 

Y en la redonda garganta 
De la paisanita alegre 
Como el coro de guitarras 
Que los quiebros y las vueltas 
Del pericón acompaña. 

Ella, aunque el ardiente culto 
De Núñez mira con lástima, 
Aiiu no dejó en los sedales 
Del amor cautiva el alma, 

Y vive al sol de la sien-a 
Como en las espigas áureas 
Viven el tordo azulado 

Y la montaraz torcaza. 

Cerca del ranclio en que anidan 
El joven y su adorada. 
El rancho de Florentino 
Argomedo se destaca 
Sobre el fondo de verdura 
De las pendientes salváticas. 




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212 




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FLORES DE CEIBO 



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Núiiez detesta á Ai-fíomedo, 
Porque Xúñez engalana 
Con una divisa roja 
El ñandubay de su lanza, 
Y la que Argomedo luce 
En los eainpos de batalla 
Es azul como las fuentes 
De la sierra de las Ánimas. 




Mari-Blanca y Florentino 
En la sierra se encontraron, 
Y al mirarse se adoraron 
Con ardiente frenesí ; 
-. — ¡No la ig-nala. se decía 
Del mancebo la ternura. 
En belleza ni en frescura 
La flor del tembetá i'í ! — 






Y agregaba delirante: 
— j Es más sonoro svi acento 
Que la música del viento 
De la cumbre en el chircal, 
Y es más dulce la armonía 
De su voz arrulladora 
Que la diana silbadora 
Del serrano cardenal I — 





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2J3 




CARLOS ROXLO 



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Ella de alegre toruóse 
Melaucólica y callada. 
Fija la suave mirada 
En algo que no se vé; 

Y del amor bajo el yugo 
Va adquiriendo su belleza 
La pudorosa tristeza 

Del nativo eaico])é. 

Yo no sé como Argomedo 

Y Blanca se concertaron, 
Pero sé que se casaron 

A despecho de Ramón; 

Y éste al ver desvanecida 
Para siemjjre su espei-auza. 
Abrió al odio y la venganza 
Las puertas del corazón. 

Las visiones engañosas 
De su terneza impoi-tuna 
Se desprenden una á una 
Del corazón del galán. 
Que burlado en sus i-encores 

Y burlado en su cariño. 
Llora con lloros de niño 
Sobre su insaciable afán. 

— ¡ Le mataré ! ¡ Con s\i sangre 
Pagará mi angustia ! — el mozo 
Dice y rompe en un sollozo 
Siempre que juntos los ve; 




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FLORES DE CEIBO 



Hasta (|uc un día se aleja 
Del nido, ya (lcs(|uiciad(), 
Al trote lento y ])aiisado 
I )e su aii'oso |»an,ü,"ai"('. 

Se A'a para sieuiiire y deja 
Ijas <-uih))1Vs en (|Ue lia uaeido, 
Esperando (pie el ohido 
Mitigará su dolor; 
Pero sabe (pie si un día 
Con su ri\"al tropezara, 
Caro su rival pagara 
El derrumbe de su amor. 

Poco después en las lomas 
El son del clarín se escucha, 
Iniciándose la lucha, 
Que destruye el patrio hogar, 

Y ae matan nuestros héroes 
Ton intrepidez bravia 
Primero en Carpintería 

Y más tarde en el Palmar. 

Es el esposo de Blanca 
Un paladín de la enseña 
Con cuyos colores sueña 
El guayarán cimbrador, 

Y el himno de los clarines, 
Que en los bai-rancos se agita, 
— ¡Ven á combatir, le grita, 
Por el credo de tu amor ! — 






CARLOS ROXLO 







Florentino, en cuya sangre 
Puso su candente lava 
La tierra indómita y brava 
Del yatai y del ñandú. 
Cuando en las cumbres la luna 
Aljre su lilanco A-estido 
También se aleja del nido 
Que duerme jimto al ombú. 

]\Iari-Blane;i que en su esposo 
Eecouceutra su ventura, 
Que le adora con locura, 
Que le quiere con ])asión, 
Al ver que el sol de sus ojos 
Deja sus amantes brazos, 
Siente quebrarse en pedazos 
Su vida y su coraz(5u. 

Pensando en él son los días 
De la esposa solitaria 
Una férvida plegaria, 
Un lloro triste y sin fin, 
Y dos veces, sin (pie sepa 
Lo que ba sido de su amado, 
Ecba flor el perfumado 
Cortinaje del jazmín. 

Dos veces corren en l:)usca 
Del oro de las auroras 
Las garzas emigradoras, 
Las de diadema imperial, 










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FLORES DE CEIBO 





Y (los veces Mari-Blan<-a 
Ve á los vientos otoñales 
Bajar de los ijeñascales 

Y iiu'cerse en el chircal. 

María Blanca, í\ (luicii el iiiniicn 
De los recuerdos lu» deja. 
Ve nacer la flur hciMiieja 

Y morir la roja floi-; 
¡En el zumbo dv la l)r¡sa 
I"" en el canto de la fuente, 
Oye el nombre del ausente 
Entre suspiros de amor! 

El aullido del pampero 
Del ombú en las ramazones, 
Le dice con roncos sones: 

— Sábelo bien: ¡nunca más! — 

Y la lechuza le dice. 

En las breñas escondida : 

— ¡ Con el alma de Tu \uh\ 
Ya nunca te juntarás! — 



IV 

En las orillas de un río. 
Que camina hacia la inmensa 
Se|tultura de los mares 
Entre juncos y entre breñas. 






CARLOS ROXLO 






Los azules r-on los rojos 
Una mañana tropiezan. 
La madre, la madre augusta 
Que puso en la espiga llena 
Toda la miel de su seno 
Rico en pródigas ternezas; 
La madre, la augusta madre 
Cu vas ^■irtudes celebran 
Los tordos vendimiadores 
Y las calandrias parleras; 
La madre siempre enlutada, 
Siempre de crespón cubierta, 
Siempre orando de rodillas. 
Lo mismo por el que rueda 
Que por aquellos que vencen. — 
Aunque á sí propios se venzan 
En los esquilianos lances 
De nuestras luchas internas, — 
¡Sus ojos de diosa aparta 
Del campo de la pelea I 




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Al tronar de los fusiles 
T al tañer de las trompetas. 
Doblan sus purpúreas frentes 
Los capullos de la ceiba, 
Do])la el palmar sus penachos 
En donde el sol centellea, 
Y dobla el lánguido sauce 
Sus verduras macilentas 
Sobre el río. que el flamenco 








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PLORES DE CEIBO 




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Con rapidez atraviesa 
\ cuyas límpidas aguas 
Su uuii'unilld cu llorn truecan. 
•Muchos mueren victoreando 
A la divisa bermeja. 

Y ninchos son los que dan 
Todo el jiigo de sus venas 
A la blanca, en cuyas filas 
l-^Iorentino ü,allardea 

( "on el sombrero en la nuca 

Y con la lanza en la diestra. 
Un pangaré con su obscuro 
Choca y Florentino tiembla 
Sobre el arzón, sns pupilas 
Se anublan, la lanza suídta. 

Y herido en mitad del ¡x-cho 
Se hunde en la noche snitrema. 
¡Que alumbra la dulce imagen 
Del declive de la sierra 

En que, del oniliú á la sombra, 
Su Mari-Blanca le espera! 

Decía bien la lechuza 

Y dijo bien la siniestra 
Clai'iuada del pam])ero 

Al retumbar poi- las cuestas 
Donde en el tembetarí 
Prenden su tul las estrellas. 
¡Ya mnica más. >[ari-Blanca, 









Sobre tu frente trigueña 
Pondrá su lieso de amores 
El que amores te dijera, — 
Con las manos en tu falda, 
Cuando el sol muere en la sierra, 
Jimto al rancho en que la coi^a 
Del ombú se balancea ! — 



Pasó la tempestad. — En la llanura 
Duerme saciada el ave carnicera, 
Y el río azAÜ sus cánticos murmura 
Besando bonancible la riliera. 



Pasó la tempestad. — De los clarines 
Ha enmudecido el toque de degüello, 

Y del verdoso llano en los confines 
Del sol flamea el último destello. 

Pasó la tempestad. — Ya no centella 
Sanguinolento el brillo de la lanza. 
Ni á su enemigo el vencedor degüella 
En la horrible embriaguez de la venganza. 

Pasó la tempestad. — De los cañones 
Ya no se escucha el bárbaro alarido, 

Y resuenan de nuevo las canciones 
Con que al muriente sol despide el nido. 






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FLORES DE CEIBO 



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Pasó la tonipt'stad. — Ya Ids imñalos 
N'd cliftcan sobre el campo ríe batalla, 

V brillan las linternas siderales 
Donde brilló la hiz de la metralla. 

El vencedor alegre \ivaquea 
Xo muy lejos del caniijo de su gloria: 
¡ Fué grande su bravura en la pelea ! 
¡Merece bien un sitio en nuestra historia! 

Apoyado en la ló)gica dr-l hecho, 
Im])erará ceñudo ó implacable; 
¡ Qué impoi-tau las razones del derecho ! 
¡ La suprema razón es la del sable ! 

Y ; las viudas ? — ¡ los niños ? — ; los ancianos ?- 
;. La dolorosa lierencia de i-encillas 
Que uuevamente talai'íí los llanos 

Y dejará los surcos sin semillas ? 

¿Y los muei-tos tendidos en la loma ? 
¿Y las ciiices clavadas en la sierra? 
¡ Cuando al balcón de lo estelar se asoma, 
Dios maldice á los fuertes de la tierra ! 

¡El día en que el orgullo y la codicia 
Xo puedan imponerse á fusiladas. 
Serán, al fin, la ciencia y la justicia 
Las solas ¡jotestades i-espetadas! 



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CARLOS ROXLO 






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¡ Ese día vendrá, que el mundo A-uela 
J)e cara hacia la luz! ¡Lo venidero 
Es el buril con que lo ideal cincela 
Las almas solare el molde de lo austero ! 



¡Pronto ahogarán los cánticos, del sable, 
Del numen del derecho las canciones! 
¡Hoy al vencido le llamáis culpable! 
¡ El porvenir, augusto y adorable, 
No dará la razón á los cañones ! 

¡ Fué una época de angustia y de anarquía ! 
¡El vencido era un paria, tui extranjero! 
¡ El campo de combate ei'a una orgía 
De buitres, y el terruño del hornero 
Era el botín del ^eíe qiie lucía 
El color victorioso en el s()ml)rero! 



V 



Era una noche plácida y serena, 
La noche de la aurora en que tendido 
Sobre los verdes campos de la patria 
El cadáver quedó de Florentino. 
La luna su reflejo melancólico 
Cuelga en la sien de los monteses riscos, 
Y trazan, en la cumbre de la sierra, 
Los i'ojos astros sus eternos giros. 




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FLORES DE CEIBO 





Flota en el aire el ('íleo de las flores. 
Huele la hiisa á zumos de touiillo, 

Y al descender por los cicloideos flancos, 
Cantan las fuentes del amor los himnos. 

Mari-Blanca solloza. — Jja trancjuila 
Xoche acrecienta el pertinaz niai-tirio. 
La inquietud de la esposa que no tiene 
Noticias del eentauro que en sus rizos 
Puso más besos que caijullos pone 
En el cciljal el resplandor estivo. 
¿Que seni del ausente? ¿Vendrá un día, 
Libre ya de ^•cnganzas y jjeligros, 
A reanudar. l)a.jo la ^crde som1)ra 
Del ombú cimljrador. el dulce idilio 
Que es para las pupilas de la joven 
Como la imagen del Edén jterdido^ 

Está sola en el rancho, (pie iliunina 
Muy débilmente el resplandor plomizo 
De la luna encubierta por las ramas 
De los chircales del bastión granítico. 
De pronto ^Mari-Blanca se estremece, 
El sudor cul)re su semblante lívido. 
Se dibuja el espanto en sus pupilas, 

Y queda muda, con los ojos fijos. 
Clavados en la puerta de la choza 
Que se aln-e lentamente y con sigilo. 
¡Hori'íu-! ¡supremo liorroí! — Lleno de sangre, 
Con la vista sin luz. con el marchito 

Rostro de intensa palidez cubierto, 
Avanza hacia la joven Florentino. 






CARLOS ROXLO 









¡ Horror ! ¡ supremo hori-or ! — Son sus pisadas 

Pasos sin eco, y en sus labios lívidos 

Falta el soplo vital, falta la excelsa 

Rima de los compases del respiro. 

El fantasma se acerca, — con su mano 

Señala hacia las cumbres, — con sus fríos 

Dedos toca la espalda de la joven, 

Y dice con su voz, que es tui ])rodigio. 

Porque suena en el aire de la estancia 

Con un son que no tienen los sonidos : 

— ¿,Me esperabas, mi bien ? Vengo á buscarte. ■ 

Cada noche vendré. Te amo lo mismo 

Que el día en que me fui. ¡Deja (lue ponga 

Sobre tus labios de mi amor el signo! — 

¡Y besó á Mari-Blanca, que sin vida 

Cayó al sentir el hielo do U>s rígidos 

Labios del hombre, que escondió en su tumba 

Las llaves de oi'o del Edén perdido! — 





Desde entonces cuando arde en el espacio 
La temblorosa luz de los luceros, 
Que cincelan con chispas de topacio 
La flor de los monteses durazneros, 
Y en el tembetarí se dobla el lacio 
Capullo de coral, c\iyos ligeros 
Perfumes por el aii'e difmididos 
Siembran ansias de bodas en los nidos; 





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FLORES DE CEIBO 




( 'uiuido el ccriíi mayor de la liravía 
Sierra de tacna rales erizada, 
El fresco soplo de la iioehe envía 
Al gramillar tendido en la llanada; 
Cuando el lnir('iii. á qnien asusta el día. 
Persigue al aperiá por la callada 
Fronda montes, y sube á lo infinito 
Del tucutucu el sul)tei-i"ineo grito; 

Cuando del cerro en la grann'nea frente 
Luce con res})landores de eonceja 
El osario charrúa, y diligente 
Huye de su cubil la comadreja; 
Cuando el chingólo su canción doliente, 
Su melodiosa y delicada queja. 
Sil libro azul de trenos nocturnales 
Rima bajo el dosel de los chircales; 

Dos sombras para. siempre encadenadas 

Y pf)r un beso funeral unidas, 
Suben por las plutónicas cpiebradas 

Y cruzan las malezas escondidas; 
La noche de las cinnbres escarpadas 
Juntas las ve perderse en las floridas 
Ramazones salvajes, cuyos nidos 
Cimbrean por el viento sacudidos. 

Pasan, flotan, se i»ierden en las quietas 
Xegruras del peñón, y sus amores 
Hacen nido nupcial en las secretas 
Alcobas de selváticos verdores; 








CARLOS ROXLO 







8c' embriagan de perfume eii las i.sletas 
Eu que el tembetá rí mece sus flores, 

Y ven nacer del alba los celajes 
Del peñón en las cúspides salvajes. 

Los arroyos, que corren y descienden 
Sobre las calvas peñas susurrando, 
Eu sus nupciales ósculos aprenden 
Las dulces notas de su ritmo Ijlando; 
Siempre juntas, espían y sorprenden 
xil aguará, que con vigor saltando 
Por los agudos ris,cos, sus destrezas 
De Ijandolero esconde en las malezas. 

Del bosque por las góticas capillas 
Las sigue el lechuzón ; las acompaña, 
En su eterno vagar por las cuchillas, 
El silvestre susurro de la caña, 

Y les da por nupciales lamparillas 
El cementerio indígena su extraña 

Y errante luz, que fúnebres visiones 
Dibuja eu los graníticos bastiones. 

En el peñón, al rayo de la luna, 
L'nidas para siempre y siempre á solas. 
Bordean el ciistal de la laguna. 

Y abren del duraznero las corolas ; 
Sorjirenden en su origen y en su cuna. 
En su nacer á las cantantes olas, 

A las olas de túnica azulada 
Del Sarandí y el Zanja Colorada. 








FLORES DE CEIBO 



Kii la \i(la mortal, de sus amores 
'ri'oiichó la flor el minien de la guerra, 
(¿ue ha sembrado de hazañas y dolores 
Las fértiles llanuras de mi tiei'ra; 
La muerte las uni('> á los resplandores 
Lívidos del osario de la sierra, 
Donde canta la brisa eii los chircales, 
Al mirarlas pasar, himnos nupciales. 

Y jiuitas cruzarán la serranía 

Al lánguido vaivén de las tacuaras, — 
Que en los declives de la cumbre fría 
Tiemblan al soplo de las noches claras, 
Hasta el día final, hasta acpiel día 
En que del cei-ro las ciclópeas aras. 
Los altos y graníticos altares 
Dios sepulte en el fondo de los mares. 

Y juntas vagarán por las pendientes 
En que se alzó el hogar de sus amores. 
Oyendo los murmullos de sus fuentes 

Y respirando el óleo de sus flores, 

¡ Hasta que Dios apague las lucientes 
Linternas de los astros tembladores, 

Y se abisme en las sombras el divino 
Edén de Mari-Blanca v Florentino! 









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FLORES DE CEIBO 



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LA LAGUNA EMBRUJADA 

(LEYENDA CRIOLLA) 



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FLORES DE CEIBO 



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LA LAGUNA EMBRUJADA 



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OY á (luutarus un cuento 
Que á mi musa le contó 
El fértil dcpai'tamcntu 
Que él pórtugo apellidó 
Colonia del Sacramento. 



La Colonia se dilata, 
Con sus trél)()les de llano 

Y sus puestas de escarlata, 
Junto al jardín de Soriano 

Y las espmnas del Plata. 

Los que nacen al calor 
De su cielo encantador 
Son industriosos y activos. 
Como lo prueba el verdor 
De sns lozanos cultivos. 




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CARLOS ROXLO 



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232 



(9. 



Juzgo iuiitil agregar 
Que sou viriles y fieros, 
Como hijos de la sin par 
Tierra de los teruteros. 
El viraró y el jaguar. 

Xo es prodigio ui es rareza 
Nacer nido y nacer bravo, 
Donde la naturaleza 
Forja y urde la fiereza 
Del churrinclie y del guayabo. 

Todo lo que brota aquí 
Arde en lavas de volcán : \ 

El "vuelo del mainumljí, (^( \' 

El verdor del guayacán 

Y el zumbo del camoatí. 

Olvidando los azares 
De las lides sanguinarias, 
Los colonieuses hogares 
Recitan hoy los cantares 
De las industrias agrarias. 

De laureles circmidado 
Está el nativo pendón; 
Las épocas han cambiado, 

Y hoy los triunfos del arado 
Los mejores triunfos son. 



v • \ '■. 




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FLORES DE CEIBO 



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De las (>flafl('s uucncras 
Pas('i el acdi'dc t i-iuiifal : 
Hoy se ilusti'an las liaiidci'as 
Viendo dorarse al tribal 

Y explotando las f-aiitovas. 

Segura de sn valor 

Y .S()l)n' el tapiz bendito 
De sus tréboles de olor, 
En las minas de g-rafito 

Y en el maizal cimbi'ador. 

Donde hay tieri-a que sembrar, 
Donde hay alguna ventaja 
Mercantil que eonquistar. 
La Colonia es un talar 
Que sin descanso trabaja. 

Y de su lumbre serena 
Bajo el fecundante beso. 
La coloniense colmena, 
De gozo y de orgullo llena, 
Lalira la miel del 2)rogreso. 

Su embrionaria ai)i(-ultura, 
St;s prós])eras lecherías, 
Su trigo, que al sol madura, 

Y sus reses, cuyas crías 
Llenan la feraz llanura, 




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233 




CARLOS ROXLO 





Hacen que el liimin) sagrado 
De mi heroico pabellón. 
Diga al numen del pasado: 
— ¡Deja dormir al cañón, 
Que los triunfos del arado 
Mis mejores triunfos son ! — 



II 



El San Luis, que es un arroyo 
De loa muchos que en sus zonas 
Encierra el departamento 
Industrial de la Colonia, 
Dulcemente se desliza 
Por ima cañada angosta. 
Sobre la que balancean 
Sus nidos y sus corolas 
Los troncos entrelazados 
De una selvática fronda. 
Casi á mitad de su curso 
Le detienen y le estorban 
L^nos murales de piedra, 
L"n ejército de rocas. 
Cuyas moles, revestidas 
De cien fantásticas formas, 
Dan origen á unas grutas 
En donde la fiera indómita 
Y el matrero se dividen 
El dominio de las sombras 





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i) 



FLORES DE CEIBO 






Que (liicniícii ariiiTucadas 
Bajo sus húiiu'das bóvedas. 
A ])riiic<>s y con su espuma 
Azulada y horvidora 
Tejiendo eu los peñascales 
Una red de argénteas l)londas, 
Salta el aiToyo el obstcíenlo 
Que le irrita y le jiruxoca, 
I )an(l(i al niiiior de sus aguas 
Tonos de bélicas ti'ouipas. 
No nuiy lejos de este salto, 
En donde (>1 arroyo entona 
Primero un liinino de giien'a 
Y después otro de gloi'ia, 
Yace nna inmensa laguna 
Transparente y silenciosa. 
Ouyo renombre fatídico 
Conocen bien los ([ue moran 
En las rústicas AÍviendas 
A su mudo cristal próximas. 
Laguna de los Abogados 
Niiest]"os camperos la nombran, 
Porque el que cae en sus aguas 
Xunca á las orillas torna. 
Siendo por demás sabido 
Que su cadáver n<i flota 
De la laguna maldita 
Sobre el espej(». en (jue bordan 
Como macáliricos, signos 
Las nocturnales antorcbas. — 




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235 




CARLOS ROXLO 





Xo roliico on sus orillas 
El oro de nuestras toscas, 
NTi en sus estériles bordes 
El natÍA-o junco brota, 

Y como si algiin veneno, 
Alguna mortal ponzoña. 
Tuviera la eterna muda 
Esparcido por sus gotas, 
Ningún pez mucAe en sus aguas 
Las alitas policromas. 
Aunque es mucha su pureza. 
Que lo azul del cielo copia, 
Xunca á beber sus frescuras 
Vienen las ariscas tropas 

De los vacunos, cpie el monte 
A la servidumiire rolja ; 

Y cruzan sobre la triste, — 
Altas, ligeras, medrosas, — 
Las rapaces, cuyos nidos 
Oscilan sobre la copa 

De los ramos, que el arroyo 
Vecino cubren y entoldan 
Con el dosel de sus pétalos 

Y el quitasol de sus hojas. 
¡Tanta soledad admira! 

¡ Tanta pesadumbi'e asombra ! 
i, Qué le pasa á la laguna 
Que lo azul del cielo copia, 

Y c[ue siendo transparente 
Más que muchísimas otras, 





FLORES DE CEIBO 




.1 I 



Xo ahicva al p(»ti'(i sediento, 
Xi i)nofl(' loírrai- (jue rompan 
Su nnuld ci-istal lus poees. 
Cuyas alas nadadoras, — 
Cuando con sus ru))ios dardos 
La luz zodiacal las toca, — 
( 'onio el (')])al(» y el nácar 
Brillan v se tornasolan .' 



Xo lejos de los montes y junto á la ribera 
De la lagima lúgubre, las ramas de una arnera 
Custodian el cadáver de nn rancho de terrón; 
Xo hay tordos silbadores ni brisa cancionera 
En las agrestes ramas. ])ero hay en la tapera 
El nido solitario de un viejo lechuzón. 




Cuando sol)re los mármoles del templo de la gloria 
La tricolor grababa los hinnios de su historia. 
Vivían en el rancho, que derrumbó la edad. 
Un viejo campesino de atlética estatura 
Y una nuijer muy joven, cuya mirada impura 
Provoca á los combates de la sensualidad. 




/- <- 



^Lircela se llamaba la joven hechicera 
Del rancho en cuyas ruinas los cimbros de la arnera 
Perennemente cantan la misma tradición, 
Y Saturnino Yica se apellidaba el viejo, 
Xacido junto al mudo relumbre del espejo 
En que miró sus tapias la choza de terrón. 



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237 




CARLOS ROXLO 





La jdven era hermosa como la flor trigueña 
Que en los ceibales l)rilla y en los ceibales sueña 
E(mdada i)oi' los zumlios del verde colibrí; 
La joven era hermosa como la flor de nieve 
Que en los fragantes ramos del guaj^acán se mucA'e 
Al soplo de las puestas vestidas de i-ubí. 

Hablaban al deseo sus lánguidos hechizos, 

Y eran las negras ondas de sus sedosos rizos 
El arco de las viras agudas del amor; 

Era un rechimo ardiente su musical lenguaje, 

Y había en los menores revuelos de su traje 
iUgo sensual y ei-ótico, lascivo y tentador. 

El que llegalia al rancho, del rancho no salía ; 
En sus amantes redes Marcela le envolvía, 

Y cuando de la aurora se sonrosaba el t\ü, 
Cuando apagaba el fuego de su fanal la luna. 
Un cuerpo ensangrentado flotaba en la laguna 
Turbando las quietudes de su brillante azul. 

Cuando el galán soñal)a, por el placer rendido, 
El viejo con cautelas de tigre y de bandido. 
Llamado por la loba carnívora y sensual. 
El tálamo de aquella liacante enrojecía 

Y en el desnudo cuello del hijurioso lumdía 
Los aguzados filos de su traidor puñal. 

Tras de la muert(\ el rolw. — ¡ Después en la laguna, 
Bañada por los rayos postreros de la luna. 



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FLORES DE CEIBO 




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Los círculos concéntricos qno fonna al descender 
El cuerpo dejroHadd, c] cuerpo enrojecido 
Por la ])aiitci'a erótica y el montaraz bandido 
Que cazan en las selvas del crinien y el placer! 



III 







El arroyo murmurando 
Corre por su estrecho cauce, 
Y raudas tienden el vuelo 
Hacia su nido las aves, 
Porque ya en el horizonte 
Brilla el astro de la tarde. 
No hace mucho, el occidente 
Era un joyel de granates, 
Un cintillo de esmeraldas. 
Como si nuestros ceibales 
Hubiese teñido el cielo 
Ton el matiz de la sangre 
Con que su flor empui']iuran, 
Ó con el precioso esanalte 
Que usan para enverdecer 
De sus capullos el cáliz. 
Se escucha ya en la ai'boleda. 
De donde la noche sale, 
El misterioso muniiullo 
Que recorre los boscajes 
Cuando se esfuman y apagan 
Los brillos crepusculares. 




^V 




CARLOS ROXLO 



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Junto al cristalino arroyo 

Y subiendo por sus márgenes. 
Marcha un joven, que la aniiustia 
Lleva escrita en el semblante. 

Al trote de un azulejo 
En cuyos ojos vivaces 
Brillan dos i-ayos iirendidos 
En dos cuentas de azabache. 
También el jinete luce 
Los ojos negros y grandes, 

Y cul)re su labio un 1)ozo 
Que principia á diseñarse 

Y da relieve á la grana 
Del doble clavel de carne 
Que salmodia, suspirando, 
Las ternuras de una salve. 

Muy pronto el manceljo llega 
A la choza memorable 
En que la lujuria vive 
En estrecho maridaje 
Con xm puñal que asesina 
Siempre traidor y cobarde. 
Marcela, que del crepvisculo 
Mira morir los celajes 
Desde el umbral de la choza 
Que infaman sus liviandades. 
Se acerca al mozo, y le incita 
A que en el rancho descanse. 
Envolviéndole en el fuego 
De sus ojos de bacante. 






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FLORES DE CEIBO 




El maucclu), ;'i (jiiicu piTiurUa 
De la sii-ciia d [cii^najc. 
(¿lie es más dulce (|iic l.i hrisa 
Del alha cu los luciulii-illares, 
— No puedo, dice; me llama 
Mi madre, uii jiohre inadiv. 
Que se uniere en su ranchito 
De la Estancia de los Sauces. 
Allí me dio el primer beso. 

Y allí sé que, para darme 

El último, — el más querido, — 
Está con ansia esperándome. 
Después (|ue me haya l)esado 
Se irá á juntar con los ángeles, 
Porque fué mi viejecita 
Una santa y una mártir. 
Buena como las venadas, 
Dulce como las torcaces. 

Y siempre triste, — ¡ la ])ol)re ! ^ 
Como las viuditas (|ue hacen 
Su nido eu las espesuras 

De la Estancia de los Sauces. — 

Marcela, que de cai'iños 
Poco gusta y nada sal)e, 
Porque tiene el corazón 
Algo más duro que el jaspe, 
— Envolviendo en la maleza 
De sus eróticas artes 
Al mancebo que suspira, 
Pero al que turba y atrae 





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CARLOS ROXLO 




El perfume de deleite 

Que Marcela en toriii) esparce. — 

Logra deteuer al mozo, 

Y que el mozo descabalgue. 

Y que á su cubil la siga, 

Y que á sus besos se ablande, 

Y que responda á sus ósculos, 

Y que en sus brazos se embriague 
Con el ponzoñoso vino 

De la lujuria enervante, 
¡ Y basta logra que se olvide 
De la Estancia de los Sauces! 



V/ 



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¡ Media noche ! — ¡ Silencio ! — En la espesura 
Tiembla del tuco la medrosa luz, 
Y en los azules vaUes de la altura 
Brillan los cinco lirios de la Cruz. 



¡ Media noche ! — ¡ Escuchad ! — En la maraña 
Se oye el iiigir del fiero coucolor, 
Y urde su tela la monstruosa araña 
Sobre el dormido cáliz de la flor. 



li 



¡ Media noche ! — ¿ Sabéis ? — En los sauzales 
Hay un rancho, una anciana y un altar ; 
En el altar relumlu-an dos ciriales 
A los pies de la Virgen del Pilar. 




A,. 

FLORES DE CEIBO 






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\ Mediti uüí'lie ! — % Sabéis ? — J imto á la anciana 
luvisible la muciie espera el fin 
De aquella que del sol de la mañana 
Ya no verá los tintes de carmín. 

¡ Media noche ! — ¡ Mirad ! — La viejecita 
8e incorpora en el lecho con terror, 

Y con im grito indescriptiljle grita : 

— ¡Están matando al hijo de mi amor! — 

Y clavando en la Virgen la mirada, 
Donde se amustia ya la última luz. 
■ — ¡ Sálvale, dice, madre idolatrada ! — 

Y cae sin vida en la revuelta ahnohada 
Que envuelve el blanco brillo de la Cruz. 




El mancebo dormía 
La embriaguez del amor entre los brazos 
Hennosos de Marcela. — Se extinguía 
Junto al lecho ima luz, que no podía 
Rasgar con sus temblantes lamparazos 
La obs<-uridad noctuiiia, y el ijampero 
Entonaba su cántico vsalvaje 
En el laúd del arroyo plañidero 
Y en las sonoras liras del fronda je. — 

Marcela dulcemente 
Apartó de sus hombros, siempre bellos. 
Del dormido la frente. 
Que corona el negror de unos cabellos 

243 .^ 





CARLOS ROXLO 





Sedosos y rizados. — Con sigilo 

Al maiii-cbo miró. — Parece el mozo. 

Que reposa traiKiuilo 

De las batallas en que triunfa el gozo, 

Un dios de aquellos que cantaba Esquilo 

Y eternizó desi)ués, con sus cinceles. 
La augusta inspiración de Praxiteles. 

Es media noche va. — Con paso quedo, 
Porque el crimen va siempre acompañado 
Por los fantasmas lívidos del miedo, 
La meretriz, — magnífica, desnuda, 

Y á la que hace el temor más seductora. 
Ya á buscar al bandido, que la espera 
Con la daga desnuda, 

Y en cuyos ojos brilla el acerado 
Brillo que arde en los ojos de la fiera 
Cuando se siente próxima al venado. 

Y dice al matador la tentadora : 
— El cinto tiene de monedas lleno. — 
Dos años de trabajo. — Le apenaba 
La idea de morir en nido ajeno, 

Y con el rancho en que nació soñaba. 

Ven pronto. ¡Está dormido! — Y la pantera 
Con ansiosa codicia, palpitaba 
Joven, desnuda, ardiente y hechicera. 

Al entrar en la estancia silenciosa, 
Marcela tropezó con la mesita 

244 




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FLORES DE CEIBO 






En que muere la luz. — La temblorosa 
Llama un instante su lengüeta agita 

Y se extingue después. — Salta del lecho 
VA mozo sorprendido y aterrado, 

Que librar logra su desmido pecho 
Del goljje del puñal nunca burlado. 
En la siniestra lobreguez se escucha 
Un sigiloso andar; alguno rueda. 
Con el espectro de la muerte lucha 

Y el rancho en sombras silencioso queda. 

Poco desipués, al temblador reflejo 
De nuestra Cruz Austral, cruza la fronda 
Que bordea el arroyo, el azulejo. 
La noche cada vez se hace más honda. 
Al perderse el caballo en la espesura 
Que cubre del arroyo la barranca. 
Por los cendales de la noche ()l)sciini 
Pasa el misterio de luia sombra blanca. 
Suena después, un i-udo juramento 
En el umbral del rancho, y Saturnino, 
Besando con pasión el macilento, 
El pálido, el inmóvil, el divino 
Semblante de Marcela, asesinada 
I*or su golpe feroz, al finnaniento 
Dirige amenazante la mirada. 
Luego, cuando la luna 
Esparce al fin su rayo blanquecino 
Por la fronda montes, en la laguna 
El pérfido asesino 






CARLOS ROXLO 



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Se hunde eon la que fué hiz de sus ojos, 
Perdida la razóu, gritando fiero, 
Sin soltar de la muerta los despojos 
Y entre las sacudidas del pampero. 
Que colmnpia con ímpetu salvaje 
Las hojas verdes y los broches rojos 
Prendidos de la fronda en el ramaje. — 



¡ Media noche ! ¡ Silencio ! En la espesura 
Tiembla del tuco la medrosa luz, 

Y en los azules valles de la altura 
Brillan los cinco clavos de la Cruz. 

Las almas de Claréela y Saturnino 
De la laguna hechizan el cristal; 
Todo huye aún del pálido asesino 

Y la hetaira de cuerpo escultural. 

Xo importa que el cristal refleje el suave 
Azul de nuestro cielo encantador: 
Ni buscará su limpidez el ave. 
Ni en sus orillas .se abrirá la flor. 

El tigre y su cachorra, la frescura 
Azulada y In-i liante del cristal. 
Han convertido en higiibre e.spesura 
Donde espía á sus presas el chacal. 







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PLORES DE CEraO 



El ])('z, f|iu' en todos los oleajes nada 
Y (|Ue nada del layo en la (iiiietud, 
Se asfixia en la lacinia envenenada, 
(^ne es nn |ii'ot'undo y l(')l>re<i,-() ataúd. 

Y cnentan las guitarras naeionales 
Que al morir la jaguara y el jaguar. 
La nuierta, á quien velaba en los sauzales 
La temblorosa luz do dos ciriales, 
¡ Sonreía á la Virgen del Pilar ! 






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247 









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Á MI HIJA 



V 



OY á legarte un cauto, cuiuplit'udo la prouiusa 
Jurada ante tu alegre cuuita de princesa. 
Voy á legarte un canto, que escribiré de hinojos 
Mirando la divina grandeza de tus ojos. 
Voy á legarte un cantt), — anioi- de mis amores, — 
Que formaré con astros, con nul)es y con flores. 
Para <|ue el canto inciense, como increada esencia. 
Las horas de tu virgen y suave adolescencia. 

Antes que tii vinieses, mi corazón sabía 
Que ibas á ser herniosa, — rosal de mi poesía ; — 
Que ibas á ser tan bella como tu madre santa, 
Que azula cuanto mira y ([Ue mirando canta 
Un hinmo de colores y un himno de aureolas 
Que en vuestros ojos pardos tenéis vosotras solas. 

Permite que te tome del maternal i'cgazo: 
¡ Tiene hamljre de tu cuerpo la cuna de mi brazo ! 







CARLOS R0XJ.0 




-Vi: 




6 



Mi numen, al mirarte, parece uu gargantillo 

Que rima los pareados de su trovar sencillo. 

El gargantillo teje su endecha con dos notas 

Iguales á tu risa, cuando en mis sueños flotas. 

La melodiosa salve del gargantillo alado 

Es el collar de perlas de tu reir dorado. 

¡Mi fuente de venturas y mi raudal de calma, 

Tu risa es como un vuelo (|ue me refresca el alma! 



II 



Los cantos que comjDongo reti'atan y resumen 
El íntimo concepto, la esencia de mi numen. 
La vida del terruño engrandeció mi vida. 
La patria ha sido siempre mi musa prefeiida. 
Es ella la que irisa, con un rayo de luna. 
Las alas del arcángel custodio de tu cuna. 
La patria fué mi diosa, mi })itonisa tierna, 
Y puso en mis cantares fi-escuras de cisterna. 
La quise santamente, con un cariño bueno. 
Como idolatro á aquella que te llevó en su seno. 
Como idolatro á aquella (jue me llevó en el suyo, 
(^omo idolatro el ritmo del balbuceo tuyo. 
Recuérdalo, tesoro, cuando mi ausencia llores: 
Mi numen es un vaso de campesinas flores 
Puesto sobre las aras de la imnortal matrona 
Que tiene el sol charrúa clavado en su corona. 





252 






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FLORES DE CEIBO 





Recuérdalo, tesoro, cuando mi vida acabe; 
Cuaudo en el mar sin playas entre, por fin, la nave: 
;Mi inuuen os un muñen forjado sobre el cuño 
Ue todos los benditos amores del terruño! 



III 



Oh búcaro arabesco de flores troi^icales 

Y pomo veneciano de aromas orientales; 
Plumaje de flamenco, que mi ilusión colora 
Con el matiz rosado de la naciente aurora; 
Calandria que preludias, en ramo de cerezo, 

Un silbo que es ari-ullo y una canción que es rezo; 
Rubí, engarzado en oro, cuyo rehunbre vivo 
Es la esencial substancia de nuestro sol nativo. 
¡Tus dedos son de ma.u'a, tus ojos de o-aeela. 

Y el himno de tu i-isa es lui clavel que vuela ! 

Tu cutis es el cutis de seda de la rosa ; 
Tus párpados parecen alas de mariposa. 
¡Oh suaA-e engendradoi-a del culto de lo bello. 
Que pones en mis rimas un fúlgido destello; 
Albornoz esplendente de sultana zegríe, 
En el que la hechicera del donaire sonríe; 
N^infa de mis boscajes y filtro que goteas. 
En el vaso de mi ahna la miel de las ideas; 
Garza azul del islote donde nace el sagrado 
Árbol de las esencias sin fin de lo ignorado: 
Iris, candor, respiro de la materia impura 

Y efluvio de los cielos, ; qué dulce es tu hennosura ! 





C3.^ 





6 



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IV 




El sol es el rey Midas que eiicauta lu que toca, 
Lo mismo que los ])esos de tu pequeña boca. 
El sol es el rey Midas, que con sus rayos trueca 
En oro los trigales y el liilu de la rueca. 
El sol es el rey Midas, que embruja lo que baña: 
El vidrio de la torre y el hilo de la araña. 
El sol es el rey Midas: bendicen sus fulgores 
Las nubes y las olas, las aves y las flores. 
¡Las luces de tus ojos, fulgentes y briiñidas, 
Son para mis ideas lo mismo que el rey Midas ! 



V 



Los padres, mi tesoro, amamos de manera 
Que no hallarás ninguno que como yo te quiera. 
Es nuestro amor la fuente, cantora y solitaria, 
En que á Jesús escucha la joA-en de Samarla, 
Porque en nosotros suena la voz de las piedades 
Lu mismo que eu la lira azul del Tiberiádes. 



Dicen que hubo un cacique, un rey americano 
Que mandaba eu la cumbre y mandaba en el llano, 
Que mandaba en el monte y mandal)a en el río 
Lo mismo ([Ue en mis rimas el pensamiento mío. 




^ — ^ 

<¿^ 254 ''(Vv 





FLORES DE CEIBO 






Aquel nulo cacique, aquel rey altanero, 
Aquel duque charrúa con coraza de cuero, 
Eu estático culto adoi-aba el hechizo 
Ue una niña pequeña de semblante cobrizo. 

Era un padre amantísinio el rey americano 
Que mandaba en la cumbre, (|ue mandaba en el llano 

Y tenía por trono doce pides de puma 

Que aumentaban lo fiero de su fiereza suma. 
Era un padre tieruísimo, amor de mis amores, 
Aquel rey de las seh'as coi'onadas de flores; 
El señor de las frondas donde el hornero amasa 
Con un poco de barro los muros de su casa. 

Para ver si podían domeñar su coraje, 
Los cristianos robai-on á la niña salvaje; 
Los cristianos robaron á la sarza del nido, 

Y aquel rey quedó triste como un perro jjerdido; 
Los cristianos robaron el panal de sus mieles, 

Y el señor lloró mucho en el trono de pieles. 

Al hundirse las luces de una tarde de invierno, 
Aquel rey tan altivo y aquel padre tan tierno 
Llamó á la empalizada del fuerte castellano 
Con el hacha de piedi-a (pie llevaba en la mano. 
Cuando llegar al indio de las bi-avuras vieron, 

— fe Qué quieres? — con asonil)ro las guardias le dijeron, 

Y respondió el cacicpie con una voz que sueña: 

— ¡ Vengo, tigres traidores, á ver á mi pequeña! 
Por mirarla un instante mi libertad inmolo. 



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5^ 




CARLOS ROXLO 







¡Me dejasteis, bandidos, terriblemeute solo! — 

Y dándoles el hacha que tenía en la mano. 
Saltó la empalizada del inerte castellano. 

Jazmín de mis balcones, perfume de mis vides, 
Bandera que levanto con júbilo en las lides 
Por las glorias del verso, ¡cuando mi turno llegue 

Y sobre mí se extienda la noche funeraria. 
Que el llanto de tus ojos mi sepultura riegue 

Y que mi sueño arome la flor de tu plegaria! 



VI 



Escucha, pebetero de mirras orientales: 
Las almas de las cosas son almas inmortales, 
El alma de tus ojos y el alma de mi idea 
Han sido y serán siempre mientras el mundo sea. 

A las últimas luces de una tarde sombría 
El autor de este libi'o los campos recorría. 
Los vientos otoñales, ásperos y sañudos. 
Iban dejando todos los árboles desnudos. 
Un mirlo sus endechas decía en el boscaje. 
¡Aquel mirlo era el alma divina del paisaje! 
¿Lloraba, mi tesoro, solare las hojas muertas f 
¿Sobre los esqueletos de las ramas desiertas'? 
Yo sé que al extinguirse la estación de las rosas. 
Bendice arrodillándose el alma de las cosas 
A todo lo que siente que llegan los olvidos: 
¡A las cunas vacías y á las ramas sin nidos! 






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11 




FLORES DE CEIBO 




La esencia de lo ignoto, mi bien, es el arquero ; 
Las almas son sus dardos y el mundo su tablero. 
I*(ii' una ley, bien mío, sublime y misteriosa. 
Las flechas y el arquero son mía misma cosa. 
¡FA alma de tus ojos y el alma de la idea 
Que en los feroces ojos del halcón centellea. 
Se funden, como el alma de la flor camiDesina, 
En el seno del seno de la esencia divina! 



VII 

¿ Sabes á lo que obliga esa fusión sagrada 
Del venneto y la perla, del sol y tu mirada"? 
(\)mo formamos parte de la esencia del todo, 
Es preciso ser buenos, buenos de cualquier modo. 
La mácula que enloda la individual conciencia 
Reduce lo pi-ístino de la infinita esencia, 
í'uaudo un afán impuro vn nuestro pecho anida. 
Se turba y dismiuu\'e lo hemioso de la vida. 
La vida es una suave benignidad de aurora 
Sobre lo que tropieza y soljrc lo que llora. 
La vida es esperanza, sacrificio, armonía, 
Y en los cerebros algo del resplandor del día. 
La vida es esperanza, misericordia, anhelo 
De transformar la ticrrii cu un rincón de cielo. 
Es preciso ser buenos con el afán gallardo 
Del corzo que pedía gracia para el leopardo. 
La moral de Epicuro es la larva en la fruta ; 
¡ La virtud es la esencia de la esencia absoluta ! 







CARLOS ROXLO 







En la cumlivp de un monte existía un castillo, 
Propiedad de un famoso señor de horca y (nicliillo. 
El señor del castillo era un mal caballero, 
Con el alma más dura que su casco de acero. 
Oada vez que enfrenaba su caballo de f>uerra, 
El terror recorría las chozas de su tierra. 
La da^a de aquel monstruo de dorados blasones 
Fué nm.y docta en el ai'te de rasgar corazones. 
Sus lebreles, dos fieras que turbaban el sueñt), 
Eran menos feroces que su trágico dueño. 
La gloria sin virtudes es un astro sin brillo 

Y una noche la muerte penetró en el castillo, 
Apagando sus besos la fiebre matadora 

Del que gano á lanzadas aquella torre mora. 

El alma de aquel puma subió por el espacio, 
Abriendo con sus rémiges las nubes de topacio ; 
Pero al mirar el rostro del sol de lo intangible 
El alma lanzó un grito de angustia indescriptible. 
¡ El resplandor sagrado de lo imperecedero 
Destroza sus pupilas como un buril de acero, 

Y el alma reconoce que el brillo que las quema 
Es la cólera augusta de la Bondad Suprema ! 

El corazón me dice que sei'ás buena y pura 
Lo mismo que la fuente que en el juncal murmura 
La esperanza es la antorcha ; la virtud, el sendero ; 

Y el destino, lo increado en lo imperecedero. 
El corazón me dice que serás pura y buena, 
Como es buena y es pura la silvestre azucena. 






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FLORES DE CEIBO 



V 



Las ])i('daíl('s liabitan el jardín de lo hci-moso: 

¡8é arrullo de j>alonia ¡jara lo doloroso! 

Un día Mefistófelos se niosti'ó coniijasivo; 

Le vieron, aquel día, turlmdo y pensativo. 

Las eítaras rebeldes cantaban su grandeza. 

Hizo nn j>-esto de duda, inclinó la cabeza 

Y oyeron que decía : — ¡ Ser .yi'andc es muy liennoso ! 

¡Yo hubiera preferido ser misericordioso! — 

Es la virtud, bien mío, la priucesita árabe 
Bel arbusto que dice y el jiájai'o que sal)e. 
¡ Construye tus panales, susurradora abeja 
En el jazmín nativo de mi oxidada reja! 
¡ Teje destellos, ópalo ! ¡ Sé ari'ullo, mi paloma ! 
¡ Silbe, fulgor rosado, que en nú occidente asoma ! 
¡Sé buena, sé adorada, y brille tu tenmra. 
Oh mirlo que en lo verde del vii-aró aleteas, 
Tomo un girón de gloria sobre mi sepultura ! 
¡ Bendito seas, astro ! ¡ Alma, bendita seas ! 




FIN 







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FLORES DE CEIBO 



índice 



Pags. 

Dedicatoria y Prefacio 5 

A mí esposa 7 

Rumores camperos 25 

El Águila 91 

La sierra de las Animas J97 

La laguna embrujada 231 

Á mí hija 251 



261 



PQ Roxlo, Carlos 
8519 Flores ae ceibo 
R7F6 



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